Por
Oscar Zucchi

Biafore - Entrevista a Roque Biafore «Roquito»

ue, Roque Biafore, uno de los representantes de la generación de 1910, pero por su sensibilidad, temperamento y estilo interpretativo, se transformó en un arquetípico exponente de los años 20 y 30. Con una modalidad emparentada con la que instituyó Pedro Maffia, tanto en la forma de ejecutar como en la actitud física en la posesión del instrumento, apoyado siempre sobre ambas piernas y juntos los pies sobre el habitual banquito, la cabeza erguida. Su sonido era suave, con inclinación a la ejecución ligada, delicado, respetando siempre la melodía.

Su carácter conservador hizo que los excelentes conjuntos que dirigió se mantuvieran confinados a los palcos de los cafés, sin llegar a los estudios de grabación. Es que la buena paga en esos lugares hizo olvidar a muchos músicos que son los discos y las composiciones, dos de los factores fundamentales para que el nombre de un artista perdure y trascienda.

La entrevista fue realizada el 14 de mayo de 1974, en su casa de la calle Emilio Solá, en Wilde. Estaba quebrantado física y anímicamente, desprotegido, con magros recursos para subsistir, atenuando su frío cubierto con diarios viejos. Con esfuerzo respondió a mis preguntas, pero con gusto también.

«Los Biafore fuimos una familia de músicos de origen italiano, mis padres estaban afincados en el barrio de Parque de los Patricios, seis hermanos nos dedicamos a la música, ahora sólo quedo yo y Antonio que vive conmigo, él fue baterista, contrabajista y cantor. Siempre fui de salud frágil y los muchachos me echaban bromas, porque no faltaba quien llevara la noticia que yo estaba mal, lo hicieron tantas veces que ya no faltó quien respondiera siempre: «¡No, si Roquito no se muere nunca!».

«Mi vocación por la música debe haber nacido de escuchar a mi hermano mayor, Ángel, que comenzó a enseñarme y lo hizo por cifras —por el número que tiene cada tecla–, cuando viajaba me mandaba las cifras por correo. Él era de 1892. Más tarde mi amigo Alcides Palavecino —buen violinista— me dio lecciones sobre teoría y solfeo y después recibí nociones de armonía y perfeccioné mi técnica con el instrumento con Cipriano Nava, de ahí en más evolucioné como autodidacta.

«Mi debut profesional debe haber sido por 1917 en el Café 43, de avenida Caseros y Matheu, en un trío junto a José Tarantino —padre del pianista Osvaldo Tarantino— y el famoso entonces, Negro Eduardo, en realidad Floriano Benavento, que tocaba una guitarra con nueve cuerdas. Luego pasamos al Café de Don Francisco, de Rincón y Garay. Por entonces integré el conjunto del pianista José Martínez en el Café Parisina de la calle 25 de Mayo. Estaban Antonio Buglione, Graciano de Leone, Pacífico Lambertucci en batería. Yo le enseñé a tocar el bandoneón al Negro Eduardo, cuando se fue lo reemplazó Marino García, el autor de “Mis harapos”.

«Finalmente llegué al centro, al famoso Bar Iglesias de la calle Corrientes 1425. En el 18 integré la orquesta de Carlos Vicente Geroni Flores, allí tenía de compañeros a Agesilao Ferrazzano, Bernardo Germino, Ricardo Luis Brignolo. En otro bar famoso el Domínguez, de Corrientes 1537 actué para Graciano de Leone y después tuve el orgullo de tocar junto a Vicente Greco en Lo de Laura, la renombrada «casa». El Café Nacional de Corrientes 974, presentaba únicamente orquestas de señoritas, y yo al frente de mi cuarteto rompimos la costumbre, primer conjunto masculino en ese local. Tenía a José Tarantino y Ernesto Pierri en violines, Fidel del Negro en piano y yo. Esto era para la sección de la tarde, por la noche me presentaba con otros muchachos, Emilio Bianchi a mi lado, José De Grandis en violín, el de “Amurado” y un hermano de Pierri en piano.

«Cinco años en el Nacional. En 1919 formé parte de la orquesta de Samuel Castriota en el Pabellón de las Rosas. En 1921 integré una numerosa formación dirigida por Francisco Canaro, para los carnavales en el Teatro Ópera. Al año siguiente me presenté unos meses en la provincia de Tucumán, era buena la paga.

«Una satisfacción fue cuando Enrique Delfino, que dirigía el llamado Cuarteto de Maestros, me citó para actuar en lugar de Fresedo que se había retirado. En 1922 fui músico de Juan Canaro en el Armenonville. En diciembre de 1922 debuté con mi orquesta en el bar y Cervecería El Manzanares, de la Avenida Caseros, todos los días a partir de la 20 horas. Hice mucha radio, la primera fue Radio Cultura. Era un ir y venir, de pronto tenía mi orquesta y según las circunstancias me alistaba como músico en otra, en 1925 estuve con Francisco Lomuto. Hice Radio Prieto, Splendid, cuando se llamaba Grand Splendid. Trabajé para Alpidio Fernández, para Roberto Zerrillo, en 1932, y formé nuevamente la Típica Biafore.

«Mis últimas actuaciones en público fueron entre 1938 y 1941 con una orquesta dirigida por mi hermano Pascual, radios Porteña, Mitre y Belgrano. También en las famosas Matinés de Juan Manuel. En 1942, estiré un poco más la actuación. Lopecito -aquel hombre de radio, autor de poemas, de obritas teatrales y tantas cosas más- presentó en el Teatro Apolo la obra La cabalgata del tango, de Villoldo a Gardel, en un cuadro aparezco representando a Eduardo Arolas, Juan Santa Cruz en el piano hacía de Castriota y el Tano Vicente Pecci y el guitarrista Emilio Fernández se representaban a sí mismos. Ese fue el cierre de carrera.»

Biafore como compositor ha tenido una obra importante en número y en calidad, que formó parte de los repertorios de los más calificados intérpretes de la época, pero al no ser reeditados por los músicos del cuarenta cayeron en el olvido:

“Amurado me dejaste” (letra de Juan Durante) y “Cabecita plateada” (letra de Julián de Charras), grabados por Roberto Firpo e Ignacio Corsini; “Carocito”, Firpo (1922); “Declaración”, Firpo y Fresedo (1926); “Una apuesta” (con José Tarantino), Firpo (1924); “Un recuerdo” (En homenaje al café El Nacional), Firpo (1918); “Triste pasado” (vals), Roberto Firpo e Ignacio Corsini (1927); “Cambió tu suerte” (letra de Manuel Meaños), Lomuto con Príncipe Azul (1930); “Te armarás” (letra de Antonio Polito), rebautizado más tarde como “La galleta” (letra de Claudio Arena), Juan Maglio (1923); “Misterioso”, Francisco Canaro (1927); “Secante”, Francisco Lomuto con Charlo (1929). “Ilusión” (vals con letra de José de Grandis), Lomuto (1929). “Moza linda” (ranchera, con su hermano Pascual y letra de Alfredo Bigeschi), Pedro Maffia con Rafael Cisca (1931).“”

Extractado del libro El tango, el bandoneón y sus intérpretes. Tomo 2.