Por
Felipe Van Cauwelaert

Los apodos en el Tango

uchos estamos familiarizados con los apodos de los creadores del tango, pero no siempre conocemos su verdadera causa. Es por eso que me propuse investigar algunos apelativos, no sólo de los artistas más populares, sino también de aquellos que hoy son casi desconocidos y por su curiosidad valen la pena ser comentados. Si bien circulan muchas leyendas o historias inventadas sobre los mismos, los que aquí presentamos tienen la virtud de ser contados por boca de ellos mismos o de sus amigos o parientes, motivo por el cual entendemos que revisten mayor veracidad.

Prudencio Aragón: El Yoni
Pianista de la Guardia Vieja y autor de “El Talar”, uno de los tangos más antiguos. Su apodo proviene de la vieja costumbre de bautizar a las personas de acuerdo a su procedencia o con algún rasgo que los asociara a algún pueblo o etnia en particular. El cabello colorado de Prudencio se lo asociaba con los rasgos anglosajones, por eso El Yoni, por Johnny en inglés.

Francisco Canaro: Pirincho y El Kaiser
De su libro Memorias: «En el momento de dar a luz, a mi madre la atendía una partera de nombre Sara, quien al verme nacer exclamó: «¡Parece un Pirincho!», que es un pájaro con copete. Y... parece que nací con los pelos parados. Antes que el nombre ya me llamaban así». En el diccionario Sopena aparece: «Pirincho; nombre dado en el Río de la Plata a una especie de urraca gris con alas negruzcas».

Sus hermanos y sus músicos comenzaron a llamarlo El Kaiser, por su carácter enérigco y su actitud de líder. Recordaban al Rey Guillermo I, Emperador de Alemania de 1871 a 1888, cuyo gobierno fue duro e inflexible, inspirado en la política de su canciller Bismarck.

Gabriel Clausi: Chula
Es un caso parecido al de Canaro. Cuando nació, su padre exclamó que parecía un chula. Clausi tardó años en saber el origen de su apodo, hasta descubrir que en el Brasil se le llamaba así a un pequeño mono que habita en el campo. Coincidentemente, sus padres vivieron allí un tiempo, justamente donde Clausi comprobó que habitaban esos monos de destacada cabellera, como la que él trajo al nacer.

Juan D'Arienzo: Grillito y El Rey del Compás
En sus comienzos fue violinista, y si hay algo en que todo el mundo estaba de acuerdo era en considerarlo más que mediocre con ese instrumento. A tal punto que alguien decidió llamarlo Grillito, porque los sonidos que conseguía arrancar a las cuerdas se asemejaban a los ruidos que produce este insecto. Con el tiempo este quedó en el olvido y fue reemplazado por El Rey de Compás, referido al ritmo picante que caracterizó a su orquesta.

Carlos Di Sarli: El Tuerto
Nada agraciado resultó el apodo que le colgaron. La historia se remonta a cuando tenía sólo 13 años de edad y transcurre en la armería de su padre en Bahía Blanca. Uno de los empleados tuvo la desgracia de que se le escapara un tiro mientras manipulaba un arma, hiriendo al pequeño Carlos. El empleado se llamaba Roberto Bognoni, un hombre muy querido por la familia, que en su desesperación abandonó su trabajo y la ciudad. El pibito fue intervenido quirúrgicamente, se le colocó una placa de platino y le recomendaron usar lentes oscuros, que serían luego un elemento característico de su imagen.

Ricardo Brignolo: La Nena
Bandoneonista y autor de “Chiqué”. Cuando era un pibe, de no más de 7 u 8 años, le sacaron una foto en un carnaval, junto a dos de sus amiguitos. En ese momento estaba disfrazado de gauchito y, como se usaba en viejas épocas con los hijos varones, su corte de pelo exhibía un flequillo y una melena a la altura de las orejas. Años más tarde, un amigo al ver la fotografía exclamó: «¡Parece una nena!». Y así le quedó. Otros han dicho que por su cutis barbilampiño, pero no es así, el apodo le viene de su infancia.

Vicente Gorrese: Kalisay
Pianista y compositor, debutó frente al público en una quermese organizada por los fabricantes del aperitivo Kalisay. Desde entonces le quedó el sobrenombre. Hubo quienes sugirieron que tal apodo era un sinónimo de cabezón, ya que la figura que aparecía en las publicidades de la bebida, eran las de un hombre mayor de cabeza grande.

Vicente Greco: Garrote
Sus hermanos Domingo, Ángel y Elena, también eran músicos. En cambio, su hermano Fernando era carnicero y tenía un gran físico. Si bien su carácter era apacible, cuando algún descortés lo sacaba de las casillas no pedía permiso para propinarle algunos puñetazos. Eran de tal dureza que en el barrio comenzaron a llamarlo Garrote. A Vicente rápidamente lo conocieron en su ambiente como «el hermano de Garrote», para finalmente suprimir la palabra hermano y dejar solamente Garrote. Otra versión sostiene que Garrote viene de un grueso bastón que portaba Vicente para darse dique.

Juan Bautista Guido: El Lecherito
Nacido en el barrio de Parque Patricios su apodo no esconde una historia muy interesante. Oscar Zucchi comenta: «Su padre era un tozudo calabrés, tenía un despacho de venta de leche y su hijo se encargaba del reparto, de ahí el apodo. De hecho duró poco en esa labor porque no traía un peso a la casa, sólo aliviaba un poco el trabajo paterno. Pronto fue aprendiz de carpintero.»

Juan Maglio: Pacho
«Siendo niño, mi padre, que era italiano, por mis diabluras me llamaba loco, cuya traducción venía de su dialecto. En realidad él me decía «pazzo» y mis compañeros de juegos no podían pronunciar correctamente esa palabra y les salía «pacho». Se fue divulgando el sobrenombre y así me continuaron llamando, incluso el apodo superó al apellido». Fue tan popular el conjunto de Maglio que Francisco Pracánico relató un hecho que le sucedió en sus comienzos artísticos. Debía actuar con uno de sus primeros conjuntos y el dueño del lugar donde se iba a presentar mandó a confeccionar unos carteles que anunciaban: «La orquesta típica de PAnCHO», con ene minúscula, para que a primera vista se confundiera con Pacho, con el propósito de atraer más público.

Nicolás Primiani: Pindeca
Bandeoneonista que en la década del veinte integró la orquesta estable del teatro Nacional, junto a Ángel D'Agostino, Juan D'Arienzo, Alfredo Mazzeo y José Arturo Severino. Según los relatos de los músicos que lo conocieron, Primiani solía hacerse el gracioso intercalando en sus charlas palabras en «cocoliche». Así fue que varias veces cuando veía pasar a una jóven mujer que llamara su atención, exclamaba:
«¡Qué linda pindeca!», en lugar de pendeja. Así le quedó el mote. Vale recordar que se le decía «cocoliche» a la forma de hablar castellano de los inmigrantes italianos y que quedara reflejado en numerosos sainetes.

Francisco Bautista Rímoli: Dante A. Linyera
Si bien se trata de un nombre artístico y no de un apodo, lo agregamos por lo interesante de su origen. Mucha gente al nombrarlo, especialmente locutores de radio, suprimen la letra A., como de un segundo nombre que no interesa. Esto no debiera ser así, ya que esa letra tiene total importancia. Su propósito fue que el seudónimo sonara cacofónicamente a Dante Alighieri, autor de la Divina Comedia.

José Arturo Severino: La Vieja
Este bandoneonista de la generación de Arolas, nació alrededor de 1892, en Parque Patricios. Según Héctor Polito, cuando Severino era muchachito, iba con amigos a tomar la merienda con medialunas y se guardaba algunas para llevarle a su madre, a «la vieja». Según nos cuenta Clausi, que lo conoció personalmente: «De muy joven ya vivía sólo y cuando por la calle lo veían, invariablemente decía que iba a casa de la vieja».

Otra versión, y para Clausi la más probable, es que andaba en amores con una mujer mucho mayor que él. En una ocasión, estando con ella, apareció el marido y él salió corriendo prácticamente desnudo por el fondo de la casa. Tuvo que saltar un alambrado de púas y con una de las puntas se lastimó un testículo. Enterados los muchachos del barrio, comenzaron a llamarlo La Vieja, en conmemoración de tal episodio.

Aníbal Troilo: Pichuco
En un reportaje que le hiciera Julián Centeya, declara lo siguiente: «Mi apodo es anterior al nombre. Marcos había sido el primer hijo y el segundo varón que llegara estaba decidido que debía llamarse como mi padre, Aníbal. Pero muchísimo antes fui Pichuco, porque papá tenía un gran amigo al que llamaban de ese modo y hubo como una promesa ... y así me contaron que cuando me tomó en brazos por primera vez yo lloraba y él dijo: bueno Pichuco... bueno.»

Los pibes
Osvaldo Fresedo: El pibe de la Paternal
Pedro Maffia: El pibe de Flores
Carlos Marcucci: El pibe de Wilde



La Paternal y Flores son dos barrios de la ciudad de Buenos Aires y Wilde, una localidad al sur de Avellaneda, en la provincia de Buenos Aires. Fue la manera de distinguirlos por su lugar residencia. Todos comenzaron a destacarse de «pantalones cortos», de ahí pibes. Los tres tuvieron sus seguidores que así los llamaban al comparar las virtudes de uno y otro.