Recordando a Puccia

 

por el Académico Decano don Luis Alposta

Es en nombre de una estrecha amistad de veinticinco años y de la admiración que hoy quiero rendir mi homenaje a don Enrique Horacio Puccia.

Ni las circunstancias, ni la debida brevedad de mis palabras, me permiten caracterizar y poner de relieve todo lo que ha significado Puccia como historiador de la ciudad y como amigo. Con respecto a lo primero, puedo y debo afirmar, sin ignorar cuán meditadamente hay que pesar tales afirmaciones, que en su actividad literaria ha sido siempre un auténtico maestro. La expresión de "maestro", ya tan profesionalmente difundida, sólo recupera su verdadero significado, el cabal contenido de idealismo y de conducta que la hicieron respetable y respetada, de aplicarse a personalidades como la suya. Enseñaba por lo que hacía, por lo que decía y por lo que inspiraba.

Su obra no ha sido la de un arqueólogo ni la de un historiador engolado, sino la de un estudioso enamorado de su ciudad y de la lírica viva.

Puccia supo unir pasado y presente caminando cada uno de nuestros barrios, puntualizando nombres y fechas tras demoradas lecturas y buscando siempre la esencia de un momento con qué captar el espíritu de toda una época. Y hallamos esos eternos momentos escritos en páginas que siguen siendo de consulta, cada página un documento, líricos documentos llenos de apasionante interés para todos aquellos que buscan ahondar en el espíritu de Buenos Aires.

El método que utilizaba Puccia en sus estudios era de una fascinante sencillez. Conocía de antemano el terreno (no de oídas, sino por haberlo andado), examinando cada detalle con ojos de experto y sensibilidad de poeta. Por último, recurriendo a una auténtica documentación y a papeles diversos, sabía extraer de ellos detalles inéditos y nuevos ángulos para enfocar su óptica de historiador.

De esta manera, la Historia menor, cotidiana, doméstica -o como quiera mal llamársela- en él dejaba de ser indigesta disciplina de inventario para convertirse en el "camino diario" hacia el palpitante ayer histórico de un pueblo. La suya ha sido siempre la postura de un iniciado que supo arrancarle al tiempo profundos secretos. Fue un historiador nato que ha sabido reforzar su don de observación de las costumbres y tradiciones porteñas mediante el incesante estudio y la investigación seria.

De lo mucho y bueno que le debemos, acaso lo más importante sea que, junto a Ricardo M. Llanes y a Antonio J. Bucich, haya logrado hacer de la llamada "historia menuda" una importante herramienta sociológica.

Pero, aparte de sus méritos intelectuales, Enrique Horacio Puccia tenía otros títulos más íntimos a nuestra consideración y a nuestro cariño. Su sentido de la amistad, su trato amable y deleitoso, nos lo hacían particularmente dilecto. Su presencia era un regalo en cualquier parte y su encuentro casual deparaba siempre las más gratas sorpresas. Se le veía llegar con el rostro sonriente, y de inmediato nos atrapaba con su conversación, en la que se juntaban la anécdota sabrosa, la referencia erudita y la evocación admirable de personas y hechos.
Así lo recordamos.