Comentario de libro - "Historia con fantasmas"

 

por el Académico Emérito don Luis Ricardo Furlan

Escritora, periodista y académica (por mérito, doble), Cora Cané es dueña de esa prosa fluida y cristalina que identifica al verdadero creador. Dota, así y en este caso, a Historias con fantasmas de un clima atrayente y sostenido mediante el relato protagónico de una niña que, bajo sutiles efectos imaginativos, desdobla su personalidad, ingresada en el mundo conflictivo donde la realidad y la fantasía encarecen la imaginación adolescente.

La casa antigua, con sus macizas puertas, las habitaciones en penumbra, colmadas de afiebrados desvelos; el patio conglomerado de macetones y pájaros vecinales, es el caldo de cultivo para los fantasmas -diurnos y nocturnos-, es el lenguaje universal que los detecta: ruidos, murmullos, alientos, que juegan en complicidad con la reciente huéspeda, azorando sus ficciones. El hogar, entonces, es algo más que un laberinto construido entre paredes y escaleras; es la sensación del desamparo y la aventura y, ¿porqué no?, de la sofocación vital del encantamiento. El trazo firme y contundente de la escritura, la pulcra narrativa despojada no obstante de atildamiento o volatibilidad, según cuente, consigue y despierte el interés del leyente, primero, y, luego, concluida la lectura -tentada a hacerse "de un tirón"-, sucede el agradecimiento espontáneo por la frescura y la calidad de su desarrollo argumental, siempre orgánico y sensible. La experiencia infanto juvenil, de esa manera, viene a recrearse en un virtuoso ámbito doméstico reflejado en la anécdota frontal. Y es esa asociación franca la que, en nuestra opinión, subjetiviza la profunda relación entre la ternura y la nostalgia que constantemente atraviesa la obra.

Como supo advertir Ángel Mazzei en su momento, en esta "nouvelle", Cora instala al lector en el problema de las vivencias infantiles y, en lo admitido de poetas y sicólogos, devuelve al adulto el reino iniciático que ha sido, y seguirá haciéndolo, desvelo, análisis y cantera de la ciencia y las literaturas. La verosimilitud del relato surge de la capacidad de integrarse como constata María Granata, "entre esas dos realidades imposibilitadas de conjugarse: el asombro y los sucesos". Dice Cora en su texto que, al recorrer los cuartos desiertos, sintió que la encerraba una niebla espesa y que allí lloró su primera estocada de pavura: ¿es dable interpretar esta circunstancia, aparentemente trivial, como una magnífica y lacerante metáfora de la experiencia de la criatura humana?