Por
Pedro Colombo

Nocturno a mi barrio - “Pichuco”, un viaje mítico (Hacia la entraña del tango)

omo sucede en la literatura universal, el tema del “viaje” tiene en la poética del tango, un lugar y un sentido preponderante. Desde el iniciático viaje de la percanta, que se pianta del bulín y multiplica en discos el delicado canto del amor desdichado (“Mi noche triste”, de Pascual Contursi), hasta el del hombre que procura superar la pérdida amorosa, eje del tango-canción y vuelve a París, atraído por el querendón invite de “La morocha” o por el llamado paternal y consolador –mítico además- de Carlos Gardel.

En sí mismo, el tango es un viaje entretejido por el deseo homérico de “Volver” y la esperanza de Penélope para que lo haga. Hombre (hijo) perdido casi, en la fatiga de luchar “por las calles de la vida”. Mujer (madre-esposa) perseverante en la espera, suponiendo una mítica “Casita de mis viejos”, amorosamente abierta a la recepción. Hay viajes que se quedan a medio camino, como las “Golondrinas”. Otros, que tienen por destino la muerte, sea con la resignación de “Adiós muchachos” o con el descreimiento del que se entrega “Como abrazao a un rencor”.

La “mismidad” de Pichuco
Nos “detendremos” hoy, paradójicamente, en el “viaje interior”. Dentro del mismo, una notable obra se muestra como una isla apartada, remarcable como feliz eventualidad. Sin embargo, su construcción, con reminiscencias del itálico “notturno” evocador de la noche, y ya como género romántico, con característica de “melodía cantábile” y acompañamiento arpegiado, (ideal para el piano, pero además para otros instrumentos, como en este caso el bandoneón y la guitarra), nos traslada a las mismas entrañas del tango. Tratase del conmovedor “Nocturno a mi barrio”, poema escrito, compuesto y recitado por Aníbal Troilo, con acompañamiento musical.

Es de suponer que la estética musical de Pichuco ensombrece cualquier otro aspecto de su arte, comparable al de Gardel en lo que a la canción se refiera; asociado al de Homero Manzi y Cátulo Castillo, respecto de la conjunción músico-poética perfecta. Es de suponer que su personalidad, conductora y orientadora de jóvenes talentos, su bohemia, el matiz compositor de eximias obras como “Sur”, “Barrio de tango”, “Che bandoneón”, “A Homero”, “La última curda”, “Una canción”, “Desencuentro”, “Milonguero triste” y “Responso”, apague con sus brillos lo demás.

Empero, en un artista magistral como Troilo, no es dable suponer, sino revalorarlo todo, pues en él todo es Tango. Así lo afirma Edmundo Eichelbaum, en la portada de una excelente biografía: «Aníbal Troilo nació tango. Y creció barrio en el Abasto de vivencias, colores, olores, gentes». Y agrega que «si a la hora de tocar estaba solo con su alma y su fueye, a la hora de sufrir estaba solo con su cuerpo y sus dolencias...» Para redondear, que en esos dos tiempos emparentados, vibraba «el serio gozo de cantar con un instrumento, lo que siente el pueblo». (VVAA, La Historia del Tango, Aníbal Troilo. Editorial Corregidor, Buenos Aires: 1999)

Precisamente, en 1956, y después de reponerse del desgaste con que lo iba lacerando la vida, en la clínica del doctor Carlos Márquez, el querido Gordo reconstruyó lo que denominamos “un viaje mítico a las entrañas del Tango”. El “Nocturno...” exteriorizó su viaje interior, a las profundidades agobiadas del propio ser, presintiendo lo agónico. Poema autobiográfico esencial, donde Pichuco sintetiza la coherencia de su estilo de vida y su tango; nada más ni nada menos que su “mismidad”.

Nocturno a mi barrio
Pichuco recuerda: «Siempre me gustó escribir. Este “Nocturno a mi barrio” lo hice cuando estaba internado en la clínica del doctor Carlos Márquez, haciendo una cura de sueño. Hace tiempo. Estuve allí un mes. Al par de semanas, cuando me hacían dormir tanto, me aburría de dormir y me levantaba y escribía. Escribía muchas cosas. El tema “Caliente”, por ejemplo, es de entonces. Se lo dediqué al doctor Márquez. Bueno, “Nocturno a mi barrio” lo hice allí.» (Revista La Maga. Edición Especial de colección. Homenaje a Troilo. Buenos Aires, 1995)

Nocturno a mi barrio
Mi barrio era así, así... así...
Es decir, ¡qué se yo si era así!
Pero yo me lo acuerdo así,
con Giacumín, el carbuña de la esquina,
que tenía las hornallas llenas de hollín,
y que jugó siempre de "jas" izquierdo al lado mío,
siempre... siempre...
¡tal vez pa’estar más cerca de mi corazón!
Alguien dijo una vez
que yo me fui de mi barrio...
¿Cuando?, pero... ¿cuándo?
¡Si siempre estoy llegando!
Y si una vez me olvidé,
las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja
titilando como si fueran manos amigas,
me dijeron: Gordo... gordo, quedate aquí,
quedate aquí.

Después de una primera parte lenta, acompañada nota por nota; de apurar con animación rítmica la segunda; en el recitado, Troilo comienza por transportarnos a su barrio, recordando que «era así, así... así... » (Nosotros nos ubicamos en él, porque lo asociamos con el nuestro). Inesperadamente, como si tuviera dudas, en el segundo verso nos aclara: «Es decir, ¡qué se yo si era así!» (y nos abre interrogantes que nos remiten a sensaciones, sabores, bellezas, personajes y amigos).

Vuelve a martillar en “así”, logrando con la rima, facilitar la retención de la letra del poema. Mas, ¿cómo recuerda al barrio? Así: «con Giacumín, el carbuña (el carbonero) de la esquina /que tenía las hornallas (fosas nasales) llenas de hollín» (el hombre admirado que lo protegía y lo quería). El amigo que «jugó siempre de “jas” izquierdo al lado mío /Siempre... siempre... /Tal vez pa’estar más cerca de mi corazón». Poéticamente, “Pichuco” une el juego (fútbol), con el jugador (jás izquierdo), siempre ayudando a esa zurda (su corazón), que se regalaba y se castigaba por igual.

Aclara luego, a quien le reprocha por un supuesto abandono del barrio: («Alguien dijo alguna vez / que yo me fui de mi barrio»). Con sabiduría de noches saboreadas, olfateadas y masticadas, interpretando en tono justo al muchacho que no comprende esa superficial acusación, con una antítesis digna de los notables poetas, Troilo responde: «¿Cuándo?, pero... ¿cuándo?... / ¡Si siempre estoy llegando!».

En los versos finales, como disculpándose, a la manera de los hombres cabales y conscientes de algún descuido, de cierta culpa, para quién así lo suponga afirma: «Y si una vez me olvide /las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja /titilando como si fueran manos amigas /me dijeron Gordo... gordo, quedate aquí / quedate aquí».

La relación metafórica entre estrellas-esquina-vieja y la comparación entre titilar-manos amigas, enjoyan esta obra. Poema con léxico simple y profundo, bien literario. Con aliteraciones que enfatizan su recitado y le facilitan enriquecerlo mediante delicada gestualidad. Que se permite un “pa’estar” y algún término lunfardo, por natural exactitud. Música de herencia clásica y clima porteño. Inigualable interpretación, con arrastre de alcohol y de “erres”, genética de un lejano viaje inmigrante. Para completar, la madre. Arriba, en el titilar que busca atenuar tanta tristeza. Abajo, en el patio de su casa.

Cierta vez, contestó Pichuco a un periodista: «Le voy a hablar muy largamente de mi madre. Ponga así... Le voy a hablar muy largamente de mi madre... Mi madre es todo». (Revista La Maga, ibídem)

Pienso que si notables poetas del tango, parafraseando a Enrique Discépolo, coincidieran en que «una canción popular debe ser siempre el problema de uno, padecido por muchos» (Sergio Pujol. Discépolo. Editorial Emecé, Buenos Aires: 1995.), podríamos afirmar que, para Troilo, una canción popular debió haber sido siempre el problema de muchos, padecido por él. Así se regaló Pichuco al tango. Así viajó enteramente en y con él. Hasta corroerse la carne y el alma, posicionándose en el parnaso mayor de la mitología porteña.

Permítasenos, de yapa y pa’estar más cerca del corazón de Pichuco, viajar en altura, hacia la metafísica del buceador del Buenos Aires adánico, Leopoldo Marechal. Consultemos a los hombres sabios, desde las estrellas nocturnas, si Aníbal Troilo no es ese ángel perdido, que camina eternamente por las calles de todos los barrios y pregunta: «¿cómo salir de la noche doliente?». Para recibir la inefable respuesta: «En su noche toda mañana estriba: de todo laberinto se sale por arriba». (Leopoldo Marechal. Laberinto de amor. En Poesía 1924-1950. Ediciones del 80, Buenos Aires: 1984)

Grabaciones:
Cuarteto Aníbal Troilo, Buenos Aires 30/05/1968, RCA-Victor AVL-3871, 8166.

Nota especial: La grabación más emotiva es la que forma parte de un capítulo de la telenovela “Rolando Rivas, taxista”, de Alberto Migré. La escena muestra al conjunto de actores y actrices, con primeros planos de Claudio García Satur, Beba Bidart y Leonor Benedetto, siguiendo con atención el chamuyo de Troilo —en fueye y voz—, acompañado por Anibal Arias. También están Guillermo Rico, Nora Cárpena, Pablo Codevila y Luis Politi, que festejan al final al genial artista, con alborozo.