Por
Irene Amuchástegui

Arbelo, el preferido de los cantores de tango

na casa en Avellaneda, un comedor que funciona bajo el severo título de Academia de Interpretación. El maestro Héctor Arbelo tiene bien ganado el apodo de El León con el que alguna vez lo bautizó su amigo el legendario cantor Julio Sosa. Todavía frondosa melena blanca, nariz abatatada y un remedo de perezoso rugido en la risa ronca.

Sorprende que este hombre memorioso y verborrágico, que es cantor y sobre todo guitarrista, haya transitado en algún sentido calladamente más de seis décadas de profesión.

Cuenta que cuando tenía 13 años formó parte del coro que cantó “Silencio” al recibir Buenos Aires los restos de Carlos Gardel. Y precisa: «Entonces, yo estaba entre los mejores alumnos de la PAADI (Primera Academia Argentina de Interpretación), de Luis Rubistein. Tenía de compañeros a Aída Luz y a quien después se llamaría Héctor Mauré. ¿Y sabe quién era el portero de ese edificio?: ¡Fidel Pintos!»

Con el tiempo, concentrado en la guitarra, Arbelo acompañó, desde sus tiempos de músico estable de Radio El Pueblo en adelante, a una selección de tangueros cuya enumeración le cuesta completar, pero que repasó en una austera edición de sus memorias. Y cuyas viejas fotos personales componen un collage interminable que empieza en el pasillo y llega al límite del patio, cubriendo paredes y mesas. La lista y la galería son apabullantes. Son la mayoría.

«A Julio Sosa fui yo quien le propuso abrirse de la orquesta y hacerse solista. “Vos me querés mandar a trabajar al puerto”, me decía. Pero le formé un conjunto de guitarras y debutamos en el programa Yo te canto Buenos Aires. Cuando ya era famoso vino a actuar a beneficio de la sociedad de fomento Villa Angélica, que quería hacer una vereda nueva, solo porque el muchacho de acá del barrio que lo fue a buscar invocó mi nombre, aunque yo se lo había prohibido».

«¿Y Goyeneche? ¿Quiere que le diga una cosa?: Goyeneche se le escapaba a Troilo y se venía conmigo. Le explico. Yo siempre fui de Avellaneda, desde que nací no me moví de siete cuadras a la redonda, entonces vengo a ser querido acá. En una época tenía copada toda la zona: era el tiempo de las quermeses y todos los clubes me venían a buscar a mí. Me llamaban, yo a mi vez lo llamaba al Polaco y, como había buena plata, él hacía doblete, terminaba con Troilo y se venía para acá. Si habré tocado, acá con Roberto Goyeneche, y en Pompeya con Alberto Morán.

«Había que ver lo que era Morán en el Unidos de Pompeya. Ídolo. Las mujeres se volvían locas. ¡Qué estilo tenía!»

Ángel Vargas, Roberto Rufino, Tito Reyes, su favorito Floreal Ruiz desfilan por el recuerdo de Arbelo. De Rubén Juárez comenta: «Conmigo ganó los primeros 5 mangos en Venado Tuerto. Después hablé de él en Caño 14 y no me querían creer. Atilio Stampone, que era el dueño, me decía: “¿Cómo que canta y toca el bandoneón? Si canta no toca, y si toca no canta”. Siempre se acuerda Rubén de mí, lo ha dicho incluso en los almuerzos de Mirtha Legrand».

Afirma de Eladia Blázquez: «La acompañé de chiquita y ya se veía lo que iba a ser esa mujer: la orejera mayor de Buenos Aires». Y apunta como curiosidades: «Pocos lo saben, pero grabé con Jorge Porcel y con Marilina Ross».

¿Y ahora acompaña a cantores aficionados, sus propios alumnos? «Podría tener más alumnos, pero agarro a los que, aunque sean mayores, más o menos se defienden, se justifican».

Está celebrando 60 años con el tango. «Bueno, en realidad cumplí sesenta y cuatro. Pero festejé sesenta para redondear».

Publicado en Clarín, 21 de agosto de 1997.