Se va muy lenta la tarde, mientras puntea la noche y el viento como reproche lo castiga al pastizal. Pero cruzando los campos se ve un paisano llegando y en su mochila llevando la guitarra nacional.
Lleva un poncho por bandera, un pingo que es un primor, una mirada sincera y una promesa de amor. Es la gran nobleza gaucha que no precisa control, camina sobre la escarcha, como va de frente al sol.
Al llegar junto a mi rancho, gritando con alegría, apareció, Virgen mía, el alma del payador. Lo reciben dos ojazos dando más brillo a la noche y un beso cerrando el broche dándole paso al amor. |