Adolfo Enrique Rodríguez

 

Falleció el 19 de febrero pasado el comisario (R) de la Policía Federal Argentina don Adolfo Enrique Rodríguez, académico emérito de nuestra institución. Había comenzado a formar parte de la Academia con el cargo de académico de número el 3 de septiembre de 1988. Fue elegido ese día para ocupar el sillón Enrique Muiño, vacante por el fallecimiento del maestro escultor don Francisco Reyes. Había nacido en 1914 de modo que llegaba a la Academia con un largo prestigio obtenido no sólo en el cumplimiento de sus jerarquías profesionales, sino también debido a sus muchas y valiosas publicaciones. Había alcanzado ya la máxima jerarquía policial y desde hacía unos años estaba acogido al retiro. La Policía Federal había estado presente en la fundación de la Academia por medio del comisario inspector e historiador de autoridad unánimemente reconocida don Francisco Romay.

Las preferencias intelectuales de Adolfo Rodríguez se habían orientado hacia la museología y hacia la historia. En uno y otro campo había logrado una admirable solvencia. Durante los últimos años de su vida amplió su campo de investigación intelectual llevándolo a la jurisdicción de la lexicografía. De ese modo, el autor de Vida y obra del coronel José María Calaza y de los tomos pendientes de la historia de la Policía Federal Argentina, que había dejado Romay, debieron convivir con un numeroso Lexicón que en 1991 superaba ya las 16.000 entradas, número éste que se verá acrecentado en la nueva edición (póstuma) que saldrá a la luz antes de que pase mucho tiempo.

La minuciosidad ejemplar del comisario Rodríguez, la tenacidad de su carácter, la amplitud de sus miras y la generosidad intelectual que fue una de sus virtudes más señalables encontraron muy propicia ocasión de manifestarse en la investigación lexicográfica que lo cuenta entre sus más confiables tributarios. El amor a las palabras, que sabía descubrir con feliz instinto, entre los pliegues tan apretados del habla, justificaba con creces su presencia en nuestra institución, de la que durante algún período ejerció con estupendo sentido de la responsabilidad el cargo de secretario.

Siempre recordaremos en esta casa al comisario Rodríguez como un serio intelectual y heredero en cierto sentido de Fray Mocho, prosista como éste, de rico vocabulario y de felices intuiciones literarias. Por lo demás, tratarlo era para nosotros un verdadero placer. Hombre afable y modesto, dotado de cierto sprit que no era ciertamente un gaje profesional, dispuesto a la sociabilidad desinteresada, nos dio una única pena, la de su pase a la categoría de académico emérito, no porque no mereciera ese título sino porque al optar por ella privaba a nuestras sesiones académicas de su presencia física. Esto ocurrió en 1998. Arguyó entonces dificultades visuales que le impedían un desplazamiento seguro -lo que era totalmente exacto- y el deseo de contribuir a la que llamaba la renovación periódica académica. Le dijimos que todos lamentábamos muchísimo su decisión, y no sólo porque nos privara de su agradable y querida presencia. Agregábamos por fin que los eméritos son tan académicos como todos los demás, sólo que están eximidos de asistir a las sesiones y como contrapartida renuncian a su derecho a voto.

Si es cierto que la presencia física en nuestra casa fue mermando hasta desaparecer del todo, nunca ha estado lejano de nosotros el querido amigo ni tampoco lo estará ahora cuando se suma a la admirable legión de los académicos fallecidos.