Linda, Marina y yo

 

Por Belgo

Hace ya diez años por lo menos, cuando inauguré en la Universidad del Tango la cátedra Introducción al tango, poco más tarde desaparecida, dije a los alumnos algunas palabras sobre un personaje desconocido de la canción popular de Buenos Aires, o en todo caso olvidado: Linda Thelma. Comenzó esta niña como actriz en la compañía de los Podestá y muy pronto se convirtió en cupletista. Favorecían el cambio la belleza de su voz y cierto encanto sexy, si se permite el anacronismo, porque esta palabra entonces no se usaba. Fue algo más que una cupletista de las tantas que pululaban en Buenos Aires; fue una cancionista criolla, de la estirpe itálica de Delia Rodríguez —por verdadero nombre Carmen Forastieri—, que tuvo el mérito o la intuición de arriesgarse a algunos de esos tangos de canfinfleros difundidos por Villoldo en el varieté. Su nombre era Ermelinda Spinelli; nombre de nacer y de morir porque el nombre de vivir fue Linda Thelma.

Quizá importe de ella saber que salió al escenario con vestimenta masculina antes de que lo hiciera Azucena Maizani. Lisa y llanamente aparecía vestida al modo de los canfinfleros y cantaba cosas como aquellas precontursianas con que inicié mi antología de letras. Casi podría decirse que fue la primera cancionista de tango. Con la inolvidable y adorable Rosita Quiroga discutí a veces —comprendo que este verbo es excesivo—, digamos discurrí a veces sobre aquellas cancionistas de las cuales sostenía yo que la primera era Azucena Maizani. Rosita reclamaba para sí misma esa primacía. Pero Rosita, como Linda Thelma, que alguna vez estuvo en la otra cara de sus discos, era una cancionista criolla a quien Gardel confundió en cierta ocasión con La Zorzalito. Cancionista de peña tradicionalista, abordó el tango contemporáneamente con Azucena, pero ésta se le anticipó a grabarlo. Entonces el tango andaba en boca de cupletistas, como La Tizoncito, que estrenó Carne de cabaret, o en las de actrices, como Manolita Poli, que estrenó Mi noche triste. Y de aquellas señoras sólo han sorteado el olvido Rosita y Azucena. Tan bien como ellas cantaban el tango por entonces Evita Franco y María Esther Podestá, pero pocos lo saben y menos lo recuerdan.

Puedo jactarme de haber rescatado a Linda Thelma de la desmemoria colectiva. Me acercó a su tragedia un bellísimo suelto periodístico en que la evocó el gran poeta —por supuesto, también olvidado— que fue González Carbalho. A mis alumnos de la Universidad del Tango les pedí que formaran sendos dossiers con todo lo que pudieran averiguar acerca de la Spinelli. Quien mayor caudal de información reunió fue Marisa Donadío y sus hallazgos se hallan resguardados en la biblioteca de la Academia Porteña del Lunfardo. Los alumnados se renuevan gracias a Dios y la renovación me trajo a la doctora Marina González a quien, naturalmente, le hable de la Spinelli y la insté a investigar su vida y su carrera. Marina lo hizo con entusiasmo y con solvencia. Dedicó horas interminables al repaso de los diarios de aquella época buscando entre la tipografía linotípica el resplandor de los ojos de Linda o la sombra irreal de sus pestañas, como habría escrito Alfredo Le Pera. Amor, paciencia, método, perseverancia, humildad intelectual… Con todos estos instrumentos, más la Biblioteca Nacional que para algo habría de servir alguna vez, Marina pudo componer no ya un identikit sino un retrato animado y fascinante de la bella cancionista, de sus amores, de sus melindres, de sus desplantes, de sus rivalidades con Gardel —con quien también las tuvo como es sabido Rosita—, de sus viajes, de sus desdichas. Porque a Linda, victoriosa en Buenos Aires, en París y en Madrid, alguna vez le empezó la decadencia, amuró sus alhajas, como Flor de Fango y alquiló un bulincito en una casa de pensión. Recaló enseguida en los teatros sicalípticos del bajo y terminó sus días y sus desdichas en la cama blanca y fría de un frío y blanco hospital, lo más vacarezzianamente posible.

Todo esto y mucho más cuenta —naturalmente con prosa mejor que la mía— la doctora Marina González, mi alumna y mi amiga, en la apasionante biografía que dedicó a Linda Thelma; biografía que es producto del amor, pero ¡guarda!, que también lo es del rigor con que investigó y de un sólido background cultural que le permitió sumergirse muy pancha en la Buenos Aires que cambiaba su peleche de gran aldea para ceñir la capa de emperatriz del mundo (bueno, bah, del cachito de mundo que inmigró en la Argentina).