Yendo por el Riachuelo, donde la noche corre feliz, triste y sin consuelo arrepentida de su desliz llora muy afligida una muchacha que es un primor y al preguntarle qué le pasaba entre sollozos así me habló.
Yo busqué mi mal tras esa farsa que tan cruel me castigó y el arrabal dejé una noche yo confiada en la pasión que el me juró con mil promesas de un amor que no cumplió y yo le entregué toda mi vida de fiel mujer...
Sola dejé a mi madre ¡la pobrecita cuánto sufrió! Dicen hoy las comadres que en su agonía me perdonó. ¡Nena! —dijo la pobre— me voy pa’ siempre no te veré. Y de sus labios muy despacito como en un rezo se oyó decir:
Ven, dame un adiós que te perdono lo que por ti yo sufrí. Ya que moriré y mi consuelo en tenerte junto a mí. Fue mi signo cruel que se muriera sin poder decirle adiós y es por eso que va en este llanto mi gran dolor... |