Editorial - Los clones

 

Por el Presidente, don José Gobello

Gracias a un Patrocinante, el señor Poblet, hemos podido reeditar en volumen tres trabajos que habían visto la luz en los boletines de la Academia. Los tres se refieren al origen y la esencia del lunfardo. El primero de ellos, de Arturo Berenguer Cariosomo, se titula Mester de lunfardía; el segundo, de Francisco P. Laplaza, Los laburos y los días y el tercero, de Augusto Marcos Morínigo, se ocupa del lunfardo considerándolo desde un ángulo filológico. Los tres autores fueron académicos de número y por casualidad, también fueron decanos de las universidades en que cursaron sus respectivas disciplinas: de la de Filosofía y Letras, Berenguer Carisomo y Morínigo; de la de Derecho, Laplaza.

La pertenencia de estos ilustres maestros a nuestra institución siempre ha sido para nosotros un declarado motivo de orgullo. Muchas veces nos referimos a aquellos arduos tiempos iniciales que han venido siendo un venero riquísimo de recuerdos y de enseñanzas. Quienes se acercaron entonces a nuestra casa eran, muchas veces, personas que habían alcanzado gran prestigio en la cultura. Permítaseme evocar a César Tiempo, a Nicolás Olivari, a Joaquín Gómez Bas, a Amaro Villanueva, a Sebastián Piana. Es cuando mal pensamos y mal decimos que ya no hay gente como aquella, olvidados de que también ahora ocupan los sillones académicos personas que han brillado en la poesía o en la investigación literaria y filológica. Con el tiempo otros los evocarán como evocamos a aquellos fundadores. Su presencia y su actividad generosa han permitido sostener la continuidad de nuestra institución. Ellos son tan dignos del puesto que ocupan como lo fueron de los suyos los primeros académicos. Ellos también aportan, además de su actividad y de su entusiasmo, honor y prestigio.

En el número anterior de este boletín el académico Marcelo H. Oliveri nos exhortaba a no buscar clones académicos y decía: "Estoy de acuerdo con que ellos han sido grandes y prestigiosos, de hecho no pasa sesión académica en que no los recordemos". Y agregaba: "En la actualidad nuestra Academia se nutre de grandes figuras y considero imprudente decir que ya no es la misma de antes". Comparto absolutamente el pensamiento de Oliveri. Aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor vale también cuando se considera la evolución de nuestra Academia. También a otros, dentro de treinta o cuarenta años, les parecerán mejores estos tiempos que ahora no nos satisfacen del todo. Pero cada tiempo tiene lo suyo y el pasado debe servir para tomar lección y consejo; no para producir clones. La Academia de hoy no puede ni debe ser la de antes; la de mañana no podrá ni deberá ser la de hoy. Cada tiempo trae lo suyo y ninguna institución se hace con clones -para aprovechar aquí el hallazgo expresivo de Oliveri-, sino con personas de bien definida identidad. Ningún académico es igual a otro y ninguno es más o menos que los otros. Continuidad no es repetición del pasado; en todo caso es la superación de lo que se vino haciendo.