Por
Néstor Pinsón

La Rubia Mireya

as heroínas están presentes en muchos títulos y letras de tangos. Algunas fueron personajes reales y otras producto de la imaginación que luego se convirtieron en mitos populares.

Con respecto al tango “Felicia”, la historia nos cuenta que su compositor Enrique Saborido, en una reunión casual con el autor teatral Carlos Mauricio Pacheco conoce a la señora de éste, doña Felicia Ilarregui. Vaya a saber por qué impulso, el compositor bautizó con el nombre de ella un nuevo tango que había compuesto.

En el caso del tango “Gricel”, José María Contursi nos cuenta el desarrollo de su relación amorosa con una mujer que conoció en la juventud y que, al reencontrarse bastante tiempo más tarde, se convertiría en su esposa.

El caso de “Malena” es mucho más complicado, pues si bien tiene algunos rasgos autobiográficos nadie sabe a ciencia cierta quién es la verdadera musa inspiradora.

Milonguita (Esthercita)”", seguramente un personaje ficticio creado por Samuel Linnig, inspiró el imaginario popular, hasta tal punto que se creyó conocer su nombre, María Esther Dalto.

Y así podemos continuar con una larga lista de heroínas ciertas y ficticias que pueblan el universo tanguero.

El caso de la Rubia Mireya es pura invención, inspiración romántica del poeta, aunque, como en otros casos se intentó darle un cuerpo, un nombre y una trayectoria de vida.

Los argentinos de la época, influenciados por la cultura europea y en especial la francesa, soñaban con las noches parisinas, con la posibilidad de frecuentarse con Mimí, Ninón, Manón, Griseta o Mireya.

Los orígenes del nombre podemos ubicarlo en la región de Provenza, en el sur de Francia. El poeta Frédéric Mistral (1830-1914) escribió en 1859 un largo poema en el que retrata la vida cotidiana en la región, y coloca de personaje principal a una mujer, cuyo nombre da título a la obra: Mirèio, en lengua provenzal. Este nombre traducido al francés se convierte en Mireille, que al arribar a nuestro puerto, los argentinos transforman en Mireya.

Lo curioso del asunto es que este poeta provenzal recibió el premio Nobel de literatura, en su tercera edición del año 1904, lo que le dio una difusión extraordinaria.

Poco tiempo más tarde, con música de Charles Gounod (1818-1893, compositor de la ópera Fausto) el poema se transformó en argumento de una ópera de corte humorísitico y costumbrista.

La ópera tuvo gran éxito en Francia y no tardó mucho tiempo en ser conocida en nuestro país, lo que seguramente provocó que se comenzara a utilizar en nuestras tierras el nombre Mireya como apelativo femenino.

La primera referencia concreta sobre su utilización la comprobamos en un sainete (breve obra teatral de argumento sencillo), El rey del cabaret, de Alberto Weisbach y Manuel Romero, este último autor de numerosas letras de tango, argumentista y director de cine.

La obra estrenada el 21 de abril de 1923, tenía como protagonista femenino a Mireya, muchacha que gustaba de las noches con champagne, bailando tangos y conquistando corazones, con un final feliz, donde la muchacha contrae matrimonio con un joven adinerado, de buena familia.

Dos años más tarde, el propio Manuel Romero escribe la letra del famoso tango de Francisco CanaroTiempos viejos”. En ella inmortaliza a la Rubia Mireya, que a diferencia del personaje del sainete, tuvo un destino trágico y desgraciado. Era tan linda de joven que «se formaba rueda para verla bailar» y que al correr de los años, se transforma en «una pobre mendiga harapienta».

Esta misma historia fue llevada al cine, también por Manuel Romero en su condición de director, donde la actriz Mecha Ortiz le dio su impronta definitiva.

Es muy probable que muchas frecuentadoras de las milongas de aquellos tiempos hayan usado el nombre como seudónimo. Lo cierto es que ninguna fue identificada como la auténtica Mireya inspiradora del tango.

Podemos completar esta crónica con una curiosidad. Un periodista intentó generar una polémica diciendo conocer a la «verdadera Mireya». Esta era uruguaya a la que llamaban La Oriental y cuyo verdadero nombre era Margarita Verdier, una bailarina muy admirada por sus habilidades en la danza. Esta historia nunca pudo establecer la relación entre el autor del tango y la bailarina uruguaya. La falta de asidero convirtió esta noticia en una mera anécdota.

Finalmente Héctor Benedetti nos dice en su libro Las mejores letras de tango (Editorial Seix-Barral): «La rubia Mireya motivó una abundante literatura, que no hubiera tenido de ser un personaje real. Se le crearon biografías y anécdotas dudosas; Julián Centeya la menciona en una milonga, quizás al solo efecto de la rima».