Por
Néstor Pinsón

Valentino - Charla con Enzo Valentino

l cantor Enzo Valentino, nació el 24 de septiembre de 1919, en Correa, provincia de Santa Fe. Es autor entre otros de “Recuerdos de una madre”, con letra de Juan Pedro López y “Viejo sillón”, “Gigí” y “El nido vacío”, todos con Eduardo Moreno.

«Mi vocación por el canto es algo natural, de chico lo escuchaba cantar a mi padre en las madrugadas del pueblito campesino donde nací. Se llama Correa, cerca de Cañada de Gómez y de Rosario Provincia de Santa Fe. Papá cantaba en medio de los carros y de las caballadas que teníamos nosotros en ese pedacito de tierra que aún vive en mi memoria, y por lógica era un contagio.

«Papá era un italiano bajito, flaquito como yo, romano igual que mi madre, y de ahí sucede que yo tarareaba esas cosas y las cantaba en el colegio y en la iglesia cuando había casamientos o bautismos. En los bares del pueblo vi cantar a muchos payadores, incluso a Atahualpa Yupanqui en 1933, que cantaba arriba de una mesa de billar. Los payadores improvisaban sobre rasgos de la gente, miraban un paisano y le cantaban hasta a su sombrero, a la pinta, a las alpargatas, esto reforzó mi pasión por el canto.

«A mí siempre me apasionó la voz, el misterio de la voz. Pero recién conocí lo que era la voz cuando llegué a Buenos Aires, en 1937, para visitar a una tía y me quedé para siempre. Yo ya cantaba pero observaba a otros que sabían colocar la voz como yo aún no podía. Por ejemplo Charlo sabía colocar la voz, también Alberto Gómez en su modalidad y Gardel que había llegado a la perfección.

«Lo conocí al Zorzal en abril de 1933, en Cañada de Gómez, lo escuché ignorante como a un cantor más, yo era chico. Cantó cinco temas, “Rosa de otoño”, recuerdo también “Silencio”, aquí hizo la introducción Domingo Julio Vivas, pero en bandoneón, también estaban Pettorossi y Barbieri, fue en el Teatro Verdi de aquella ciudad.

«Fue Ignacio Corsini quien me dio la oportunidad de quedarme en esta ciudad. Porque el año de mi llegada canté por Radio Del Pueblo y todos decían que yo era el hijo de Corsini y, honestamente, yo no sabía quien era Corsini. Yo canto así porque mi padre cantaba así y la ascendencia de la raza tiene mucho que ver, porque el francés se habla apoyándose en la nariz, es nasal y el italiano tiene la influencia de lo arábigo, como el español y en la baja Italia los romanos cantan todo así, con el ritornello, eso es arábigo. La voz no se imita, puede ser en un pasaje del canto, pero nada más.

«En Radio del Pueblo me pusieron un antifaz negro, cantaba con público en el estudio y la publicidad era preguntar quién era el cantor enmascarado. Pasaron los años y yo jamás tuve la intención de imitar a Corsini. Él era tenorino, cantaba casi en falsete, con poca apoyatura y yo soy barítono. Gardel en sus comienzos era tenorino, en las respectivas versiones de “Griseta”, por ejemplo, se los puede llegar a confundir. Gardel cambió el registró con el tiempo, Corsini no. Cuando me sacaron el antifaz me bautizaron con el nombre de Juan Pueblo y un día vino a conocerme Enrique Maciel que me presentó a don Ignacio.

«Cuando me contrata Radio Porteña me empecé a ver mucho con él que además se presentaba en Belgrano y Mitre, ya que las tres funcionaban en el mismo edificio de la avenida Belgrano y Entre Ríos. Conversamos mucho sobre el tema del canto y del campo, porque él había sido campesino en Carlos Tejedor, lo llevaron de niño y fue boyerito también, hablábamos del sulky y de las monturas y de la doma. Varias veces me dijo que trataba de imitarlo y yo le respondía que no, que era por naturaleza. Él hablando tenía la pronunciación de un italiano, no era acriollado, parecía un extranjero.

«Una vez vino a mi casa, al lado de SADAIC, en Lavalle 1555, agarré la guitarrita y canté un vals que él hacía, aquel que dice: «... ya en el rancho no nacen las flores, ni se ven las guitarras colgadas...» y allí se convenció y me dijo: «Vos viniste cantor desde el vientre de tu madre».

«Yo tuve la suerte de conocer al cantor Domingo Conte, fue quien me dio una tarjeta para presentarme ante Zulema Ibarra, una cantante del Colón y ella fue quien me dijo: «Usted puede llegar a cantar muy bien, joven, pero le falta el conocimiento para colocar bien la voz». Comencé a estudiar con ella, me tuvo cuatro meses haciendo boca chiusa o sea boca cerrada, haciendo sonido a boca cerrada y ya estaba cansado, pero cuando me puse a vocalizar noté un cambio, una mejor dicción, así aprendí la técnica, por eso aún sigo cantando.

«En Radio del Pueblo, cuyo dueño era un señor Bernotti y el segundo en jerarquía el payador Antonio Caggiano, éste me bautizó Juan Pueblo. Más tarde adopté el apellido de mi abuela francesa, Valentino. Siempre por 1937 recuerdo haber actuado en Centenera y Tabaré, en la fonda de Pacelli, iba todas las noches con mis guitarristas, por lo general los hermanos Legarreta y Di Nápoli, aunque también Pascual Avena, Toto, Demasi, César Bo. El asunto que el dueño nos ponía una escalera para subir al palco y luego la sacaba, cuando le parecía que ya habíamos cumplido volvía a ponerla para bajar. Por entonces cantaba cosas de payadores, también un vals, “A mi bandera”, de Generoso Damato, cosas que no se conocían: «...celeste y blanca son las cintas con que adornan / los troveros sus guitarras adoradas / como blancas son las canas de mi madre...».

«Después de Zulema Ibarra entré a curiosear a lo del profesor Bonessi, quien enseñaba una forma muy distinta de vocalizar a la que yo conocía. También fui a la academia de los hermanos Rubistein. Cuando llego me lo veo a Fidel Pintos solo al piano: «¿Qué te pasa pibe?», me preguntó. «¿Me gustaría saber cómo es esto?» Entonces me habló de la inscripción, del precio... «¿Vos cantás?» «¿Me gustaría aprender?» «¿Qué cantás?», estaba de moda una canción “Enamorado de ti”, «¿A ver, cantá un cachito?» y le canté. «Che, tenés linda vocecita, ¿Podés vocalizar?».

«Canté en muchas ciudades del interior, en los peringundines de la costanera sur y en La Querencia donde llegaban todos los turistas. Allí estaban Oscar Alonso, Hugo Del Carril, Buono-Striano... yo cantaba con el conjunto de Pedro Matasa, vestido de gaucho, con la pinta de italianito que siempre tuve, y estaba Teófilo Ibañez, cantábamos a dúo. Siempre un repertorio distinto, de payadores, canciones de ellos como “Mi poncho tucumano”: «En el vagar errabundo / con que mi vida desgrano / tengo un poncho tucumano / como no hay dos en el mundo...». La gente aplaudía a rabiar. También este otro: «Madre, vengo perseguido / me he juído del regimiento /hijo en este aposento hay un hueco como un nido... / tu abuelo estuvo escondido / hasta que Rosas cayó / cuando el mozo se ocultó / afuera se oyó un tropel /y como en la casa de él un sargento penetró»... Duraba como una hora la milonga esta y la gente te ovacionaba.

«Era otro tiempo. También canté en Las Matinés de Juan Manuel. Más adelante en La Enramada, una cosa de multitudes, con folklore y tango. Actuaba Domingo Federico, con Vidal y Larroca. Un día se me acerca Federico: «Valentino, usted sabe que en mi orquesta sería un éxito». Al tiempo me incorporó junto a Mario Bustos, después tuvo la buena idea de poner un tercer cantor, Hugo Rocca, era mucho el trabajo. Dos años en el Tango Bar entre otros lugares, luego seguí como solista.

«En el Teatro Apolo iban a estrenar una obra de Arsenio Mármol y buscaban un cantor. Probaron a muchos como Roberto Quiroga, Alfredo Arrocha y una larga cola. Cuando me tocó canté acompañado por la guitarra del negro Maciel. Mientras cantaba veía a Tito Lusiardo hablando con uno y con otro finalmente me eligieron. Estaban la esposa de Tito, Delia Codebó, José Tinelli con su orquesta, Leonor Rinaldi, el debut de Perla Santalla. Un éxito duradero y recordado.

«Ya por los '50 llegan las grabaciones para el sello TK, las auctuaciones de Radio Belgrano para jabón Federal, la orquesta de Alfredo Attadía como acompañante, sin pertenecer al conjunto.

«Cada tanto, muy poco, regreso a mi pueblo y a mi infancia y a unas palabras de mi viejo que nunca he olvidado: «Figlio, el talento superior e la morale e de valientes, no te olvides». Yo no sabía, lo aprendí más grande en Buenos Aires. Era un italiano bueno, el viejo trabajó toda su vida. Cuando se moría le oí decir: «¡Cuánto trabajé figlio!»... y aquella frase: «Ser valiente es tener dignidad y honor».