Por
Antonio Rodríguez Villar

Tania - «Su vida fue una película...»

or qué el nombre Tania? Muy simple. Desde pequeña me gustó actuar en teatro. En mi colegio en Valencia, formaba parte de un grupo que decíamos versos, dábamos obras de teatro, trozos de zarzuelas. Entre mis compañeras había una niña que se llamaba Tania, hija de rusos. ¡Y me encantaba el nombre! Para actuar, había decidido llamarme Ana Luciano pero en ese tiempo, mi hermana que actuaba con su verdadero nombre, Isabel Luciano, ya era una de las primeras tiples españolas.

«Era la época de El Conde de Luxemburgo, de La Viuda Alegre, de las grandes operetas. Como mi hermana cantaba muy bien y ya era bastante conocida, le dijo a mi Madre: «Mira mamá, me parece que Anita no debiera ponerse Ana Luciano, porque mi nombre es grande y esta chica recién empieza. No sabemos si podrá seguir en el teatro o no...». Todo eso parece un poquito ridículo pero fue así.

«Entonces yo, muy orgullosa, —tendría 12 o 13 años—, para actuar en el colegio dije: «Ahora sí, también me voy a llamar Tania...». Mucha gente cree que me puse Tania por Anita al revés. No, lo hice por mi amiguita rusa que también bailaba y cantaba.»

—Así comenzó su carrera profesional...

«Cuando los cuplés se popularizaron hacíamos pequeñas giritas por las proximidades de Valencia; como si de Buenos Aires fuéramos a Lanús, a La Plata. Entonces ya me pusieron Tania y desde ese momento, nunca más me pude sacar el nombre. Había empezado a cantar cuplés sola. Ya no era la telonera, o sea la primera que salía en el espectáculo. Iba de tercer plano.

«Y llegó un momento que se formó una gran troupe para ir a París y que yo integraba con el nombre de Tania. Ahí me lo quise cambiar porque ya estaba un poquito orgullosa... «¿Por qué no me puedo llamar Ana Luciano?». En resumen: que todo fue inútil. De ahí en más, nunca me pude cambiar el nombre. Cada vez que quise hacerlo, el empresario que me llevaba contratada o el representante, decían que Tania sonaba muy teatral. Y así fui definitivamente Tania.

«Y me casé con un bailarín muy famoso llamado Antonio Fernández, cuyo nombre artístico era Mexicán y cuando fui a bailar como «Tania-Mexicán. Pareja de baile», también me hubiera podido cambiar el nombre... pero no, seguí con el de Tania...
Es un cuento frecuente, hasta pesado... ¡Nunca me pude cambiar el nombre! Lo intenté muchas veces pero parece que no tuve la suerte de que alguien me dijera: «Sí, ahora te vamos a llamar Ana Luciano». Y así me quedé.»

—¿Cómo llega Discépolo a su vida?

«De casualidad. Me escuchó en Buenos Aires. Le dijeron que cantaba muy bien. Vine a Buenos Aires como parte de una gran compañía española, con bailarines y cantantes muy famosos: Teresita España, la Cachabella, Pablo Palitos con el Trío, yo, que me llamaba Tania Mexicán... Y así comenzaron a saber de Tania en Buenos Aires...

—¿Cómo lo conoció?

«Yo cantaba algunos tangos en el “Folies Bergère” que funcionaba en la calle Cerrito, pero como tonadillera. Lo que cantaba verdaderamente bien eran los cuplés españoles. Decían que el tango lo hacía muy bien. Hasta ese momento, la única figura de tango que conocía era Azucena Maizani.

«Nunca había oído cantar tangos de esa forma. Cuando la escuché y la vi, me atrapó su fuerza. Una vez le escuché “Esta noche me emborracho” y me dije, «¡Ay, si pudiera cantar ese tango...!». Me sentía con fuerza para cantar cualquier cosa, pero no un tango... Sin embargo, lo aprendí con Andrés Caba, el pianista que me acompañaba... Ensayamos y lo canté.

—¿Cuál fue la reacción del público?

«Un éxito brutal. Ese tango había tenido una popularidad de locura. La gente lo cantaba por la calle... Bueno, un pedazo... y como era un tango difícil, -no es un tango fácil...-, la gente decía, «Esta noche yo me mamo bien mamao, esta noche me emborracho bien»... Entonces yo, una chica joven, bonita y que cantaba cuplés, canté ese tango y fue un éxito, además de otros tangos que los cantaría tal vez regular. Pero “Esta noche me emborracho” parece que lo cantaba muy bien.

—¿Y ahí lo conoció?

«Una noche me escuchó José Razzano. Me preguntó si conocía a Gardel y me contó toda su historia. La verdad es que no conocía a Gardel como no conocía a Roberto Casaux, ni a Armando Discépolo, ni a Alberto Vaccarezza, porque yo era una muchacha recién llegada. Conocía a la gente importante de España, pero no a la de Buenos Aires. Y Razzano me dijo: «Mañana vas a cantar otra vez “Esta noche me emborracho”. Voy a venir con un amigo que es el autor».

«Parece ser que Discépolo no era de ir a los cabarets y Razzano lo empujó para que fuera. Enrique, que ya tenía 26 años, nunca había ido a un cabaret. Suena a risa, porque es la edad en que los chicos iban a los cabarets. Pero así era.»

—¿Quién se lo presentó?

«Razzano. Le empezó a decir que yo era una chica que cantaba canciones españolas y que ahora cantaba tangos, que me querían mucho en el cabaret, que me habían prorrogado el contrato... le contó mi historia. Enrique me oyó cantar “Esta noche me emborracho” y al día siguiente me mandó flores.»

—Muy romántico...

«Me mandó flores, me mandó bombones. Para mí, esas cosas no tenían importancia porque eran tiempos en que los admiradores mandaban cosas más importantes que flores y bombones... Me parecía un asunto muy romántico, pero para una mujer como yo, joven, con 24 años, ya eran muchas flores, muchos bombones, mucho te...»

—¿Qué le habían contado de Discépolo?

«Que era un buen actor y además, autor de ese y otros tangos. El mismo Enrique también me contó que era autor y que como actor, estaba haciendo un éxito teatral muy grande, Mustafá, escrito por su hermano, que era un gran autor. Porque parece ser que todos los que me rodeaban eran grandes... Pero yo, nada: para mí eran ilustres desconocidos. No conocía a nadie. Si me hablaban de Pastora Imperio o Raquel Meller sí sabía quiénes eran. Pero para mí —recién llegada de España— todos estos nombres eran desconocidos por más importantes que fueran.»

—¿Cómo fue la primera vez que salió con Discépolo?

«Un día nos invitó a mí y a unas amigas a tomar el té. A los pocos días nos invitó nuevamente. Fuimos a ver Mustafá. Yo pensé que con ese título, debía ser una de esas obras de Rodolfo Valentino... y cuando llegué al teatro —muy ignorante yo—, fue una sorpresa.

Yo venía de España —y esto no es pedantería de española— donde había visto a Ricardo Calvo, a Lola Membrives, a Haydeé de López Heredia, a esos grandes. Para mí el teatro tenía que ser igual que el de España. Y cuando se levanta el telón, veo un tipo con un carrito que vendía cinta de hilera y decía: «Compre hilera señorita, pobre turco no vende nada». Estaba también Luis Arata, que hacía el papel de un italiano...Y pensaba para mí: «¡Qué teatro!» Me parecía en broma, porque me acordaba del de España al que estaba acostumbrada.

«Y luego salía el galán que me había estado mandando flores y pensé: «Ahora sí. Va a salir Rodolfo Valentino...». Y no, era Enrique que hacía el papel de un pobre turquito que vendía cintitas de hilera, zapatitos, medias...

«Cuando terminó la función, Armando —muy pedante—, me pregunta: «¿Qué le ha parecido la obra?» y le respondí: «No entendí nada». Parece ser que después le dijo a su hermano: «¡Qué ignorante es esa chica! ¡No ha entendido!». «Es que llegó hace poco, Armando...». Trabajaban todas estrellas: Luisita Vehil, Rosa Catá, Miguel Faust Rocha... Pero lo que yo no entendía era la obra, ni menos sabía quiénes eran los actores. Y eran figuras que luego, al cabo del tiempo, fueron de mis mejores amigos. Esa es la historia de cómo nos conocimos.»

—¿Qué año era?

«1927... cuando empezamos a salir.»

—¿Cómo era Discépolo? ¿Callado, extrovertido?

«Era más tímido que yo.»

—¿Cómo le propuso salir la primera vez?

«Igual que me propuso ir al teatro: a tomar chocolate con una amiga. Y salimos una vez... Pero Enrique no me invitaba a ir con él a ningún lado, salir sola o vamos... a cualquier lado, ¡qué sé yo! O decirme tengo un departamento... ¡Yo lo quería llevar a tomar té a mi casa! Yo tenía un departamento muy lindo en la calle Uruguay en el que vivía con dos amigas mías y ahí tenía de todo. Yo quería que viniera, pero él, muy pudoroso, no quiso hacerlo.»

—¿Los amigos de Discépolo la aceptaron enseguida?

«Una vez decidió presentármelos. Se reunían en el Tropezón y el hermano le dijo «Sí, tráela una noche para que la conozcan los muchachos». ¡Armando fue pedante desde el día que lo conocí! Llegué al Tropezón manejando mi auto, una voituré roja. Entonces al tocar la bocina y salir Enrique a buscarme, parece que hubiera llegado la Madonna, porque ¿Cómo era eso que una chica viniera a buscar a mi hermano? Y me invitaron a su mesa. Todos muy amables..., todos me besaron... ¡Qué rica..! ¡Qué mona..! ¡La españolita linda! Y estaban la Bertolín, Alfonsina Storni, Roberto Tálice, Paulina Singerman y el marido, Edmundo Pucho Guibourg... ¡Todo astros! Me tomaron como una cosa rara porque era bonita, tenía algunas alhajitas y venía en una voituré roja. La verdad que llegué como... ¡parecía perro en bote! Pero bueno..., pasé el examen: a todos les parecí muy simpática.»

—¿Y a Usted, cómo le parecieron ellos?

«Muy aburridos, porque no entendía nada de lo que hablaban. Estuve una hora y su único tema era cómo hacer para juntar plata para presentar Fábrica de juventud, Levántate y anda, Fin de jornada, La Perichona... No hablaban de otra cosa... ¡Imagínese! Yo venía de ver en España El Conde de Luxemburgo y La Viuda Alegre... No comprendía nada de nada...

«La gente no quiere entender que mi entrada en Buenos Aires fue con demasiada gente importante. Yo podría haber empezado a ir a la Avenida de Mayo a tomar chocolate con churros con mis paisanos. Pero, ¡Paf!, de golpe llegué al mundo de Enrique... Yo no sabía nada del Buenos Aires de Discépolo y sus amigos. Y además, no los entendía. Querían hacer todo y nadie tenía plata. Sólo podían tomar su cafecito... Yo cantaba en la boite donde la gente bebía champagne y los habitués eran los Anchorena, Unzué, Basabilbaso, Lanusse y el otro y el otro. Esos eran los nombres que yo conocía... verdaderos reyes... Esos eran los que yo frecuentaba.

«Una vez, y luego de escucharlos hablar sobre las obras y ver cómo podían hacerlas, se me ocurrió decirles: «Bueno, si a ustedes les hace falta algo de plata, puedo empeñar un brillante y les hago un préstamo». Iban a montar La Perichona y resulta que no tenían plata ni para hacer los 22 sombreritos tipo galera de usaban los petimetres, que eran los actores del reparto, muy elegantes, que paseaban por el escenario.

«Parece que el bruto que les hacía la ropa decía: «¡Que no se pongan sombrero. Que se mueran de frío. Ya no hay ni para sombreros!» Pero Paulina Singerman seguía hablando... y la otra seguía hablando..., todos seguían hablando... Armando, desde luego. ¡Todos! Así es que empeñé mi brillante y se dio la obra.»

—¿Cómo comenzó su relación personal con Discépolo?

«No me decía que vendría a mi casa a tomar café o... a lo que fuera... ¡Más claro no se lo puedo decir..!. Hasta que un día me dijo: «Alquilé un departamento chiquito pero lindo en la calle Cangallo, cerca del Tropezón. Abajo vivía Roberto Noble, un gran periodista, y me contó que había un departamentito disponible y lo alquilé. Ya vivo ahí, pero solo. No con mi hermano. ¿Por qué no venís a tomar un café?».»

—¿Cual fue su reacción?

«¡Yo encantada! Y fui. Pero por las dudas, me llevé una valijita con un desabillé, un batón muy mono lleno de encajes, unas chinelas y unas cosas más como para al día siguiente levantarme e irme a mi casa. Pero me quedé... y me quedé para siempre... En ese departamentito, que era chiquito, que tenía una estufa de la casa. Y así se termina la historia.»

—O así empieza...

«Él quería pero no lo decía. A mí todo el asunto me parecía un poco raro porque yo era más moderna. Venía de gente de más mundo que me decía: «¿Te querés acostar conmigo?... Te regalo una pulsera». —«No señor. No me acuesto con vos...». Yo hablaba un idioma y Discépolo hablaba otro. Luego se juntaron los idiomas...»

—¿Discutían mucho?

«Nunca tuvimos peleas, nunca se ha dado un portazo, ni un «Me voy y no vuelvo más...», como todos los matrimonios... Pues nosotros no.»

—¿Porqué no se casaron?

«Yo me había separado de mi marido en Montevideo y no quería casarme porque, como decíamos con Enrique, «el pueblo ya nos ha casado». Enrique también me preguntaba: «¿Vos querés casarte?». —«No», era siempre mi respuesta. Entonces ¿para qué nos íbamos a casar? Y no nos casamos.

«Y así siguió nuestra vida y nunca nos separamos. Ese tango que dice «¡Araca victoria se fue mi mujer!», no lo escribió para mí, porque no me fui nunca. De esta manera vivimos hasta el fin de nuestra vida. Muchas alegrías, muchos éxitos, poca plata, porque nunca hemos sido gente de plata. Siempre hemos luchado. Cuando él hubiera podido tener dinero, no se ganaban los sueldos que se ganan ahora en el cine o en la televisión. Enrique hizo muchísima radio pero nunca fuimos ricos. Y así vivimos siempre.»

—¿Tuvo tristezas?

«El fin de su vida fue muy penoso... Murió muy triste. Es lo único que a veces me emociona. Él, que había vivido siempre bien. Homero Manzi decía que era «Don Fulgencio, el hombre que nunca tuvo infancia». Siempre estábamos contentos. Enrique no tuvo grandes penas, salvo cuando fue todo ese asunto de Perón que él cada vez lo sentía más. Si hubiera sido otro, lo hubiera sentido menos.»

—¿Cual fue su mayor tristeza?

«La falta de amigos. Él pensaba que lo querían y lo despreciaron. Sintió mucho la falta de compañeros, de amigos que le dieran la mano. En fin, murió porque quiso morir. Porque cuanto Perón más ayuda le daba —no monetaria sino cariñosa—, él más se entristecía por la forma que actuaban sus compañeros.»

—En su casa, en su vida íntima, ¿era de buen carácter, de mal talento, alegre, taciturno, locuaz, ensimismado?

«¡Alegre! Le gustaba la gente. Era muy amigo de sus amigos... todos borrachos: Troilo, el Dringue Farías. Como Enrique no bebía, no se quedaba con ellos cuando empezaban a tomar.»

—¿No bebía alcohol?

«Sí, pero muy poco. Se tomaba 3 whiskys pero no se emborrachaba. Los otros llegaban a emborracharse, a otras cosas..., porque tenían otra vida... el Dringue, Carlitos Castro —Castrito—, Troilo. Pero era más amigo de Manzi, de Cátulo Castillo, de Paco García Jiménez, sus compañeros de SADAIC. También era muy amigo de Osvaldo Miranda, de Francisco Lomuto, de Francisco Canaro. Le hacían gracia las cosas de Canaro y de Lomuto.»

—¿Qué lo llevaba a componer un tango, aquello tan remanido de la inspiración? ¿Cómo surgía una idea?

«Nunca he sabido, nunca. A veces me leía un pedacito de algo que estaba haciendo y me decía: «¿Te gusta?». —«Sí, es lindo», le contestaba. Otras veces, cuando lo tenía todo escrito, y yo creía que me lo iba a leer, decía: «No te va a gustar...» y lo rompía. Así que no sé si me iba a gustar o no, porque lo rompía. Luego, cuando Enrique tenía un tango que le gustaba, en vez de hablar con Manzi, o con Troilo, llamaba al portero o a Manuela, nuestra cocinera.»

—¿Se los mostraba a ellos?

«También a Tomasito, que vendía diarios en la esquina. Hoy es rico. Hablaba mucho con él. Enrique le daba consejos... Tomasito, ahora, donde va lo cuenta y no le quieren creer que era tan amigo de Enrique y que les leía sus tangos cuando todavía estaban en preparación.»

—¿Para ver cuál era la reacción?

«Seguramente eso. Por ejemplo, más lógico es que hubiera llamado a Manzi para preguntarle: «¿Te gusta?» Pues no, primero llamaba a Manuela, al turquito que vendía cigarrillos, al portero del departamento, a Tomasito... Y de pronto me comentaba: «No lo han entendido» y eso lo ponía contento. Parece idiota y es así: no les había gustado y Enrique estaba contento. «No entendieron nada», decía...»

—¿Y a Usted le leía los tangos nuevos?

«A mí me leyó “Yira yira” y no entendí nada. Siempre me acuerdo que vivíamos en el departamentito de Cangallo. Lo estrenó Sofía Bozán en el Teatro Sarmiento en la revista Qué hacemos con el estadio y ya lo cantaba todo el mundo por la calle. Una vez lo paró un reo y le dijo: «¡Qué mente!», «Sí, —le contestó Enrique—, hoy me cortaron el gas». Y le explicó a este señor, que no conocía, porqué nos habían cortado el gas: no teníamos con qué pagarlo. No era normal mi marido, ¿no le parece? Si a mí me dicen «¡Qué bien canta!», no les cuento una historia, ni les digo «Sí, pero no puedo pagar el gas». No era normal mi marido...»

—¿Le gustaba la poesía?

«Sí, leía mucho. De todo.»

—Él no sabía música, ¿cómo componía?

«En el piano, pero apenas tocaba algunas notas porque lo hacía de oído, no sabía música. Lo que escribía se lo corregían los que sabían escribir música. Les costaba mucho entender cómo podía componer y luego escribir en un papel do, re, sol, y así... Después venían los grandes músicos de ese momento, y afortunadamente, del «ta, ta, ta, do, mi, sol, mi» salía lo que él quería. Cuando preparaba sus músicas escritas en do, sol, mi, venían después sus amigos músicos y le decían que no estaba encuadrado, y Enrique les respondía: «No importa. Es así». Por eso muchos de sus tangos van de acá para allá. No son tan parejos como los tangos de otros autores.»

—¿Qué recuerdos tenía de su niñez?

«Ninguno. No había jugado nunca, ni a las bolitas, ni tuvo una bicicleta, porque estaba con unos tíos muy ricos que lo vestían de payaso todos los días... Le ponían el esmoquin, la corbatita para cenar y eso a él le dolía mucho. Enrique empezó a jugar y a hacer cosas de chico cuando me conoció. Nunca tuvo una bicicleta. No porque fuera pobre..., es al revés. El pobre era el hermano.

«Enrique vivía con unos tíos ricos, pero era más pobre que ninguno por que no jugaba a las bolitas, no iba en bicicleta. Lo llevaban al jardín de infantes y lo devolvían a la casa. No tuvo afectos de familia.»

—Así que los recuerdos de su niñez...

«Eran tristes. Manzi siempre decía que empezó a divertirse cuando me conoció.»

—¿Quienes eran sus amigos de confidencias?

«Tenía muchos amigos pero no un confidente, ese amigo confidente que otros tienen.»

—En sus letras hay una constante presencia de Dios. ¿Era creyente?

«No era un hombre de práctica religiosa. Cuando murió Lomuto, se celebró una misa de cuerpo presente en la Iglesia de San Nicolás... Llegó a casa muy cansado. Como había tardado mucho le pregunté qué le había pasado. «¡Qué espectáculo! Es una maravilla lo que he visto. ¡Qué lujo! ¡Qué trajes! Es un show, el show más grande que te podés imaginar», fue su comentario. Se divertía mucho conmigo solo... —«El traje dorado; el blanco se los cambiaban por dorados; daban vuelta alrededor del ataúd y le ponían un manto dorado, otro verde... Pero vieras qué show... el lujo de la gente, todas con sombrero». —«Pero ¿qué es eso que me estás contando?». «Es lo que vi. Luego entraban cuatro o cinco por un lado, todos iban de negro, bordado y salieron todos en dorado, más o menos como en la revista del Maipo».

—¿Pero creía en Dios?

«No sé. Nunca pude saberlo. Algunas veces que yo traía alguna imagen a casa me decía: «¡Otro santito nuevo, otro más, ¿qué vas a hacer?!» Y de pronto entraba en una iglesia y se quedaba una hora mirando un santo. Eso de San Blas y las velas... Todo eso, ¿Cómo le diré?. Le hacía gracia. —«Una vela, ¡¿qué pasará?!», comentaba. Pero no me decía: «Apagala». A casa venía Monseñor Antonio Plaza y yo le decía: «No venga mucho monseñor, porque usted va a terminar haciendo todo al revés». Porque lo quería convertir... era muy divertido. Discépolo era un hombre muy divertido.»

—¿Qué le divertía?

«Las pequeñas cosas. No se entretenía yendo a las carreras. Iba todas las noches al Tibidabo porque tocaba Troilo. Se divertía mucho con Zita (la mujer de Aníbal Troilo), o con Blackie (Paloma Effron). Yo no era celosa. Todos sus amigos jugaban a las cartas, a las carreras y él no jugaba a nada.

«Entonces el dueño del Tibidabo, que lo adoraba, le compró una maquinita como las que hay en los Estados Unidos, esas que uno le coloca una monedita y adentro, una manito escogía un premio. Y mientras los otros jugaban a las cartas y se peleaban y otro había terminado de cantar un tango, y seguían jugando al truco, Enrique se entretenía con la maquinita.»

—¿Cómo llega Discépolo al peronismo?

«Nunca lo supe, ni me preocupó. Discépolo y Lomuto conocieron a Perón en Chile, cuando era agregado militar en la Embajada. Parece ser que Perón jugaba al truco con Lomuto. Aunque Enrique no sabía jugar, siempre estaba con ellos. Perón les tuvo mucho cariño a los dos. Cuando vino Perón a Trabajo y Previsión, se veían siempre. Perón era muy cariñoso. Era cariñoso con todos, con los hombres y con las mujeres. Parece que él siempre necesitaba cariño, pero daba cariño. Perón lo llamaba casi todos los días. Eran muy amigos... ¿Por qué no hizo eso con Lomuto y lo hizo con él? Vaya uno a saber... Enrique seguía todo lo que decía Perón, que a él le parecía muy bien y lo defendía siempre que podía. Pero desde la época que Perón todavía no era conocido. ¡Imagínese cuando fue Perón...!»

—¿La conocía a Evita?

«Era gran amigo de Eva. Lo llamaba por teléfono muy seguido. Enrique tenía su número directo. Eva lo invitaba a cenar. Juan Duarte, el hermano de Eva, me dijo un día: «No te preocupes, si ninguno de los dos come...» Eran muy amigos...»

—¿Cómo la conoció?

«En el año 43 o en el 44, Discépolo estaba escribiendo con mucho éxito unas audiciones para LR3 Radio Belgrano, de don Jaime Yankelevich. La radio tenía una puerta grande por la que entrábamos las figuras y había otra más chiquita, que daba a un sótano, por la que pasaban los segundones.

«Un día Discépolo llegó en auto a la radio y una joven quiso entrar con él. Al verla, el portero la detuvo. —«No, la señorita no». Enrique se volvió y le dijo al portero: «La señora viene conmigo y entra por acá». No sabía quién era y eso lo ha contado mucho Pierina Dealessi. Y esa joven era Eva Duarte. Y como Eva tenía una memoria extraordinaria, se acordaba de aquello que ocurrió en Radio Belgrano y un día, años después, pidió a sus ayudantes que lo llamaran, que lo quería conocer.

«Ese hombre es un señor», dijo Evita. También quiso mucho a Pierina, porque cuando Eva llegó a Buenos Aires, estuvo durmiendo muchas noches en casa de Pierina, pero con cariño, no por piedad. Dormía en su casa porque la chica en vez de estar sola en una pensión, tenía el afecto y la amistad de Pierina. Eva no se olvidaba de esas cosas.»

—¿Usted fue celosa?

«No hubo razón. Un día que Enrique llegó a casa muy tarde le pregunté qué lo había atrasado y me dijo: «¿Sabes qué pasa? Hay una chica que se quiere acostar conmigo pero yo no tengo ganas». Si usted le dice a su mujer que no se quiere acostar con alguien, no porque no le guste sino porque no tiene ganas, —como yo no tengo ganas de ir al teatro—, no se puede molestar.»

—¿Discépolo tenía preferencia por alguno de sus tangos?

«El último. Siempre decía que el último tango era el que más quería. Porque era como los padres: quieren más al último hijo que nace. Siempre contaba que su último tango era su último hijo. Y sentía el mismo dolor, pensando que pudiera fracasar, que no llegara a tener éxito en la vida. Hay que protegerlo.

«Cuando componía un tango, le gustaba más que cantaran ese en vez de “Uno”, porque era el último. Con “Cafetín de Buenos Aires” tenía más miedo que con “Uno”. Eso, creo, les pasa a todos los autores. Porque lo último que hacen, creen que no va a poder con aquello anterior que ya es un éxito.»

—¿Qué opinaba del así llamado tango moderno, de la evolución que ha vivido y vive el tango?

«Él hubiera admirado mucho a Astor Piazzolla. Ya no nos acordamos, pero Francisco y Julio De Caro fueron una renovación brutal. Hoy hablamos de Piazzolla, porque fue como una bomba. Pero tenemos que pensar en los hermanos De Caro con el violín con trompeta, las paradas que hacían en los tangos. Discépolo admiraba mucho a los De Caro. A él le parecía que cada uno tenía que hacer lo que sentía. Creo que si hubiera vivido para conocer la obra de Piazzolla lo hubiera admirado. O hubiera dicho: «Cómo me gustaría hacerlo así aunque no pueda!».

—¿Era amigo de Gardel?

«Lo trató poco. Realmente no fueron muy amigos. Se vieron cuando Gardel decidió grabar “Victoria” y cuando hicieron los cortos que dirigió Eduardo Morera. Gardel iba a grabar “Yira yira” y la compañía de discos quiso que hicieran la promoción juntos para una publicidad.»

—Así que no tuvo una gran amistad con Gardel.

«Nos hicimos más amigos cuando coincidimos en Francia. Nosotros debutamos en París y él estaba allá con sus músicos. Pero no fue la amistad tan estrecha que los unió con Troilo o con Manzi.»

—Usted me habla de Troilo y Manzi y no menciona a otro gran autor contemporáneo como Enrique Cadícamo.

«Desde ya que se conocían, pero no eran tan amigos. Discépolo se daba con todos. En ese entonces se reunían mucho en SADAIC. Hoy, aunque quieras, uno no se puede reunir con fulano o con fulana, porque no se dispone del tiempo y el lugar que ellos tenían. En SADAIC se divertían. Canaro, que siempre estaba ahí, decía «conceto» y «coletivo» y Enrique le comentaba: «Se te han caído algunas letras...». Era una broma, porque lo quería mucho.»

—¿Qué opinaba Discépolo y que opina Usted de la música criolla?

«A mí me gusta mucho y a Enrique también. Algunos intérpretes me gustan más que otros porque los entiendo más. Lo que no me gusta, y lo digo tranquilamente, es la forma que tienen de actuar ahora algunos tangueros y tangueras.»

—¿Cuales son sus cantantes de tango preferidas?

«Mercedes Simone, por ejemplo, tenía una gran fuerza. Libertad Lamarque, era más romántica. Azucena Maizani era fuerte, más al estilo que yo canto. Pero ahora, ¿qué le podría decir?: «Tal muchacho canta mejor que otro». Sí, de pronto canta uno y me gusta; canta otro y me gusta más; pero no le podría decir... que me quitan el sueño. Goyeneche por ejemplo, ¡cómo era!; como ese chico que murió.. Jorge Falcón. Eran chicos que creaban una forma de cantar, un estilo. Ahora cantan de pronto con mucha voz. Yo no digo si cantan bien o mal. A mí me gusta más el cantor disseur, por ejemplo Roberto Rufino, que es hombre viejo, pero tiene un estilo que me gusta.»

—¿Qué era la amistad para Discépolo?

«Algo muy sagrado. Un amigo es un amigo. Con un amigo se puede hacer todo. Y él, de verdad, por sus amigos hizo mucho, y ha tenido suerte... Por ejemplo, recuerdo que Enrique tenía un amigo chileno que quería presentar en Buenos Aires el Museo de Cera. No sé por qué razón no le daban permiso. Este amigo chileno le dijo a Enrique: “Estoy muerto de hambre. Usted que es amigo de Perón ¿Por qué no le pide que me dé el permiso para presentar el espectáculo?».»

—¿Y lo logró?

«Discépolo tuvo la suerte de que cada vez que le pidió algo, Perón siempre le dijo que sí. Porque Enrique nunca le pidió cosas para él. Si usted le va a pedir a Menem una cosa para mí es más fácil que si se la va a pedir para Usted. De esto han pasado muchos años. Hace pocos días, este amigo chileno me llamó porque le habían dicho que yo estaba enferma. Ese hombre se hizo millonario. Cada vez que voy a Chile me trata como si me fuera a romper. Enrique ha dejado muchos amigos. Por ejemplo quería a los judíos. ¿Por qué los quería? Tenía un amigo judío en el banco, que una vez le prestó plata y cuando se la fue a devolver este amigo le dijo: «No, usted todavía no tiene. Cuando tenga más la devuelve».

«Enrique era un hombre agradecido. No olvidaba esas cosas, hechos o detalles que ahora se han perdido o no tienen el mismo valor. Antes, creo yo, los detalles tenían mucho valor. Porque ahora, tal vez porque todos estamos más necesitados, a lo mejor no le damos importancia a esas cosas. El, por ejemplo, sin tenerla, ha prestado plata y hay gente que le prestó sin tener plata.

«Él era un amigo muy particular y muy amigo de las mujeres. Yo no tenía celos nunca. Por ejemplo, adoraba a Zita, perecía la novia. Se llamaban por teléfono todos los días.»

—¿Usted ha vuelto muy seguido a España?

«Dos o tres veces...»

—¿No piensa volver?

«Sí, a lo mejor vamos pronto. La última vez que estuve fue hace quince años.»

—¿Tiene familia allá?

«Una sobrina, que vive en Valencia. Porque mi madre era valenciana. En mi familia casi todos eran valencianos. La única toledana soy yo.

«Una vez estábamos con Enrique en un café de Madrid y Lola Membrives nos presentó a Federico García Lorca. Habíamos ido a Madrid contratados para actuar en El Palacio de la Música. Nos hicimos muy amigos y García Lorca me dijo algo que no me voy a olvidar... —«¿Pero cómo, hace cinco días que están en España y todavía no te ha llevado Toledo?». Y le dice a Enrique: «Mañana me la llevo...». Y me llevó a Toledo...»

—¿Cómo fue esto?

«Estábamos con García Lorca, Lola Membrives, el guitarrista Regino Sáinz de la Maza y otros amigos. Todos insistieron para que fuéramos a Toledo. Digo que me llevaron porque fueron ellos los que organizaron el viaje. Y Federico hizo que el alcalde de Toledo supiera que yo estaba en la ciudad, que había nacido allí y que era artista... Y el alcalde, a las 12 del día, mandó tocar en la plaza de Zocodober el Himno Argentino y la Marcha Real española. En esa oportunidad estuvimos poco tiempo en España, pero García Lorca y Discépolo se hicieron muy amigos. Federico era muy simpático, muy alegre... Le fascinaba el tango. Su preferido era “Esta noche me emborracho”.»

—Si no estaban casados, ¿cómo es que tiene Usted los derechos de las obras de Discépolo?...

«Eso tiene su historia... Resulta que un día me dice: «Voy a hacer mi testamento». Pasó el tiempo e hizo un testamento. No mucho después me comenta Manzi: «Voy a ser testigo del testamento que quiere hacer Discépolo». Le respondí que Enrique ya tenía uno. Y Manzi me dice que ese no era el que importaba, que iba a hacer otro. Y después vino un tercer testamento. Entonces le digo: «Enrique, ¿por qué hacés tantos testamentos? Es muy feo, parece que vas a morir mañana. ¿Siempre querés renovar el testamento?».»

—¿Fueron tres testamentos?

«Después vino un cuarto y entonces ahí decidió darme una explicación. «¿Sabes lo que pasa, Mami?, tengo desconfianza, porque cuando me muera, no quisiera que tengas que ir a pedirle a Luis César Amadori, a Carlos Petit, a fulano o a mengano, que te contrate... Quiero que te quedés tranquila y por eso te dejo 42 departamentos. Sí, 42 tangos, valses... todo lo que he escrito. 42 departamentos que se tocan solos. Y las escaleras no se rompen, los ascensores no se descomponen, los inquilinos te pagan, nadie te va a deber, ninguno se va a ir sin pagar... Imaginate vos con 42 departamentos, que un inquilino se va, que el otro no te paga, estarías como loca, Mami... Y si los tocan mucho o poco no importa: son 42».

«Bueno, a esa altura ya me había convencido. Pero siguió dando explicaciones: «Además, me estoy poniendo unas inyecciones con una chica joven, muy linda. ¿Qué te parece si de pronto me enamoro de esa chica y se me da por poner todo a favor de ella...? Entonces, el testamento que tengo hecho ya no vale... ¡Hay que hacer otro testamento!». Manzi, que sabía toda esta historia, me mira y me dice: «Mirá, tu marido me tiene podrido. Ya fui testigo de cuatro testamentos...» La verdad que parecía una broma... Era como una obra de teatro...»

—¿Usted nunca pensó en escribir un tango?

«No. Enrique siempre contaba que una de las alegrías más grandes de su vida, era haberse enamorado de una mujer que no fuera intelectual. La verdad es que de intelectual yo no tenía nada. A mí me hubiera gustado ser una Alfonsina Storni. —«No... no..., como sos está bien. No aprendas más que no te va a servir para nada...»

—¿Cómo se llamaban entre ustedes?

«Yo le decía Chachi y él a mí Mami. Cuando estaba con problemas o muy serio, me llamaba Tania. Nunca me dijo Anita. Además, no teníamos discusiones porque todo lo que él hacía a mí me parecía bien y lo que yo hacía, a él le parecía normal. No hemos tenido peleas, esas cosas de no hablarse...»

—¿Sintieron no tener hijos?

«No, al menos nunca hablamos de eso.»

—¿No le gustaban los chicos?

«No, y a mí tampoco me gustaban.»

—¿De qué hablaba con sus amigos?

«Se reía mucho con las cosas que hacían. Y me las contaba muy serio. Por ejemplo hablaba de un amigo al que quería mucho. “Es muy buen mozo, muy inteligente, pero muy tonto..., no sabe lo que hace. En Buenos Aires se baña, se viste, le dice a su mujer que tiene que hacer un negocio en Punta del Este. Va al aeropuerto. Toma el avión. Llega a Punta del Este y se encuentra con su amante. Salen a cenar, después van al hotel. Tiene que desnudarse, acostarse con ella. A la mañana siguiente, se tiene que bañar, salir corriendo a tomar el avión para Buenos Aires... ¡Para coger!... ¡¿tanto trabajo!?».

«Lo contaba así, como se lo cuento. Era una película. Todos sus cuentos los hacía como una película. Su vida fue una película...»