Por
Néstor Pinsón

n los primeros años de la década del 50, en todos los cines de la Capital y del Gran Buenos Aires, antes de la proyección de la película, había un número vivo. Era una actuación obligatoria que se había establecido para dar trabajo a los artistas. La misma era muy mal recibida por el público que casi siempre les faltaba el respeto. Recuerdo a Fiorentino en el cine Edison, del barrio de Liniers y en otra ocasión a Héctor Palacios en el General Belgrano de Ramos Mejía, humillados por la gente y seguir cantando hasta el final.

Habrá sido en el verano del año 1957, o 1958, no recuerdo bien. Había ido al cine Metro, a la primer función de la tarde y en el momento del número vivo, apareció un señor alto, con el saco arrugado, que antes de hacer su ingreso al centro del escenario, había dejado un portafolio en un costado. Era el cantor Ricardo Ruiz. El hombre había hecho un alto en su trabajo cotidiano para ganarse unos pesitos. No recuerdo que cantó ni quien lo acompañaba, pero esta imagen me quedó fijada para siempre.

En algún lado leí que su padres se llamaban Ricardo Ruiz García y Bernarda Pizarro. Que pasó su niñez en el barrio de Palermo Viejo y que murió en Belgrano.

Como muchos otros, comienza su carrera profesional en la radio, en el famoso programa Chispazos de Tradición donde actuaba y cantaba. Después con la compañía de Arsenio Mármol, en el programa Estampas porteñas.

En el año 1935, es contratado por Francisco Canaro para cantar en su obra musical Rascacielos.

Su registro de tenor, su afinación y su delicado decir fueron virtudes que apreció el maestro Osvaldo Fresedo para convocarlo, aunque fuese solamente para un reemplazo de su cantor Roberto Ray, en ese mismo año. También hizo su primera grabación: “Canto Siboney”.

Recién en 1939 se incorpora definitivamente a la orquesta, constituyéndose junto a Ray, en los dos cantores más representativos de Fresedo. Ningún otro pudo desplazarlos.

Estuvo casi tres años y grabó 28 temas más, entre los cuales sobresalieron el bellísimo tango “Vida querida”, de Lalo Scalise y letra de Juan Carlos Thorry, y “Rosarina linda”, de Osvaldo y Emilio Fresedo, que luego repetiría especialmente invitado por el maestro, en 1961. Fue su etapa de esplendor y de fama que no se volvería a repetir en el futuro.

En 1942, se desvincula de la orquesta junto a la mayor parte de los músicos y participa en la formación de la Orquesta Típica Argentina que se había armado para actuar en la película La cabalgata del tango, escrita y dirigida por Juan Francisco López, Lopecito.

Promediando la decada del 40 se incorpora a la orquesta de Gabriel Clausi que lo llevó a Santiago de Chile, viajando también el cantor Héctor Insúa. Allí permanece un tiempo actuando y vuelve al disco registrando un tema: “Música en tu corazón”. La relación con el director no terminó del todo bien y tuvo que volverse.

De regreso en Buenos Aires ingresa a la primer orquesta de José Basso, recientemente formada en el año 1947. Grandes músicos fueron sus compañeros, tales los casos de Julio Ahumada, Eduardo Rovira, Mauricio Misé, Rafael del Bagno, entre otros. La otra voz era Ortega del Cerro, que luego fue sucedido por Francisco Fiorentino.

Vuelve a Chile en el verano del 48 para hacer la temporada en el Casino de Viña del Mar con la orquesta de Clausi. Viaja junto al violinista Antonio Rodio. En esa ocasión graba seis temas: “Despacio buey”, “Ay Aurora”, “Como tú”, “Y la perdí”, “Barrio reo” y “Castillo azul”.

Cuando se reincorpora a la orquesta de José Basso hace dos grabaciones para el sello Victor que nunca fueron editadas comercialmente: “Sentimiento gaucho” y “Dos que se aman”, esta última a dúo con Fiorentino. Unos meses después Basso ingresa al sello Odeón y Ruiz hace dos discos en cuyos acoples canta a dúo con su compañero de orquesta, corría el año 1949.

Tuvo un paso rápido por la orquesta de Ángel D'Agostino en 1953 y graba el tango “Cascabelito”.

Los tiempos felices del tango estaban llegando a su fin. Cada vez resultaba más difícil para los artistas llegar al disco. La música ciudadana esta siendo desplazada por otros ritmos foráneos y nuestro cantor como muchos otros, iban perdiendo el mercado discográfico y del espectáculo en general.

No obstante, ya con alguna declinación en su voz, ingresa en la primer orquesta de Atilio Stampone, con la que vuelve a grabar entre 1959 y 1962. Y al año siguiente vuelve con Clausi y hace tres temas para el sello Chopin, propiedad del bandoneonista. Luego seguirían una serie de grabaciones con diferentes formaciones: Oscar de la Fuente, Jorge Dragone, Roberto Prando, Roberto Pansera. También hizo un tema con la orquesta del maestro Argentino Galván, su antiguo éxito “Vida querida”. Ya no actuaba pero como los viejos futbolistas que no se resignan al retiro, siguió con esta serie de grabaciones que no tuvieron mayor trascendencia, para seguir sintiendo el gustito al vestuario.

A mi me gusta recordarlo en su momento de gloria junto a Osvaldo Fresedo, cuyo ciclo hubiera bastado para tenerlo en la consideración y el reconocimiento de los que amamos el mejor tango.