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Por el Académico
de Número, don Luis Ricardo Furlan
En 1970,
cuando tuve el honor de ser designado miembro
de número de la academia Porteña
del Lunfardo, estrené el sillón
colocado bajo la advocación de Amaro Villanueva.
Mi disertación de novel recipiendario versó
acerca de la vida y obra del ilustre patrono.
Don Amaro -como respetuosamente
le distinguíamos- había sido en
el seno de esta Corporación una de las
figuras consulares. "La idea de una institución
dedicada específicamente al estudio científico
del habla lunfarda -escribió Luis Soler
Cañas, otro admirado e inolvidable cofrade-
fue alentada desde muchos años atrás
por el poeta Amaro Villanueva.
Por esa época, Amaro
había sentado su tesis en una lúcida
propuesta sobre el origen del vocablo lunfardo,
que sigue siendo aún de referente. La participación
entusiasta y activa de Villanueva en las tramitaciones
preliminares para constituir una entidad que investigara
y esclareciera el lenguaje popular, lo tuvo, entonces,
entre los firmantes del acta fundacional, junto
a otros compañeros de cuyo núcleo
todavía nos acompañan, felizmente,
León Benarós y José Gobello.
Este don Amaro, oriundo de Gualeguay
(13/9/1900), ciudad entrerriana que puede envanecerse
de haber dado a la poesía argentina valores
trascendentes y perdurables (cito, entre sus copoblanos,
a Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Alfredo
Veiravé, de cuyas amistades soy deudor),
tuvo su escuela de letras en el periodismo. Allí
abrevó claridad, concisión y precisión,
indispensables para establecer el estilo personal
que se reconoce en su amplia bibliografía,
abarcadora del cuento, el ensayo, la poesía
y la crítica.
Debemos al autor de El ombú
y la civilización, entre otros aportes,
el desarrollo del tema del arte del mate, la infusión
nacional por excelencia, tanto en la técnica
de la cebadura como en la historia y el lenguaje
del matear. Durante años, don Amaro recogió
testimonios escritos y orales, voces, locuciones,
frases y refranes afines que volcó en su
obra primordial. El caudal folklórico de
usos, costumbres y códigos referenciales
fue cauta y minuciosamente transferido a sus libros.
La narrativa de Villanueva,
por su parte, anticipada en periódicos
y revistas -reunida, luego, en La mano y otros
cuentos-, se distingue por la prosa rica y ajustada
siempre, que adquiere en los relatos matiz y síntesis,
no respondiendo a una necesidad estrictamente
culterana -a pesar de ser un hombre sobradamente
culto-, sino a la corriente vivaz y dinámica
que le insufla el hombre, centro y conciencia
de cada relato. La agilidad en el desarrollo de
la anécdota y la fina caladura de los personajes,
enaltece la pluma creadora que, en algunos pasajes,
alcanca la caridad de auténtica joya literaria
salvada del fragor circunstancial.
Como crítico, imposible
desconocer su puntilloso quehacer de indagación
y criba documental. Fiel a su espíritu
adentrista, no oyó el eco de la tradición
y fue lector, juez y censor, entre otros de José
Hernández y Bartolomé Hidalgo. Crítica
y pico, reeditado hace unos años en Paraná,
reúne y consolida su vasta erudición
martinfierrista, en un libro destinado a rastrear
senderos inéditos del poema nacional por
antonomasia, acaso más en su inflexión
lingüística que en la histórica
y argumental. Del mismo palo estético cuéntase
Garibaldi en Entre Ríos, considerado uno
de los mejores ensayos sobre el aventurero de
ultramar. Llegamos, finalmente, al poeta. En la
estancia del verso brilla su tono ligeramente
festivo, algo chacotón y no exento de sabiduría
anecdótica y popular. En Versos para la
oreja adelanta esa jovialidad zumbona que lo caracterizó
y el atento observar a la gente y a las cosas.
Son rimas claras, armoniosas, de tono menor, celosamente
depuradas en la textura y el compendio, provistas
de creíble acento coloquial. Quince años
separan ese libro del que le sucede: Son sonetos
demora atribuida, sin duda a cierta reticencia
de su autocrítica y a la morosidad propia
de su acérrima severidad en la escritura.
El libro incluye 33 sonetos -uno solo de ellos,
en lenguaje lunfardo-, donde transita desde el
verso galano al histórico, del celebrante
al intimista. Hace más de dos décadas,
la Academia Porteña del Lunfardo publicó
Lunfardópolis, libro póstumo compuesto
en parla argótica.
Lejos de toda exposición
mediática, austero en la vida, concentrado
en las lecturas y estudios, escasamente extrovertido,
don Amaro, sin embargo, se distinguió por
la amistad cálida y la solidaridad fraterna.
Frecuentarlo -al menos para los que le conocimos-,
fue beneficio agregado. Su palabra era siempre
rectora; el diálogo, cultivo de nobleza
y respeto. Como académico -se ha dicho-
"fue muy activo; así lo muestra el
gran número de comunicaciones que cursó
y se conservan en el archivo académico,
su disciplina y su generoso compañerismo
contribuyeron a consolidar la institución",
ahora señera que es, sin hesitar la Academia
Porteña del Lunfardo.
Afincado en Buenos Aires no
se desligó jamás de la remembranza
natal, de sus coetáneos y coterráneos,
de la niñez gualeguayense y la adolescencia
en Paraná. Entrerriano de fibra y sangre,
hizo de la urbe porteña su otra patria.
El trajín ciudadano nunca lo despojó
de la auténtica provincianía. De
ahí que, a su muerte (4/8/1969), sus cenizas
fueron esparcidas bajo este cielo que no es de
aquí ni de allá, sino el mismo cielo
donde, bajo el asfalto, orea aún la llanura
infinita.
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