Por
Oscar Zucchi

Uría - Reportaje al bandoneonista Guillermo Uría

alleció en Alberdi, su barrio natal, el último de los grandes fueyeros rosarinos de la década del cuarenta, tras los crueles embates de una enfermedad incurable. Junto a Julio Ahumada, Deolindo Casaux y Antonio Ríos conformaron la esplendorosa tetralogía surgida en aquella época, de la ciudad de Rosario.

Guillermo Uría se destacó sobre todo en la faz de intérprete, tarea en la que demostró su cabal conocimiento del instrumento que lo consagró como uno de los más notables ejecutantes, poseedor de un depurado tecnicismo y a la vez una gran expresividad, propenso a la ejecución ligada. Fue un magnífico fraseador, dueño además de uno de los más hermosos sonidos bandoneonísticos que se hayan escuchado, y su estilo solvente y aquietado, contó con ricas armonizaciones, pero prevaleciendo siempre la claridad de sus ideas, dejando que la melodía surgiera con fluidez y con toda la belleza que le pergeñó el autor.

Manejaba con maestría la técnica de tocar abriendo y cerrando, sin perder la calidad de su sonido y aprovechando todos los sutiles matices que brinda esta última operación, algo que la mayoría de las nuevas promociones parecieran querer soslayar. Como solista evidenció excepcionales condiciones, siendo en este aspecto representativo sus trabajos sobre arreglos propios del tango “Recuerdo”, o el realizado en el vals de “Sueño de juventud”.

Extraordinario amigo, exhumo el reportaje que le hiciera al querido Vasco en 1974.

«Mi inclinación por la música se manifestó muy tempranamente, después de los primeros conciertos de armónica, comencé a pulsar la guitarra, todo de oreja. Ya más grande, empecé a estudiar violín, instrumento que me gustaba, pero después de varios años abandoné, iba a dar mis lecciones sin mirar los libros. Llevaba siete años estudiando música.

«En 1932 a mi hermano mayor se le ocurrió estudiar el bandoneón y se inició con la teoría y el solfeo —con mucho entusiasmo—, con el maestro Juan Rezzano y, a la semana, se apareció con un flamante «doble A», el atril, el banquito para apoyar los pies y el método de estudio de Ricardo Brignolo, todo por trescientos pesos. Pero se dio cuenta que por su negocio no le quedaría tiempo para el estudio.

«Mientras tanto, yo había empezado a orejear algunas melodías y él, al notar mi facilidad y entusiasmo, me hizo el pase y me aparecí en lo de Rezzano en su lugar. El autor de “Duelo criollo” recibía el pago de sus clases gracias a mi hermano que me obsequió el dinero. Empecé a darle con todo, me parecía tener una orquesta en mis manos. Qué diferencia con los solos de violín. Rezzano trascendió mucho más como compositor y profesor que como intérprete y director. Lo mismo ocurrió en Rosario con Abel Bedrune que tuvo como discípulos a Julio Ahumada, Antonio Ríos y otros.

«En 1933, fue el debut profesional, con un trío de barrio que conocí en un casamiento y que conmigo se transformó en cuarteto. Batería, violín y dos bandoneones. Me prometieron que en pocos días mi nombre estaría inscripto en la batería, y así fue. Uría-Pascual, Típica y Jazz. Cinco pesos cobré por el debut. Recorrimos varios salones ya con piano y saxofón.

«Luego, la presentación en Radio LT3, pero en la orquesta de mi maestro Rezzano. Primero en Rosario y, a continuación, a Buenos Aires. Junto a mí estaban Deolindo Casaux y Antonio Ríos. No tuvimos suerte y pasamos a la orquesta de Cayetano Puglisi. Trabajamos un tiempo en un cabaret de la calle Florida cercano a la Plaza San Martín y luego, en un subsuelo en Diagonal Norte. Tras un año, el retorno a Rosario.

«Y en 1941, vuelta a Buenos Aires con la orquesta de Abel Bedrune para actuar en Radio Belgrano. La fila de «fueyes» era con Lucio Di Filippo, Adolfo Galesio, Domingo Mattio y yo. Al año siguiente, formé parte del conjunto de Alberto Soifer, con José Basso (piano), Bernardo Stalman, Alberto del Mónaco y otros dos que no recuerdo (violines). La línea de «fueyeros» con Ahumada, Héctor Presas, Miguel Quartucci y yo. El cantor, entonces de gran éxito, Roberto Quiroga. Hicimos Radio El Mundo, en Ronda de Ases desde el Teatro Casino de la calle Maipú, y unas pocas grabaciones para el sello Victor.

«Alrededor de 1944, se formó una gran orquesta para acompañar a Roberto Rufino que quería proseguir como cantor solista. Con Atilio Bruni (piano y dirección); José Dames, Domingo Larrosa, Armando Rodríguez, Juan Carlos Correa y yo (bandoneones); Claudio González, José Sarmiento, Pedro Aguilar, David Abramsky (violines) y Rafael del Bagno (contrabajo). El debut en el Palermo Palace fue una bomba, lo seguían mucho al Pibe, también el Cabaret Reverie, de Maipú y Lavalle, y Radio Belgrano.

«El mismo año integré el conjunto de Antonio Rodio, en su última etapa. Allí tuve de colegas de instrumento a Ernesto Rossi y Atilio Corral. Con ellos actuamos en Radio El Mundo y en la boite Tibidabo. De 1945 a 1947, en el Bar Ebro, con las orquestas de Francisco Grillo y de Argentino Galván.

«A fines de 1947, llegó el sueño de conocer la tierra de mis padres, España. Fue con Francisco Lomuto. Estaba Juan Carlos Howard (piano), el cantor Alberto Rivera y la cancionista Chola Luna. De 1948 a 1950, trabajé con Joaquín Do Reyes. Allí, con mi amigo inseparable «El Japonés» Armando Rodríguez, también Máximo Mori, Elvino Vardaro y los hermanos Guisado. De los varios cantores recuerdo a Horacio Deval y a Hugo Soler. En la época del 40 y parte de los 50, no faltaba nunca trabajo y, sinceramente, me gustaría volver a vivirla».