Matías Mauricio

Nombre real: Mauricio, Matías Emiliano
Poeta y letrista
(7 julio 1978 - )
Lugar de nacimiento:
Lanús (Buenos Aires) Argentina
Por
Roberto Selles

amentablemente, en los días que corren, sólo se canta un apretado manojo de tangos —siempre los mismos-. Nadie -o muy pocos, que es como decir nadie- se preocupa por difundir las nuevas muestras del género, dentro de una trama larga y deliberadamente planeada para borrarnos las raíces.

No obstante, se ha dado, en las últimas décadas, una casi oculta pero cierta pléyade de letristas del tango -la mayoría de ellos con inspiración completamente renovadora-, entre los que se cuenta Matías Mauricio, aunque lo único cierto es que los poetas son atemporales.

Aunque estupendo letrista, es también un excepcional poeta de avanzada, que ha dado hasta ahora, un solo poemario: Bandoneón blindado (2010) y Julián Centeya, biografía y poesía inédita (2014) en coautoría con el autor de estas líneas. Al margen de lo cual ha recibido premios como el que le entregó el Círculo Poético de Madrid en 2009, por su poema “Taller clandestino”.

Como letrista, ha sido galardonado asimismo con un primer premio por su vals “Capullo de miel”, musicalizado por Javier Arias, en la categoría Canción del Certamen «Hugo Del Carril» 2012, en el que también recibió una primera mención por “Hoy por ejemplo”, en la categoría Letra de Tango Inédita; en el mismo año, entre otros premios.

Algunas de sus letras tangueras, plenas de asombrosas imágenes, versan: «¿Te acuerdas esa noche vestida de neblina?/ temblabas en mis brazos cuando te di de amar» (“Un cielo y un jazmín”, vals con Edgardo Acuña). «Ya sé que no vendrás pero te espero/ sentado en el umbral de la esperanza,/ las flores del geranio ya se han muerto/ mi casa sin tu voz ya no es mi casa» (“Ya sé que no vendrás”, con Saúl Cosentino); «Se me dio por acampar entre tus brazos/ y en un viejo hotel de paso/ nos echamos a volar» (“Historia de un adiós”, con Eduardo y Nicolás Guerschberg). «Homero, el de la luz en la palabra/ el de los pájaros en llamas/ tan profético y astral» (“Mimo”, con José Ogivieki), como se habrá visto, un refrescante toque surrealista. Pero no se trata de un surrealismo importado, el suyo es un surrealismo criollo -como dijo de su propia poesía Nicanor Parra- y al igual que le ocurrió a Francisco de Madariaga, el que le «permitió desarrollar elementos estrictamente americanos».

Pero su actividad es más amplia, ya que lo sabemos docente del Seminario para Formación de Letristas «Homero Expósito» de la Academia Nacional del Tango, Académico de número de la Academia Porteña del Lunfardo y director y editor de la colección Mandrágora Porteña, de la editorial Milena Caserola, y columnista de publicaciones como Tinta Roja, Punto Tango y Zona Sur Cultura.

Tenemos, pues, en Matías Mauricio a un poeta auténticamente enraizado en la tradición pero, a la vez, no menos auténticamente sumado a las filas de los evolucionistas.

Más allá de la cosa porteña, Matías no es ajeno a las manifestaciones poético-musicales del país todo. Ahí están como muestras “Triunfo de Santos Vega”, un triunfo con Andrés Pilar, o la zamba “Responso para un viejo hachero”, con el mismo compositor, o el chamamé “Canción para una niña guaraní”, con quien esto escribe.

Volviendo al tango, digamos que, pese a lo sostenido por ciertos desconocedores del tema («El tango es cosa de viejos» o «Todo ya ha sido escrito en el tango», solemos oír por allí), el tango de Matías Mauricio -como el de otros de sus colegas- no es ya el de la ciudad de los farolitos, los corralones, los almacenes con despacho de bebidas o los tranvías -a los que, por otra parte, también puede evocarse, ¿por qué no?-, sino la Buenos Aires que estamos viviendo todos los días. Citemos unos pocos y claros ejemplos al respecto: «de un cielo ya tapado por monstruos de hormigón» (“San Pugliese”, con melodía de Eduardo y Nicolás Guerschberg); «La cara de la muerte se oculta en los tejados,/ un ángel y un travesti se encuentran en un bar,/ al fondo de la calle dejaron olvidado/ al pibe que limpiaba tu vidrio con un pan» (“La otra Buenos Aires”, milonga con Pablo Nemirovsky); «Es cierto que el dólar sube/ pero el hambre sube más,/ Buenos Aires, a los gritos,/ pide pan y no le dan» (“Milonga que pega duro”, con Miguel Barci).

En definitiva, un autor no es más que su obra. Quede, pues, el lector a merced de los saludables escalofríos y calideces de la obra del poeta que he intentado presentar.