Editorial - De significantes y significados

 

Por el Presidente, don José Gobello

La lengua se ha puesto de moda, no la del emblema de los Rolling Stone, sino la lengua castellana que desde hace 500 años se va desarrollando simultáneamente en España y en el resto del mundo hispánico. Al presidente de la Academia Argentina de Letras, nuestro amigo Pedro Luis Barcia, quien como buen lingüista ama a las palabras y no le tiene miedo a ninguna, se debe mucho de ese interés, cuyo fruto más reciente es el artículo titulado El piquete lingüístico que el filósofo Silvio Juan Maresca publicó en La Nación el 27 de febrero. Maresca se refiere a un tema inevitable: el de la jibarización del castellano en los medios de comunicación audiovisual y el de la deformación lamentable de lo poco que esa jibarización deja visible.

Hace tiempo que los mass media audiovisuales se la han tomado con el imperfecto del subjuntivo, al que olvidan y menosprecian sistemáticamente desde el locutor más guaso hasta el más refinado. Ahora se puede escuchar a gente culta que pasó por el ISER y por los filtros de las mismas empresas decir los actas y los áreas o cosas como también no vino, porque el adverbio tampoco parece habérseles traspapelado para siempre, como se les traspapeló el pronombre cuyo.

Cuando el filósofo Maresca dice que la solución de estos problemas está en la educación pública, no dice mal, pero le falta agregar que la educación no sólo se realiza en la escuela sino a través de los medios de información. Su mayor responsable no es el señor Filmus. Tan responsable como Filmus es Julio Bárbaro.

Sin embargo lo más grave no es quizá el empobrecimiento de la lengua ni la deformación de los vocablos sino la confiscación de la semántica. Una palabra es un compuesto de significante y significado. El señor Maresca se preocupa con toda razón de salvar la pulcritud y en todo caso el esplendor de los significantes pero de los significados, ni mus. Si se me permite un ejemplo burdo diría que está muy bien preocuparse en la escuela y en los media de que la palabra democracia se escriba con ce pero más importante —se me ocurre— es que dentro de la palabra democracia se ponga el verdadero concepto democracia; que no se confisque el significante para ponerlo al servicio de significados equívocos y a veces infames.