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Por
Belgo
Allá
por los años 1937 o 1938, en uno de los
tantos yiros que debía hacer como chico
de los mandados del diario El Pueblo, me topé
con una librería de viejo que estaba situada
sobre la calle Leandro Alem, muy próxima
a Casa de Gobierno. Creo recordar que se llamaba
la Librería del Saber y algún registro
de su existencia debe quedar en el recuerdo o
en el archivo de los historiadores de la ciudad,
porque la ciudad tiene sus historiadores con título
oficial otorgado por la legislatura y conquistado
con trabajo, perseverancia, conocimiento y su
pizquita de lobby. En aquella librería
adquirí algunos libritos que todavía
conservo, por ejemplo la primera edición
de El gato escaldado, de quien sería luego
mi amigo y miembro de nuestra Academia Nicolás
Olivari, pero de quien entonces nada sabía;
un cuaderno cuidadamente impreso de Enrique González
Tuñón, titulado Apología
del hombre santo y dedicado a don Ricardo Güiraldes.
Y también La historia del tango firmada
por los que entonces creíamos que eran
hermanos Héctor Bates y José Luis
Bates. De Héctor Bates algo sabía
porque alguno de sus fabulosos reportajes radiofónicos
a los maestros del tango habría escuchado,
me imagino. Aquel librito de los Bates permaneció
en mi trashumante biblioteca, sometida a la fatiga
de tantísimas mudanzas; otros, en cambio
sucumbieron a los trajines. Con el tiempo ese
librito que adquirí al valor de un peso
-yo entonces ganaba 50 por mes, y una suma equivalente
producto de propinas bastantes generosas- caía
también a mis bolsillos. De todas maneras
un peso no era poca cosa; por un peso se podía
almorzar en un restaurante donde ahora han de
estar cobrando por lo menos quince. Creo haber
hecho un buen negocio: por aquel libro que compré
a un peso me ofrecen ahora quinientos.
Ninguno podría hoy comprar
por un peso el nuevo libro de Marcelo Héctor
Oliveri, El tango del tercer milenio y sin duda
no podrá comprarlo ya nunca porque este
volumen que acaba de aparecer está condenado
a convertirse en un clásico. Se parece
al de los Bates en la abundancia y la novedad
de la información que trae. Aquellas páginas
que no recogían sino las declaraciones
de los protago-nistas formuladas ante los micrófonos
sumadas unas sobre otras, nos permitieron reconstituir
el itinerario del tango desde el peringundín
al Colón, porque cuando los Bates escribieron
su libro ya había llegado al Colón
en las voces de Libertad Lamarque y Rosita Montemar;
desde la flauta juguetona que soplaban los tríos
trashumantes hasta los arrestos sinfonistas de
Francisco Canaro y Roberto Firpo. Nada de esa
trayectoria era ignorada; alguien sabía
algo de ello. Los Bates reunieron esos algos en
un relato vasto y colorido. Es posible que también
alguien sepa alguna de las cosas que recuerda
y rescata Oliveri en este nuevo libro. Oliveri
como los Bates reúne y coordina esos saberes
y nos permite apreciar como en un pantallazo veraz
y minucioso la situación actual del tango
y detectar entre tanta confusión, tanta
polémica, tanta tozudez el camino que el
tango recorrerá en las próximas
décadas, del mismo modo que el libro de
los Bates permitía adivinar o presentir
el camino que recorrería el tango de Pirincho
a Piazzolla.
Por esto digo que el libro de
Oliveri nace siendo ya un clásico. Nace
para la lectura ansiosa y fascinante y para la
consulta permanente. No nace para el olvido sino
para el anaquel acogedor de las bibliotecas.
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