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![]() por Gaspar
Astarita
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Letrista y poeta
(15 de octubre de 1902 23 de julio de 1984) Nombre completo: Carlos Andrés Bahr Seudónimos: Alfa, Luke, J. y C. |
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Carlos Bahr: Amor y tango
Tango que habla de recuerdos,
gris amigo de añoranzas; tango grave a cuya voz se estremece el corazón y se aviva la nostalgia. (Carlos Bahr, Otro tango)
Sin embargo, poco se sabe de este autor que llegó
a la poesía del tango por su prematura inclinación a la
literatura, que, en los comienzos, derivó hacia el cancionero
nativo, para después ser ganado por la música ciudadana.
Sin estudios secundarios, su formación fue la del clásico
autodidacta que en la lectura -efectuada desde chico sin orden y sin
una adecuada orientación- fue encontrando igual los medios que
su natural inteligencia estaba aguardando, hasta redondeara algunos
conocimientos básicos para pulir su lenguaje, enriquecer su intelecto
y estimular su vocación literaria . Ésta se había
manifestado siendo muy jovencito, escribiendo algunos cuentos que no
lograron interesar a nadie. Pero en su barrio -la Boca- había
adquirido cierta aureola de joven intelectual y, junto a aquellos cuentos
que nadie leía, quedaron además un montón de coplas
que interpretaban las comparsas barriales en las fiestas de carnaval,
versos que también el tiempo habría de cubrir de olvido.
Éste debe haber sido el primer antecedente de su arrimo a la
canción, que comenzó a afirmarse con algunos títulos
a partir de 1936, para consolidarse en la famosa década del 40,
a cuya plenitud y dignidad literaria contribuyó con el peso de
su obra, que estuvo sustentada por una acentuada delicadeza expresiva,
sencilla y directa, nutrida de imágenes y metáforas de
genuino cuño popular.
Además, la diversidad temática fue notoria
en Carlos Bahr, y aún más manifiesta por la fecundidad
de su obra.
Pero sus asuntos predilectos fueron el amor y el tango
mismo, a los que reflejó y recreó en distintas composiciones
y con diferentes tratamientos, nunca alejados del vuelo romántico
y todos llenos de sabor y autenticidad ciudadanos.
Alternó con todos los directores y compositores
importantes de esa época, y vibró con ellos en igual sintonía
espiritual, con el tango y con la ciudad de Buenos Aires, cuando ambos,
tango y ciudad, fueron cronistas y testigos a la vez de una excepcional
instancia del país («¡la Argentina era una fiesta!»).
Todo a través de una concreta voluntad de superación estética
encaminada a la jerarquización de los repertorios. A la cabeza
de esa cruzada renovadora estaban entonces Homero
Manzi, Homero Expósito, José
María Contursi. Y aunque Carlos Bahr no estableció
como ellos un estilo definido, su gravitación dentro del género
y de esa generación fue incuestionable.
Carlos Andrés Bahr nació en Buenos Aires,
en la calle Almirante Brown, pleno barrio de la Boca, en inmediaciones
de la vieja cancha de River Plate (club de fútbol). Fueron sus
padres don Augusto Bahr (alemán oriundo de Hamburgo) y Colette
Dierken (francesa). Antes de Carlos Andrés, habían nacido
dos hermanos, Guillermo y Emma.
El padre, marino, era propietario de un barco ballenero,
y cuando se desencadenó la primera guerra mundial, en 1914, partió
para Europa con su nave para ponerse al servicio de su patria. La partida
fue lo último que se supo del marino. Supuestamente habría
llegado a Hamburgo, pero ahí se perdió todo rastro. Su
nieto, Carlos Alberto Bahr, ha realizado innumerables gestiones a través
de la Cancillería y otros organismos, pero sin resultado positivo.
¿Torpedearon el barco? ¿Fue aceptado en la Armada Alemana?
¿Qué fue lo que ocurrió con este hombre y su nave?
Un misterio que quedó en la familia y al cual ésta sigue
procurándole una respuesta.
Este suceso resintió la economía hogareña,
y los Bahr se mudaron a Bernal (suburbio de la ciudad de Buenos Aires).
Carlos concluyó los estudios primarios y luego fue ganado por
la calle.
Desempeñó algunas ocupaciones ocasionales;
incluso estuvo en la escuela de máquinas de la Marina de Guerra.
Pero la bohemia, la lectura y la literatura lo atraparon temprano. Dejó
la casa y se aventuró en la calle, viviendo como podía
y en donde podía, sin domicilio fijo, escribiendo siempre. Periodismo,
teatro, poesía especialmente, pero sin ningún resultado
trascendente. Y así, desordenadamente, fue formándose.
Leía con voracidad todo cuanto llegaba a sus
manos y logró, con tenacidad de autodidacta, alcanzar un importante
nivel intelectual (por su cuenta logró dominar tres idiomas:
alemán, francés e italiano). De esa época de bohemia
y juventud es la siguiente quijotada: cuando comenzó la guerra
civil española, decidió irse a España para luchar
en favor de la República. Llegó hasta Montevideo (República
Oriental del Uruguay), donde pensaba embarcarse, pero no logró
pasar la revisación médica, pues le detectaron una afección
pulmonar y fue enviado de vuela a su patria.
Después de este regreso es cuando comienza su
firme orientación hacia la canción popular. Es a mediados
de la década del 30, y al llegar el año 1940 se inscribe
en la lista de los más destacados letristas del tango que jerarquizaron
su literatura. Es también en ese tiempo que su vida comienza
a ordenarse.
En Radio Porteña conoce a la cancionista Lina
Ferro, vinculación que luego se extiende a un trato más
asiduo en la Academia PAADI, de sus amigos Luis
Rubistein y Fidel Pintos, donde Lina Ferro estudiaba. Al final,
pese a la diferencia de edad -ella era bastante menor que él-,
terminaron enamorándose. Se casaron en l942 y se fueron a vivir
al barrio de Almagro, en Medrano y Corrientes; más tarde se establecieron
definitivamente en Pringles y Corrientes. De ese matrimonio nacieron
dos hijos Carlos Alberto e Inés Maria.
Y una inexplicable contradicción. Pese a haber
sido Carlos Bahr autor de una enorme producción, con un alto
porcentaje de gran difusión y popularidad, no obtuvo de SADAIC
(Sociedad Argentina de Autores y Compositores) nunca una retribución
acorde con la importancia, en calidad y cantidad de esa obra. Para atender
las necesidades de su familia tuvo que ayudarse siempre con otras actividades.
Como también estuvo familiarizado con la entomología,
fabricó y vendió personalmente cuadros con mariposas disecadas,
comercializó porcelanas y otras cosas, en fin, permanentemente
tuvo que ayudarse con ingenio, habilidad y perseverancia para vivir
con decoro.
Posiblemente, el haberse ocupado con mejor disposición
del destino de su trabajo, y acomodado un poco sus exigencias a la burocracia
y a la política las cuales ha estado sometida siempre la gran
institución recaudadora, le hubiesen reportado una mejor defensa
por parte de ésta de sus intereses autorales. Pero este tipo
de gestiones para Carlos Bahr -un hombre con estrictas normas de ética
y de conducta- significaban, desde su óptica, una especie de
renunciamiento a esos códigos. Y siguió produciendo y
"quedándose en casa".
Así fueron pasando los años, adaptado
a la austeridad que le imponía una modesta jubilación
y a las magras liquidaciones de SADAIC. Pero exteriorizando siempre
la dignidad que caracterizó todos los actos de su vida.
Su vocación literaria, ya manifiesta cuando
tanteaba otras disciplinas para las que no encontró el campo
apropiado, lo fue arrimando paulatinamente hacia la canción popular.
Con un bandoneonista de su barrio, Alfonso Gagliano, se inició
con sus dos primeros títulos "Cartas viejas" (vals)
y el tango "Algo bueno". Esto ocurría por 1934 o 1935.
Un año después, su vinculación con otro bandoneonista
Roberto Garza (José García López), le hizo tomar
más confianza y seguridad. Con él compuso su primer éxito,
el tango "Fracaso", que llevó al disco Mercedes
Simone el 21 de abril de 1936 («Llevao por un ansia que quiere
ser muerte / castigo mis noches con vago ademán, / y fallan mis
manos que buscan perderte / porque en cada impulso te vuelvo a encontrar»).
Este acercamiento a Roberto Garza entonces integrante
del conjunto que secundaba a Mercedes Simone-
fue el peldaño donde pisó fuerte Carlos Bahr en sus primeros
intentos. A "Fracaso" le siguió otro tango, "Maldición",
siempre en yunta con Garza, del cual "La Negra" Simone dejó un
buen registro el 1 de septiembre de 1936. Hasta que en l938 Carlos Bahr
obtuvo el primer premio en un concurso de milongas organizado por SADAIC,
con una obra compuesta con el bandoneonista José Mastro (José
Mastropietro), titulada "Milonga compadre", que llevó
al disco Pedro Laurenz el 12 de mayo de 1938,
con la voz de Juan Carlos Casas («Me largó un candombero,/
me agarró un mayoral,/ y entre blancos y negros/ aprendí
a milonguear»).
Cuando arranca la famosa década del 40 comienzan también los títulos consagratorios de Carlos Bahr. Uno tal vez, en el pique de esa primera hornada, podría ser "Desconsuelo", un tango con música de Héctor María Artola, bandoneonista y director al cual estaría asociado en muchos éxitos, "Tango y copas" y "Marcas", entre otros. Su producción más exitosa fue con el pianista Manuel Sucher: "En carne propia", "Prohibido", "Precio", "Muriéndome de amor", "Nada más que un corazón" y el bellísimo "Dónde estás". Seguirá toda la década produciendo impactos a granel, conectado con los más importantes compositores y muy cerca de los músicos de las más importantes orquestas, junto a los cuales irá produciendo sus trabajos más trascendentes. De todas esas vinculaciones la más estrecha posiblemente haya sido la que mantuvo con el grupo de Miguel Caló, con cuyos integrantes alcanzó no pocos sucesos: "Mañana iré temprano", "Pecado", "El mismo dolor", "Canción inolvidable" (Francini); "Cada día te extraño más", "Corazón no le hagas caso", "Cuando talla un bandoneón" (Pontier); "Caricias perdidas" (Stamponi); "Valsecito", "Con la misma moneda" (Caló); "De vuelta", "Estás conmigo", "Como una de tantas" (Lázzari); "Gracias" (Elías Randal); "Sin comprender", "Siempre", "Quise ser un Dios" (Nijensohn); "Cosas del amor" (Domingo Federico). De ese acercamiento a la orquesta de Miguel
Caló -entre otros tantos éxitos que se dieron a conocer
a través del conjunto y en ese tiempo- quedó uno como
modelo de lo que es un tango canción. Me estoy refiriendo a "Mañana
iré temprano", cuya música pertenece a Enrique
Mario Fancini. Esta hermosa melodía del entonces primer violín
de la orquesta de Caló, tan sentida, tan pulcra, tan dolida podríamos
decir, encontró el tratamiento literario en Carlos Bahr que su
bellísima profundidad reclamaba. La sugerencia de esas notas
era de tristeza y no podía recibir el aporte de una historia
que no respirara el mismo clima. La obra, tan estupendamente concebida,
llegó al disco el 10 de agosto de 1943, y contribuyeron a su
exaltación otros dos factores. Primero, el admirable arreglo
instrumental de Osmar Maderna, con amplio
lucimiento de los tres instrumentos básicos de la orquesta de
Caló: bandoneón (Armando Pontier),
violín (E. M. Francini) y piano (Osmar
Maderna). Y segundo, la magnífica interpretación vocal
de Raúl Iriarte, que dio con el énfasis justo para expresar
esa historia. Nada de desbordes dramáticos ni de acentuaciones
lloronas, tentación a la que podrían haberlo inducido
los versos. Sin embargo, la angustia y la aflicción del protagonista
fueron expuestas únicamente por intermedio de la voz.
Esa versión de "Mañana
iré temprano" fue, es y seguirá siendo un clásico
de nuestra música popular. Existe, además de la versión
de Julio Sosa, otra importante grabación
de esta composición a cargo de la orquesta de Osvaldo
Fresedo, con la voz de Oscar Serpa.
Originalmente publicado en "Tango y Lunfardo" Nº
108, Chivilcoy, 16 de agosto de 1995. Director: Gaspar J. Astarita.
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