Por
Ángel Giuseppetti

Vasallo - Confesiones de un contrabajista

a primera vez, me reuní en un café con unos pocos muchachos allegados al tango y músicos ya mayorcitos de edad, fue el primero que se levantó y se fue. Pregunté quien era y me respondieron: «Juan Antonio Vasallo». Años atrás lo había visto en algunas presentaciones en público y me llamaron la atención algunas peculiaridades suyas. Con el tiempo, nos reencontramos y transitamos una agradable amistad.

Cuando caminábamos charlando por las calles cercanas a su domicilio, Río Bamba cerca de Lavalle, lo recuerdo con pánico. Resulta que Toto, como lo llamaban familiarmente, no veía bien por el grado importante de la diabetes que padecía y cuando cruzaba, quizás confiado por ir acompañado, miraba para arriba desinteresado de los semáforos y llegábamos a la vereda opuesta cruzando entre los autos a toda velocidad y yo lo apuraba tomándolo del brazo. No era afecto a hablar de su trayectoria, pero una tarde me contó:

«¿Le dije que nací en Chivilcoy? Bien, a los ocho años junto con la escuela me pusieron a estudiar música con profesores de ocasión, los que había en el barrio y no muy lejanos a mi casa. Uno trajinaba como podía con el bandoneón, otro soplaba el trombón en una banda, con él aprendí a tocar un tipo de clarín, chiquito, muy fácil. Pasó un tiempo hasta que vi por primera vez una orquesta de tango y vaya uno a saber por qué me llamó la atención el contrabajo. Pero allí quedó la cosa.

«Terminé el colegio industrial, me convertí en tornero mecánico y a ello me dediqué, sin dejar la música. Por casualidad trabé amistad con un vecino del barrio que ya se había hecho unas escapadas a Buenos Aires, era Argentino Galván. Esta circunstancia, el hecho que mi padre andaba con ganas de acercarse a la gran ciudad y mi entusiasmo, nos llevaron a abandonar Chivilcoy y a instalarnos en el pueblo de Ezeiza. Yo seguí con mi trabajo y, con unos muchachos de la zona, formamos un quinteto tanguero. Allí yo era el bandoneonista y tocábamos por los alrededores.

«Si había algo que me alteraba era escuchar al contrabajista como maltrataba al instrumento. Hasta que una noche no pude más y le dije que me lo dejara a mí. Tenía mis conocimientos y, además, ya llevaba dos años estudiando el violín en el conservatorio Williams. Pero el contrabajo me copó.

«El primero que tuve fue en el año 1948, lo compré en Casa Soprano por cien pesos y charlando con el dueño me recomendó como profesor a un español, un catalán llamado José Rovira. Ser alumno suyo era una garantía. Pasó un año y aparece Alberto Caracciolo, el bandoneonista, que con el tiempo adhirió a Piazzolla y me llevó con él. Resulta que andaba buscando un contrabajista más profesional pues el que tenía tocaba de oído y mal y los arreglos no los sacaba. Le tiro un dato que me pasó, Caracciolo fue el autor del arreglo de “Tierrita” para Troilo.

«Después vino Alberto Mancione. Hace unos años en una reunión Caracciolo comentó que fue él quien me presentó al Gordo Mancione, me callé la boca, pero no fue así. El contrabajo de esa orquesta era Ítalo Bessa que un día me dijo que se iba con Lorenzo Barbero. Si me interesaba él me presentaba a Mancione. Acepté, me tomó una prueba y ya quedé. Con Mancione había mucho trabajo, en cambio Caracciolo era mas bohemio, le gustaba ensayar, el ambiente con los amigos y algunas grabaciones cada tanto, pero yo necesitaba ganar plata.

«¿Sabe con que me entretenía y sacaba un mango? Le cuento: en la cocina de mi departamento tenía el torno y hacía las punteras de los violoncellos, luego se las vendía a los músicos.

«Con Mancione debuto en 1951 en Radio El Mundo, estuve con él hasta 1954. Con Piazzolla fue de casualidad. Tenía que tocar y el titular Hamlet Greco se enfermó. Salió para Radio El Mundo para ver que encontraba y estaba yo. Toqué con la orquesta de cuerdas, con el Octeto. Siempre tuve buenas relaciones con mi compañeros, pero toda la vida tuve problemas de timidez, me costaba tomar la iniciativa y por eso a veces andaba medio apartado.

«También estuve con Domingo Federico, con Alfredo Calabró, con Francini, con Alfredo Gobbi. Era una gloria, estar con él era una maravilla... ¡lo que uno aprendía!... ¡tan buen músico!... pero con el trabajo había problemas, en realidad eran sus problemas con el alcohol. Llegaba tarde o no llegaba, así no era posible.

«En 1958 me presenté a concurso por una plaza en la sinfónica del Teatro Colón. La gané y allí quedé hasta mi jubilación. Pero antes, me relacioné con Eduardo Rovira. Hicimos una gira de dos años, anduvimos por España, por Portugal. Le cuento algo gracioso. Usted vio el estilo de Rovira, tan alejado del tango tradicional. Estando en Portugal nos presentamos en un local y realmente la gente esperaba otra cosa. Por ahí alguien a viva voz pide que toquemos un pasodoble. Todos nos quedamos sin saber que hacer, hasta el mismo Rovira. Y uno de nuestros bandoneones, un caradura largó con "El niño de las monjas", y la orquesta lo siguió. ¿Se lo imaginaba a Rovira tocando pasodobles?

«A mediados de los cincuenta conocí a Atilio Stampone y con él estuve siempre, entrando y saliendo. Con Atilio terminé mi carrera.

«Del Colón me jubilaron anticipado, queda feo decirlo pero fue por invalidez, mi vista ya estaba muy mal. Desde 1984 no hago más que reunirme con amigos. Hago asados en mi departamento, tiene que venir, un montón ya estuvieron. ¡Ah! si lo ve a Pinsón invítelo, tengo un regalo para él, una victrola, así escucha los discos en 78 que tengo.»

Mete una mano en el bolsillo de su saco y saca una foto donde aparecía un grupo de muchachos en una playa. Él está con un sombrerito, me la muestra. Atrás se ve el mar. ¿Mar del Plata? Le pregunto. «No, el mar Caspio, una gira con Atilio Stampone a la URSS, no me acuerdo que país era ese. Aquí estoy yo, este es Néstor Fabián, mire esta mujer que hermosa, es la cancionista Gloria Vélez. No faltó nadie que no se tirara un lance con ella. Salvo yo por supuesto.»

Su hija, María Inés, toca el oboe en la Orquesta Sinfónica de la Policía Federal. Su hijo, Eduardo, hace años que vive en Birmingham, Inglaterra. Allí es primer violoncello de la sinfónica. Visita Buenos Aires regularmente y alrededor de 1994, tocó en el Colón un concierto para cello y orquesta que fue transmitido por radio.

Su diabetes y problemas hepáticos lo alejaron de nosotros un día de invierno. Vaya este recuerdo, para Juan Vasallo, un gran músico y un buen amigo.