Por
Néstor Pinsón

s posible que Maruja Pacheco Huergo haya sido reticente a las notas periodísticas o a exponerse a reportajes, pero lo cierto es que sobre ella se ha escrito poco, breve y reiterativo. Todos han enfatizado sus cualidades multifacéticas, a saber: pianista, compositora, letrista, cancionista, autora de libretos radiales y televisivos, profesora de música y canto, poetisa, actriz y recitadora. En fin, no caben dudas que sabía ganarse la vida trabajando en lo que le gustaba.

Por todo esto resultó muy difícil determinar en qué sección de Todo Tango había que incluirla. Finalmente nos decidió su condición de músico, por la trascendencia de su gran composición: “El adiós”.

No fue una compositora intuitiva, estudió en el conservatorio Williams de donde egresó con su título de pianista. Registró más de 600 títulos de canciones de diversos ritmos, entre ellos algunos tangos. Pero de toda su obra, el tango “El adiós” fue el que le dio renombre, la presencia de esta creación opacó al resto.

Entre sus otras composiciones mencionaremos las que fueron llevadas al disco. “Don Naides”, con letra de Venancio Clauso, registrada por Florindo Sassone con la voz de Rodolfo Galé. Con música y letra propias: “Sinfonía de arrabal”, que grabaron en trío Lita Morales, Horacio Lagos y Romeo Gavioli con la orquesta de Edgardo Donato y “Cuando silba el viento”, una habanera que grabó Mercedes Simone. Con letra de su marido, Manuel Ferradás Campos, compuso “Gardenias”, que en 1968 grabó Juan D'Arienzo con la voz de Osvaldo Ramos. También musicalizó una letra de Homero Manzi, “Canto de ausencia”.

Con música de Edgardo Donato hizo la letra de “Alas rotas”, “Para qué [b]”, “Lágrimas [b]”, llevadas al disco con la voz de Horacio Lagos y “Triqui tra”, grabada por Lita Morales.

Como cancionista fue una figura muy popular en la radio, a tal punto que, en 1938, en una encuesta destinada a elegir a Miss Radio obtuvo más de treinta mil adhesiones.

Comenzó en Radio Prieto interviniendo en unas comedias musicales creadas y dirigidas por Roberto Gil, aquel conductor que inventó la frase «Calle Corrientes, la calle que nunca duerme». También se presentó en Radio Fénix, Municipal y, durante 18 años, en Radio Belgrano.

Al medio radial llegó através de una amiga suya, una soprano llamada Nelly Quel, cancionista de algunas comedias teatrales y protagonista de un desafortunado debut en el cine.

Cuenta Enrique Cadícamo que le habían pedido el guión para un film que él mismo dirigiría, pero esta última labor recayó finalmente en el periodista y lunfardista Carlos de la Púa (El Malevo Muñoz). El título fue Galeria de esperanzas, año 1934, los protagonistas fueron el cantor Luis Díaz —de baja estatura— y Nelly Quel, que le llevaba una cabeza. Terminada la filmación el director se dio cuenta que en una escena en la que aparecían juntos, la diferencia de estatura era notoria. Entonces decidió hacer un contraplano donde aparecen dos guitarristas, agregando en la banda sonora la siguiente frase que uno le dice al otro: «¡Mirá la jirafa y su cría!» De semejante sutileza los actores se enteraron el día del estreno, y aún continuaban las carcajadas cuando la actriz, desencajada, huía de su palco. Pese a esto reincidió en el cine al año siguiente con el film Virgencita de Pompeya.

Fue breve la incursión de Maruja por el tango, lo abandonó muy pronto. En alguna oportunidad manifestó que le resultaba difícil, que no se sentía cómoda en el género. Por esa razón eligió un repertorio internacional y fue muy elogiada por su público.

Llegó al disco en varias oportunidades como solista y tuvo éxito con otra faceta suya, la música infantil. A comienzos de la década del cincuenta salieron a la venta dos álbumes con el título Juguetes musicales, cada uno con tres discos de 78 rpm, con canciones para niños compuestas e interpretadas por ella misma.



También compuso doce canciones basadas en el Antiguo Testamento, que reunió bajo el título de Pequeña Biblia Musical, que dudo, hayan sido editadas.

Realizó la música incidental y aparece en pequeños papeles en, al menos, dos películas: Ronda de estrellas, dirigida por Jack Davison, con guión de Enrique Delfino y Héctor Bates, estrenada el 3 de agosto de 1938 y El gran camarada, estrenada el 11 de enero de 1939, dirigida por Yago Blas, donde es acompañada por el joven Juan José Piñeyro, quien en los años cincuenta se convertiría en un popular locutor de la televisión.

Fueron varios los libros publicados con poemas suyos, recordamos tres de ellos: Tarde de lluvia, El silencio y La cuna iluminada.

El marido de Maruja fue Manuel Ferradás Campos, formoseño nacido el 8 de agosto de 1913. Fue periodista teatral y deportivo. Incursionó en la radio y, con el tiempo, fue director de varias publicaciones, entre ellas Antena y Radiofilm. Fue autor de radioteatros y letrista de tango. Era miembro de la comisión directiva de la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentinas, cuando en 1958 se crea el premio a los mejores programas de radio y televisión. Fue el que propuso que se lo llamara Martín Fierro, desde entonces, el premio más importante de esos medios.

El adiós” fue estrenado por Ignacio Corsini, quien lo registró el 15 de marzo de 1938, pocos días más tarde lo hizo Edgardo Donato con la voz de Horacio Lagos, después se sucedieron numerosas versiones de famosos intérpretes: Francisco Canaro con la voz de Roberto Maida, Roberto Quiroga con Alberto Di Maggio, Hugo Del Carril con Tito Ribero, Ángel Vargas con Armando Lacava, Osvaldo Pugliese con Jorge Maciel y la de Rubén Juárez con Armando Pontier.

En una entrevista que José Barcia tuvo con Maruja, ella cuenta cómo nació esa memorable melodía: «Ocurrió una madrugada de primavera, a eso de las dos de la mañana, yo estaba en la sala de mi casa junto con mi mamá que tejía. Improvisaba sobre el teclado del piano y, de pronto, ella me dijo: «Me gusta, terminá esa idea». Y la terminé. Mamá me dice, entonces: «Es muy sentida, que bien si Corsini pudiera escucharla». Y a los pocos días, cuando Corsini la escuchó, por tercera vez consecutiva, comenzó a entonarla con precisión. Propuso presentarme a un poeta amigo suyo para que escribiera la letra. Así regresó con Virgilio San Clemente, quien al oír los primeros compases ya le surgió la inspiración y, sobre la misma partitura escribió: «En la tarde que en sombras se moría, buenamente nos dimos el adiós...»