Por
Néstor Pinsón

Manoblanca - “Manoblanca” y “El romántico fulero”

uando el tango se aleja de los arrabales para mostrarse en el centro de la ciudad, comienza un íntimo coqueteo con el teatro. Las obras dramáticas estaban reservadas a muy contadas salas y mucho más aún las demostraciones líricas.

El pueblo requería un tono fácil y sensiblero y los vehículos fueron el sainete y la primitiva comedia musical, que constituían el denominado «género chico». Por un precio módico algunas compañías solían dar hasta tres obritas diarias. Pero muy pocas son las que trascendieron y permanecieron largo tiempo en cartelera, la mayoría no alcanzaban el mes. Había que abastecer a un público ávido de entretenimiento.

Sus argumentos eran en tono de comedia humorística y romántica, a veces con un toquecito de drama y fundamentalmente música y, dentro de ésta, el tango.

Los teatros más destacados tenían sus orquestas estables con sus correspondientes directores, compositores y autores, que no daban abasto con su trabajo. El mismo comprendía no solamente la creación de sencillas historias sino también las letras para los nuevos tangos, muchas veces en colaboración con los propios músicos de aquellas formaciones.

Fue el caso del autor Carlos Schaefer Gallo y el pianista Antonio De Bassi. La coincidencia se produjo en la revista musical Copamos la banca del mencionado Schaefer Gallo y la colaboración en el guión de Antonio Botta. El estreno fue el 8 de noviembre de 1924 en el desaparecido Teatro Ideal de la calle Paraná 426. La obra estaba compuesta de varios cuadros y uno de ellos se titulaba Los románticos fuleros dentro del cual había un tango con el mismo nombre pero en singular:

I
Manyeme que'l bacán no la embroca,
parleme que'l botón no la juna
y en la noche que pinta la luna
la punga de un beso le tiró en la boca.
Aquí estoy en la calle desierta
como un gil pa’ mirar su hermosura
campaneando que me abra la puerta
pa' darle a escondidas un beso de amor.

II
Se lo juro que no hablo al cohete
y que le pongo pa'usté cacho e cielo
un cotorro que ni Marcelo
lo tiene puesto con más firulete.
Si usté quiere la pianto ahora
si usté lo quiere digamelo,
será mi piba mi nena la aurora,
en esta sombra que'n el alma cayó.

I bis
Le pondré garçonnière a la gurda
y tendrá vuaturé limusine,
y la noche que nos cache curda
veremos al chorro Tom Mix en el cine.
Berretín que me das esperanza
metejón que proteje la noche,
piantaremos en auto o en coche
como unos punguistas que fanan amor.


Debemos destacar en esta letra un interesante manejo del lunfardo que se anticipa a letras posteriores que con un lenguaje mucho más duro, fueron para mi gusto, exageradamente alabadas por los especialistas.

En este tango se hacen referencias muy interesantes a personajes de la época. Nombra a Marcelo que era nada más ni nada menos que Marcelo Torcuato de Alvear, presidente de la República Argentina y hombre de fortuna, elegante y aristocrático. También resalta al cowboy Tom Mix, famoso por sus películas cinematográficas. Su contenido relata esencialmente el intento de «birlarse» a la mujer ofreciéndole las mejores promesas. Esto sumado a una melodía atractiva, pegadiza y con cierto aura melancólico, hicieron de este tango un éxito inmediato. Francisco Canaro lo registró en forma instrumental en 1924 y de nuevo en 1926 con la voz de Azucena Maizani que cantó la letra íntegra. Luego de esta espectacular presentación la pieza cayó en el olvido.



Pero esto no iba a quedarse así, su compositor Antonio De Bassi casi veinte años después, vaya uno a saber porque motivo, toma la acertada decisión de proponerle a Homero Manzi que haga una nueva letra a su melodía. En 1941 nace “Manoblanca” que si bien no tiene un gran número de versiones, se ha convertido en un verdadero clásico.

Escucharlo puede tersarnos la piel, porque Manzi también colocó pinceladas de la realidad de aquellos años —una generación había transcurrido— pero suma además, sus condiciones de poeta romántico ubicando al personaje en calles y circunstancias afines a nosotros. Nos cuenta la historia de «un laburante» que se hace un tiempo para visitar a la mujer que ama. Es un sencillo derroche de pulcritud, nostalgia y amor.

Manzi ubica al protagonista viviendo en el barrio del Once y no exalta la figura del carrerito, sino el orgullo de su vehículo de trabajo, el carro de carga, la chata de color llamativo, las iniciales, seguramente enmarcadas en un filete y la reluciente estrella de bronce adherida a la suela de cuero. En la tercera estrofa lo confirma cuando dice: «el orgullo de ser bien querido».

Manoblanca
Dónde vas carrerito del este
castigando tu yunta de ruanos,
y mostrando en la chata celeste
las dos iniciales pintadas a mano.

Reluciendo la estrella de bronce
claveteada en la suela de cuero,
dónde vas carrerito del Once,
cruzando ligero las calles del Sur.

¡Porteñito!... ¡Manoblanca!...
¡Vamos, fuerza, que viene barranca!
¡Manoblanca!... ¡Porteñito!...
¡Fuerza, vamos, que falta un poquito!

¡Bueno! ¡bueno!... ¡Ya salimos!...
Ahora sigan parejo otra vez,
que esta noche me esperan sus ojos
en la Avenida Centenera y Tabaré.

Dónde vas carrerito porteño
con tu chata flamante y coqueta,
con los ojos cerrados de sueño
y un gajo de ruda detrás de la oreja.

El orgullo de ser bien querido
se adivina en tu estrella de bronce,
carrerito del barrio del Once
que vuelves trotando para el corralón.

¡Bueno! ¡bueno!... ¡Ya salimos!...
Ahora sigan parejo otra vez
mientras sueño en los ojos aquellos
de la Avenida Centenera y Tabaré.


Luego describe al hombre con «la hoja de ruda detrás de la oreja» que según la costumbre daba suerte, la que posiblemente necesitara, para luego de cumplir su tarea, encontrarse «con los ojos de ella» en la esquina de Centenera y Tabaré.

En su posterior tango “Sur” no nos revela el nombre verdadero del personaje pero nos da muy buenas pistas para descubrirlo. Efectivamente, el nombra «la esquina del herrero, barro y pampa» que alude a recuerdos de su infancia, precisamente a la herrería de Antonio Salustiano Musladino ubicada en la calle Centenera, entre Cóndor y Tabaré. Su hijo Oscar, gran amigo del poeta, es el carrerito motivo de su homenaje en “Manoblanca”.

Dos palabras sobre las calles Centenera y Tabaré. La primera arteria recuerda a don Martín Barco de Centenera, sacerdote y político nacido en España en 1544. Participó en la segunda fundación de la ciudad de Buenos Aires que realizara Juan de Garay en junio de 1580. De regreso a España en 1602, vivió un tiempo en Lisboa y allí escribió su poema: Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimientos de los reynos del Perú, Tucumán y estado del Brasil. Fue el primero en emplear el nombre de Argentina para designar nuestro actual territorio. La calle Tabaré, antes de 1919 se llamaba Oeste, alude al título de un poema épico-lírico del poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, publicado en Montevideo en 1888. En él cuenta la historia de un indio, hijo del cacique charrúa Caracé y de una blanca española que era cautiva. Se considera entre los críticos que es el único poema en su tipo, que ha sido respetado y considerado a través del tiempo.

Versiones grabadas de “El romántico fulero”:
Orquesta Francisco Canaro, canta Azucena Maizani (1926)
Walter Yonsky, con las guitarras de Bartolome Palermo y Paco Peñalva (1998)

Versiones grabadas de “Manoblanca”:
Alberto Castillo, con su orquesta Dir: Emilio Balcarce (1943).
Orquesta Ángel D'agostino, cantan Ángel Vargas (1944)
Nelly Omar, con guitarras de José Canet.
Carlos Souza, con Orquesta Armando Lacava.
Alberto Castillo, con Orquesta Osvaldo Requena (1976).
Cuarteto Cedrón, instrumental (1978).
César Consi, con guitarras de Consi, Ferreira, Fontela y Palacios (1985).
Rubén Llaneza, con guitarras de Alberto Remersaro (1994).
Walter Yonsky, con las guitarras de Bartolome Palermo y Paco Peñalva (1998).
Ricardo Bonaventura, con guitarra de Jorge Nimo (1999).