Por
Luis Alposta

Fujisawa - Un té con Ranko Fujisawa

ntre los cantantes japoneses que fueron atraídos por el tango merece un capítulo muy especial Ranko Fujisawa, a quien conocí la tarde del 12 de febrero de 1980, en el Café Ten Roses de Tokio. Durante aquel encuentro, mientras tomábamos el té, Ranko me dijo que ése habría de ser el primer reportaje que un argentino le hacía en su país.

Nacida con un nombre que en japonés significa «flor de orquídea en el lago de las glicinas», se dedicó al estudio de canto y piano hasta los 18 años, ya que sus padres querían que fuese cantante lírica.

Durante la guerra tuvo que huir con su familia a Manchuria. A su regreso, una vez firmada la paz, los Fujisawa debieron afrontar tiempos difíciles, de verdadera miseria.

«Comencé entonces a trabajar en un club americano, donde cantaba clásico, pero lo que ganaba apenas me alcanzaba para comer. De modo que empecé a incursionar en otros géneros musicales: canciones populares japonesas, jazz y algunos temas hawaianos. Al cumplir los 24 años ya había incluido en mi repertorio algunas melodías de tangos europeos. Pero recién fui ganada por el tango argentino cuando escuché por primera vez “La cumparsita”, interpretada por la Orquesta Típica Tokio. Después de sentir una profunda emoción, decidí que debía cantar esa música».

Ranko se vinculó entonces con Masahico Takayama, un importante coleccionista de tangos y autor de dos libros sobre el tema, quien le hizo escuchar discos de Azucena Maizani, Mercedes Simone, Ada Falcón, Libertad Lamarque, Hugo del Carril y Carlos Gardel.

«Para poder lograr la verdadera entonación del tango argentino estudié, en un principio, con Jorge Minoru Matoba, un especialista en música latinoamericana y sobre todo en tango».

En esos tiempos, en que aún canta en una orquesta que incluye en su repertorio, preferentemente melodías europeas, Ranko se casa con Shimpei Hayakawa, director de la Orquesta Típica Tokio, quien no tardará en incorporarla en su orquesta para que cante tangos en castellano.

«El primer tango que canté fue “Caminito”». Según me cuenta Matoba, cantó acompañada por la orquesta que dirigía su esposo, en 1948, a bordo de una fragata argentina. «Terminada la gran guerra mundial, el Supremo Comando del general Mac Arthur en Japón, para mantener el orden público abasteció a Japón de alimentos gratuitos, y entre los países extranjeros, fue la marina de guerra argentina la primera en acudir con dos transportes de trigo, cargados a pleno. Para agasajar a los oficiales de la tripulación se celebró entonces una reunión campestre en la residencia oficial del gobernador de la Prefectura de Kanagawa.

«Esto ocurrió en junio de 1948 en su residencia oficial de Yokohama, donde había montones de escombros en las calles bombardeadas y ante una multitud de soldados de ocupación del ejercito americano. El gobernador Iwataro Uchiyama había desempeñado, antes de la guerra, el cargo de ministro plenipotenciario japonés en la Argentina. Para amenizar la reunión, yo lleve allá, en camión, desde la distante Tokio, a la cancionista Ranko Fujisawa y a su futuro esposo Shimpei Hayakawa que encabezaba la Orquesta Típica Tokio. Mi deseo fue entonces que los marinos de guerra argentinos conocieran el hecho de que aún cuando se hallaba derrotado el Japón en la guerra, el tango estaba a salvo en este país.

«En verdad, los oficiales y marinos que escucharon a Ranko aquel día quedaron maravillados, y yo pedí entonces al capitán del barco que se sirviera disponer que ella pudiese cantar en la Argentina. Esto dio origen a que años después Ranko y su esposo Shimpei Hayakawa fueran invitados a la Argentina para cantar tangos, contribuyendo así, mediante la música, a estrechar, aún más, los lazos de amistad nipona-argentina».

En 1950, debutó con la Orquesta Típica Tokio en el Club Ciro, en Ginza, y uno o dos años después hizo su primera grabación para el sello Victor-Japón.

Cuando le pregunté sobre su viaje a Buenos Aires, Ranko sonríe y luego de entonar levemente sus párpados, tal vez para convocar más fácilmente a los recuerdos, me responde: «Viajé por primera vez a la Argentina a mediados de agosto de 1953. Iba acompañada de mi esposo, como simple turista, y pensaba quedarme apenas un par de días, ya que Buenos Aires era una escala más de un recorrido que abarcaba Hawaii, Estados Unidos, México y otros países. Pero mi estada se prolongó dos meses, en gran parte por obra del azar: en el aeropuerto de Ezeiza me estaba esperando el señor Landi, director de la emisora radial de onda corta SIRA, quien me había escuchado cantar en transmisiones de radios japonesas. Me sugirió que me presentase ante el público porteño; insistió tanto que, finalmente, me convenció, y consiguió que debutara, acompañada por Aníbal Troilo y Roberto Grela, en el Teatro Discépolo. A esa función asintió el presidente de la república, Juan Domingo Perón, y los temas que más me aplaudieron fueron “Sur”, “Yira yira” y “Una lágrima tuya”.»

Aquella noche, Troilo le dio la bienvenida con palabras que aún hoy, a más de treinta años de distancia, conmueven a Ranko. La voz de Pichuco nos llega nos llega a través de una vieja grabación:

«Con algo de Malena o de Estercita, proyecta en Buenos Aires su emoción oriental, para hacernos saber que allá, muy lejos, bajo la luna de un Oriente vestido de pagodas, se respira la dulce cosa nuestra. Esa misma que encontró por Chiclana o por Boedo, San Juan y Boedo antiguo, la misma de los lengues y del taco repartiendo las rosas de los ocho sobre los patios pobres del parral y los ladrillos. Mensaje del Japón que aquí llega, portador de un abrazo, en esta figurita de mujer escapada acaso de un cuento de Pierre Loti. Mensaje que recojo en nombre de mi pueblo y del que quieren ser eco mi bandoneón y mi alma. Bienvenida muchacha, Buenos Aires, mi patria, el tango y yo, te declaramos nuestra y te hacemos un lugar en el rincón más puro de la orilla. Esta noche, tus ojos oblicuos y brillantes entran en la emoción, con la ganzúa de tu voz japonesa, hasta el mismo cogollo de nuestro porteñismo. Un fuelle y una viola te saludan en nombre de la patria.»

Esa exitosa actuación despertó tal interés que varias radios porteñas se disputaron la contratación de Ranko. Finalmente, el director de Radio Splendid logró que la cantante japonesa actuara en dicha emisora durante todo un mes.

«Canté con el acompañamiento de la orquesta estable de la radio, dirigida por Víctor Buchino, y regresé al Japón con un nuevo contrato por dos meses más, para el año siguiente. En 1954, volví a cantar en Splendid, acompañada por la misma orquesta. Pero en esa oportunidad, también me presenté en el Teatro Nacional, en varios clubes y en un show de Canal 7. Ese mismo año grabé en Buenos Aires, para el sello T.K., “Nostalgias”, “Mama yo quiero un novio”, “La morocha” y otros temas en los que me acompañó la orquesta de Troilo, aunque sin la presencia del maestro.»

Ranko viajó por tercera vez a la Argentina en 1956, ocasión en la que estrenó “Recuerdos de Buenos Aires”, un tema de Enrique Cadícamo con música de Shimpei Hayakawa, su esposo. También en 1956, editó, en Japón, una obra autobiográfica titulada “Una extranjera en el tango”.

«Mi última visita a su país, fue en 1964. En esa oportunidad, actué con la Orquesta Típica Tokio, dirigida por mi esposo. Cantaban además Ikuo Abo y Hideko Auki. Recorrimos también otros países sudamericanos en una gira que duró 10 meses. Después seguí cantando en mi patria hasta que, en 1970, me retiré definitivamente de la vida artística... Eso no quiere decir que me haya olvidado del tango: lo canto en reuniones de amigos o, a veces, sola, en casa. Quien ha sentido correr por sus venas ese ritmo apasionante no puede olvidarlo jamás».


Alposta, Ranko y Shimpei Hayakawa


Así terminó mi reportaje a Ranko en el Café Ten Roses. La vi de nuevo cuando, en febrero de 1981, reapareció ante el público japonés, acompañada en esa oportunidad por el maestro Horacio Salgán. En junio del mismo año, volvimos a encontrarnos, pero esta vez en Buenos Aires. Y fue con una cena que festejamos el encuentro.

La Orquesta Típica Tokio se disovió en 1971 y su director falleció por un cáncer, en 1984.

Gracias a mi amigo Mamoru, sé que el último recital suyo fue el 6 de septiembre de 1991 y que luego del mismo, se mudó a la ciudad de Nagaoka, distante 300 km de Tokio.