Por
Ricardo García Blaya

Fernán - En mi casa con Julio César Fernán

go en las cantinas de La Boca, pero la vida me la ganaba de canillita en el kiosco de mi viejo.

«En 1969, participé en el Canal 9 en Grandes valores del tango ¿sabés quién me presentó? el gran Hugo Del Carril, que me preguntó que hacía y, cuando le dije que era canillita, me dijo: “Pibe, en ese oficio vas a durar poco”.

«Después, desde 1972 hasta 1978, canté en los cabarets Karina, Kim y otros locales nocturnos. En 1977, en Karina, estuve con Roberto Goyeneche, Alba Solís, el Sexteto Mayor, Hugo Marcel con los que compartí escenario hasta principios del año siguiente que me contrataron para ir a Mendoza.

«Pero antes, en el verano de 1973, trabajé en Mar del lata, en el Tango Bar de la calle Buenos Aires esquina Belgrano, acompañado por el Tango Trío. Allí, actuaban, el cuarteto de Aníbal Troilo y la orquesta de Osvaldo Pugliese ¡nada menos! Una noche, El Gordo me llamó a su camarín y me pidió que reemplazara a Tito Reyes que estaba con algunos problemas. Recuerdo que ese día me pidió que empezara cantando “Garúa”. Reemplacé a Tito varias noches. En el cuarteto estaban Aníbal Arias (guitarra), Rafael del Bagno (contrabajo) y José Colángelo (piano).

«En 1976, viajé a Japón con el sexteto de Cacho Vidal y una pareja de baile. Estuvimos dos meses y gané lo que en la Argentina se ganaba en tres años. Hoy ya no ocurre lo mismo, “los ponjas” se avivaron y pagan muy poco más de lo que ganamos acá.

«Llegué a Mendoza en las vísperas del inicio del Mundial de Fútbol de 1978, en un clima de gran expectativa porque la provincia era una de las subsedes del mismo. La convocatoria era para cantar en el recientemente inaugurado cabaret Scorpios que estaba en la ciudad de Mendoza. Firmé por quince días, pero en la región cuyana me quedé un año. Durante ese lapso, canté en muchos lugares y en San Juan: Bodega del 900, El Amasijo, Casino de Mendoza, entre otros compartiendo escenario con grandes estrellas que venían de Buenos Aires, entre ellos, Roberto Rufino.

«Rufino aparte de ser un cantor extraordinario era un tipo muy particular, y, como sabemos, estaba un poco loco. En una ocasión, en La Casona de Ganímedes, en una de esas noches de poco público —no serían más de 25 personas—, cantó un tema para cada uno de los asistentes. Y al día siguiente, cuando el boliche desbordaba de gente —más de trescientas personas—, cantó tres tangos y se fue.

«En Barrabás, otro boliche mendocino, me rencontré con Goyeneche que había sido contratado para actuar en ese lugar, pero en la primer noche, el dueño lo hizo cantar en tres sitios distintos por la misma plata. Al día siguiente, El Polaco estaba que trinaba y me dijo: “Esta noche no canto voy a estar disfónico”. Luego, me explicó que tenía una técnica para hablar con una sola cuerda vocal ¡Qué personaje!

«A mi regreso a Buenos Aires seguí cantando con el acompañamiento del Tango Trío que estaba formado por Rubén Castro (guitarra), Humberto Pinheiro (contrabajo) y Julio Esbrez (bandoneón).

«Grabé dos temas en un disco doble para el sello Almalí (A/D 1027), como vocalista de la orquesta de Luis Alberto Salvadeo, “Marcuccito”: “Con pena y amor” de Jorge Serrano y Luis Rodríguez Armesto, a dúo con Alberto Selpa y “El último escalón”. En aquel tiempo, trabajaba en el Banco Latinoamericano y, a partir de 1981 hasta 1985, en el Banco Ciudad en el sector pignoraticio.

«En 1982, retomo las actuaciones en Grandes Valores del Tango, ya con la conducción de Silvio Soldán. Luego, volví a Brasil con un contrato corto, para inaugurar el cabaret Pigall, en Porto Alegre, y me quedé casi un año cantando por todo Rio Grande Do Sul.

«De vuelta en Buenos Aires, trabajé con la orquesta de Alberto Coral en la boite Mi Club, de Suipacha y Tucumán. En esa formación estaba el violinista Wenceslao Cinosi, autor del tango “Carga” y de la variación de “La cumparsita”, cuando era primer violín en la orquesta de Alfredo De Angelis.

«Luego, hice una gira por Paraguay y, a partir de la década del 90 actué en locales de la noche porteña, entre ellos: La Taberna de Ricardo, Arturito, Guayana, La Casona de Parque Patricios, La Casa de Aníbal Troilo, Café Tortoni, Caballito Blanco y, por supuesto, en el querido Bar El Chino. En 1997, actué durante tres meses, en un music hall en el Teatro Avenida».

Antes de irse, me dejó el disco de la banda de sonido de la película El último aplauso. La charla con Julio César Fernán fue muy amena y, de alguna manera, didáctica. Conocer los entretelones de la profesión y las historias que deparan la noche y los personajes del tango, siempre dejan la sensación de haber aprendido algo más del meritorio oficio del artista.