A veces se me hace que nació conmigo y durmió en mi cuna pegao a mis pies. Que fue mi juguete y mi perro de pibe y toda la infancia la corrí con él. Que anduvimos juntos, atorro y milonga, desde mi bohemia, cigarro y café. Y a veces rodamos maneaos por el suelo y nos levantamos con la misma fe.
Mi bandoneón y yo crecimos juntos, emparentaos, tal vez, por la pobreza... Muchas veces reímos de alegría y otras veces, lloramos de tristeza. Yo le hablo de hombre a fueye, mano a mano. Lo mismo que si hablara con la vieja. Y cuando él me responde, se me antoja que Buenos Aires mismo me contesta.
Sí, hermano, como siempre con vos hasta que muera...
Si yo a mi bandoneón lo llevo puesto como un cacho de tango entre las venas. Y está de Dios que al dar mi último aliento, moriremos a un tiempo... mi bandoneón y yo. |