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Por Belgo
Quiere
el lugar común que el soneto sea una composición
poética erizada de dificultades, la que
mejor pone a prueba los talentos del autor. Ha
de ser verdad como lo son todos los lugares comunes,
pero no es menos cierto que los famosos catorce
endecasílabos importados desde Italia por
los ingenios del renacimiento español,
pueden convertirse en una costumbre y las dificultades
desaparecen entonces como las torpezas del atleta
mediante un perseverante entrenamiento. No es
éste el caso de Luis Ricardo Furlan, el
altísimo poeta de El laurel y el átomo,
en quien, si dijo verdad el Arcipreste de Hita
cuando afirmó que "la costumbre es
otra natura", lo que se le ha hecho costumbre
es la poesía. Lo confirman los ochenta
sonetos reunidos en un bello volumen publicado
por Ediciones El Biguá, Cernida Voz del
Corazón Oyente. Allí hay precisión
métrica, música para el oído,
lenguaje metafórico que azuza la imaginación
del lector y también esa pizca de misterio,
esa tenue neblina que debe envolver un poema para
que sea eso, un poema, y no un recorte de prosa.
Furlan, como todos los poetas
genuinos, no encuentra hecho ya por otros ni la
poesía ni el lenguaje. Verso a verso va
haciendo su propia lengua, verso a verso va manifestando
la poesía que comparte generosamente con
quien quiera leerlo o escucharlo. No hay en este
volumen un tema único. Furlan se vale de
los temas para realizar el delicioso ejercicio
que consiste en descubrir la gracia oculta bajo
la costra de lo cotidiano. Él podría
decir de sí mismo lo que dice de Villon
o de Garcilaso, de Rimbaud o de Rosalía.
A ellos y a otros habitantes del Parnaso, donde
él mismo tiene su sitio, evoca y canta
en este sonetario. Y les dice cosas como éstas
donde el lector puede encontrar una muestra de
su inspiración, de su destreza, de su envidiable
don de ver lo que otros no ven porque sus ojos,
que a veces se remontan a gran altura, casi nunca
penetran hasta lo que está debajo de la
realidad.
Villon, 1463
Ese truhán (perdón,
maldito sea),
cortesano de antiguos esperpentos
y milagros, escaso de alimentos,
confidente del sátrapa y la rea.
Ese vulgar que en la taberna
orea
su bohemio fervor -padecimientos
y frustraciones cíclicas-, los tientos
de luz anuda al luto de su tea.
Ese joven vejuco y deslenguado,
con la escara de vida y amargura
cerca y lejos -¿qué más?-
de lo soñado.
Lleva al cinto la máscara,
aventura
su aleada pasión, ya desolado
del morir en morir la muerte dura.
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