Por
Néstor Pinsón

Clausi - Una charla con El Chula

ací el 30 de agosto de 1911, fuimos doce hermanos y varios dedicados a la música. Mi primer maestro fue mi hermano mayor Pascual, que tocaba de oído, también aprendí de los hermanos Pepino y Toyo Marmong, que hoy figuran apenas en alguna historia del tango.

Me habían prestado un bandoneón, allá por 1922, y tocando en un almacén de la esquina de Deán Funes e Independencia, un día se armo una trifulca y me lo robaron.

Trabajé un tiempo de carnicero, todavía se me notan los tajos que me di por impericia. Mi hermano al ver que no tenía instrumento me aconsejo que estudiara con el maestro Criscuolo, que tocaba flauta y violín, pero mi vieja se dio cuenta de que no me gustaba. Nosotros vivíamos inmersos en una pobreza franciscana. Todavía no sé cómo pudo, pero un día ella me dio 160 pesos para comprarme un bandoneón. Fui con mi hermano a Casa Núñez, era un fueye negro y liso. Con los años Pascual se quedó sin trabajo y se lo regalé, yo me compré uno nacarado. Me las rebuscaba con las partituras comprándolas a menor precio en la editorial Ortelli hermanos.

Mis primeros pesos los gané formando parte de un quinteto en el año 1924. Lo dirigía el pianista Andrés Dáquila, quien fuera maestro de Piazzolla. Anduve por lugares hoy «prehistóricos», como el Café Benigno de la calle Rioja, en La Fratinola de la calle Patricios y tuve de compañeros a importantes músicos de la época: Arturo Severino (La Vieja), Luis Adesso (Pucherito), Bernardo Germino, Arturo Abrucesse, Juan Carlos Ghio, entre otros.

También formé parte de la orquesta Milano-Ropi, uno flautista y el otro violinista. En el piano estaba Gaetano Grossi, quien por recomendación de Ortelli se convirtió en mi maestro, quería superarme. Y si bien, al principio, me dijo que sólo tocaba piano y violoncello, le respondí que mi deseo era aprender música, sacar algunos clásicos, “Il trovatore” por ejemplo, de la que conservo aún la partitura con las correcciones del maestro Grossi.

El bandoneonista José Antonio Scarpino, vecino del barrio, me pasó el dato de que Francisco Pracánico me andaba buscando para trabajar en su orquesta para una temporada en el teatro Astral. Fue en 1926, en ella estaban sus hermanos Domingo y Alejandro, dos buenos bandoneonistas, también integraban la orquesta, Miguel Caló, Domingo Precona y el cantor Carlos Dante. Intervine en casi todas las grabaciones de Pracánico.

Me acuerdo que en una oportunidad el guitarrista Juan Caldarella, compositor junto a los hermanos Scarpino del famoso tango “Canaro en París”, me contó que esa melodía provenía de una vieja mazurca italiana, que trajeron los Scarpino. La famosa variación es del propio Caldarella, quien además me contó que se inspiró una noche tocando un peine forrado con celofán en el patio de un boliche.

Una tarde varios muchachos tocábamos en la vereda de un bar en el barrio Caferatta y me di cuenta que alguien miraba a través de las celosías de una ventana. Al otro día el tipo se aparece en mi casa, resultando ser un excelente guitarrista, tío de Carlos Vicente Geroni Flores (El Negro). Éste le había encargado al tío que le consiguiera un bandoneonista para actuar con su orquesta en el cine San Martín del barrio de Flores. Fui a su casa y allí me encontré con Antonio Rodio y Arturo Bernstein quienes me tomaron la prueba. Entonces supe que iba en reemplazo de Roberto Dolard, un bandoneonista que no conformaba a Geroni. Esas cosas no me gustaban, agarré el fuelle y me fui. Al final me convencieron a quedarme y cuando se enteró Dolard, se echó a reír por la firmeza de mis principios. Nos hicimos muy amigos y fuimos compañeros en varias orquestas.

Con el tiempo me mudé al barrio de Flores y en una peluquería del barrio donde se reunían varios músicos, vi por primera vez a Juan Maglio (Pacho), quien ya conocía a mi hermano Pascual, pues le había grabado el tango “El pueblo te reclama”, dedicado a Hipólito Yrigoyen. A los dos días yo ya estaba grabando con su orquesta, era a mediados de 1928.

Pacho venía a mi casa todas las tardes, y los domingos se aparecía con su Studebaker para ir al hipódromo. Grabó varios temas míos: “En un rincón del café”, con letra de Francisco Laino, el estribillo lo cantó Carlos Viván y años más tarde “Mi linda chirusa”. Con el Trío Pacho: “Lluvia de penas” y “En capilla”. Por entonces el Trío Pacho lo componíamos Ernesto Di Cicco, Federico Scorticati y yo, y Maglio nos dirigía. El maestro se había dado cuenta que había sido superado por los más jóvenes.

Por Ernesto Di Cicco conocí a su hermano Minotto Di Cicco con quien empecé a grabar y me pagaba 600 pesos por mes por actuar en el Armenonville. Un día se apareció Roberto Firpo y me ofreció 19 pesos por día para tocar con él en el Palace. Cuando Minotto se enteró que yo había aceptado, me dijo que lo continuara haciendo y que, cuando terminara la actuación con Firpo, me tomara un auto para poder tocar también con él.

Con Firpo tuve mucho éxito por mis variaciones y tenía hinchada propia. Tenía mucho trabajo, grababa al mismo tiempo con Minotto, Maglio, Bonavena, Donato y Geroni Flores.

En septiembre de 1929 ingresé en la orquesta de Pedro Maffia, hasta 1934. Grabé con él en Columbia y en Brunswick, donde estuve en todas las grabaciones, salvo en la primera en la que está Alfredo De Franco.

Después de Maffia, llegó Julio De Caro, con quien estuve hasta 1940. Lo primero que hice fue actuar en radio Splendid, en una formación integrada por: Francisco De Caro (piano), Carlos Marcucci y Rolando Marcucci, Félix Lipesker y Gabriel Clausi (bandoneones), Luis Gutiérrez del Barrio y Mauricio Saiovich (violines), Francisco De Lorenzo (contrabajo) y Juan Carlos Otero (cantor).

De su orquesta no me fui del todo bien, aunque después tuvimos cierta amistad, hasta su muerte. De Caro era un tipo muy difícil, una vez se molestó porque otros directores me ofrecían más del doble de lo que yo ganaba con él. El verdadero motor de la orquesta era su hermano Francisco. Julio no tenía gran capacidad para escribir música, él era un empresario, un hombre de negocios. Sus tangos “Viña del Mar”, “1937”, “Ja, ja, ja” y otros que son suyos, no tienen el vuelo que los que firmó con Francisco o con Laurenz y que, en realidad, son de ellos. Con los años Laurenz me dijo: «Mirá esos tangos que regalé. ¡Qué bien me vendrían ahora!» Ya estaba jubilado y necesitaba unos pesos más. El comentario se refería a “Tierra querida”, “El arranque” y “Boedo”.

Por 1940 las cosas comenzaron a cambiar, se acentuó el egoísmo entre los músicos. Lo que tocaba uno no quería hacerlo otro. Yo que estaba acostumbrado a señores como Maglio, Firpo y Canaro, no concebía esas actitudes.

Yo tuve una gran oportunidad que desaproveché, cuando un señor de apellido Barros, encargado de ubicar orquestas para Radio El Mundo, me ofreció incorporarme a la emisora. En ese mismo momento me llega un telegrama de Juan D'Arienzo, ofreciéndome ingresar en su orquesta por una muy buena suma de dinero. Por tal motivo no concreté lo de Barros y me presenté al estudio donde estaba ensayando D'Arienzo. Me quedé esperando que me llamaran para tocar, pero esa orden no llegó nunca. Le pregunté a Héctor Varela, quien era el administrador de la orquesta y me dio cualquier excusa. Finalmente me quedé sin nada.

Luego de este episodio me fui con Juan Canaro a una gira por Centro América. Con el tiempo Juan regresó a Buenos Aires y yo me hice cargo de la orquesta, terminé en Chile actuando con gran éxito.

Al regresar, en 1942, ingresé en la orquesta de Arturo De Bassi que actuaba en radio Splendid. Al mismo tiempo, reorganicé mi orquesta ante un ofrecimiento del director de Radio El Mundo, Pablo Osvaldo Valle, quien me invitó a firmar un contrato. Pero al poco tiempo renunció, sin que pudiera concretarse mi incorporación. Estaba dicho que esa radio no era para mí.

Fue entonces que me llega un telegrama de los hermanos José y Alberto De Caro para irme nuevamente a Chile y me fui. Pensaba que iba a irme por un año y me quedé diez. Desde 1944 hasta marzo de 1953 mi carrera se desarrolla allí, con mucho trabajo y mucho éxito. Conmigo viajaron el violinista Antonio Rodio —quien se quedó a vivir en Chile—, y los cantores Ricardo Ruiz y Héctor Insúa.

En Chile grabé alrededor de 150 registros y tuve como vocalistas los más importantes cantores chilenos: Pepe Aguirre y Chito Faró. Otros cantantes chilenos fueron: Carmen Carol, Víctor Acosta, Arturo Roa, Carlos Morán y las hermanas Sonia y Miriam, hijas de la entonces famosa compositora Cora Santa Cruz, entre otros. También grabaron conmigo: Carmen Idal, Roberto Rufino, Andrés Falgás, Ricardo Ruiz, Raúl Garcés y Armando Arolas, un muchacho mendocino, casi aficionado.

Cuando volví de Chile integré la orquesta que habían formado Pedro Maffia y el cantor Alberto Gómez. Después me di el gusto de grabar por mi cuenta, en un sello mío: Chopin, donde entre otros grabó Jorge Falcón, con su nombre verdadero Luis Iglesias.

¿Por qué todos me llaman Chula? Es porque cuando nací mi viejo exclamó: «¡Parece un chula!». Había nacido con el pelo muy largo y con flequillo en la frente, lo que recordó a mi padre —que había vivido en Brasil y conocía bien el campo—, a un tipo de monos denominados Chula.