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Por el
Académico de Número don Aníbal
O. Claisse
No era tanguero, aunque alguna vez se inclinó
sobre el misterio del tango, pero lamentablemente
no nos reveló sus intuiciones. No era poeta,
aunque quien podía escribir "en los
andenes de su claustro, donde arcos de ojiva dan
bocados al cielo y dejan ver el pozo en medio
del vergel místico que hay en el patio"
(O. C. VIII, 218), tenía sin duda alma
de poeta. No usaba lunfardismos, pero sin embargo
se calificó a sí mismo de "atorrante
intelectual" (O. C. II, 426).
Tampoco era porteño,
ni siquiera argentino, pero se proclamaba "cónsul
ideal de una idea Argentina" (O. C. VI, 241),
y amó nuestras cosas, lo que no impidió
que nos criticase acerbamente, pero de la misma
manera que su alternativamente amigo y adversario
Miguel de Unamuno criticaba a España, porque
la tenía metida en los huesos y en la sangre.
A los dieciocho años lo leí por
primera vez y me deslumbró. Hoy me sigue
deslumbrando.
Lamentablemente de los doce
densos tomos de sus obras en nuestros días
y en nuestro país aparecen tan solamente
dos frases: "Yo soy yo y mi circunstancia"
y "Argentinos a las cosas", aunque sospecho
vehementemente que quienes las repiten no tienen
conciencia cierta del alcance auténtico
de esos dichos.
Se han cumplido el mes pasado
cincuenta años de la muerte de don José
Ortega y Gasset. No creo sea justo que dejemos
pasar esta fecha en silencio, sin recordar a quien
tanto peso tuvo en la formación de varias
generaciones de argentinos.
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