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Por el Presidente, don
José Gobello
Por sexta vez estamos celebrando
el Día del Lunfardo. La iniciativa de su
celebración fue presentada, en su momento,
por Marcelo Héctor Oliveri, canalizada
por el Círculo de Poetas Lunfardos y oficializada
-si esta palabra es admisible- por la Academia.
¿Qué pretendíamos celebrar?
¿Acaso la aparición de un libro
que, por fundacional que fuera, era tan sólo
eso, un libro? Creo que no. La celebración
nos permite hacer años tras año
una suerte de examen de conciencia, una evaluación
de lo que hemos venido haciendo, una comparación
entre los propósitos y los logros.
¿Y qué es lo que
hemos logrado? Bastaría recordar que hace
43 años, cuando se fundó la Academia,
no existía un diccionario lunfardo que
pudiera llamarse así. Ahora tenemos por
lo menos cuatro. Hace 40 años pocos sabíamos
de una vasta legión de escritores a quienes,
por los temas que tocaban y por el lenguaje con
que lo hacían, llamamos escritores populares.
No era mucho tampoco lo que se sabía acerca
de músicos tan famosos por la repetición
de su nombre como desconocidos por las peripecias
de sus propias vidas. Los estudios lingüísticos
soslayaban pudorosamente al lenguaje popular.
Lunfardo era poco menos que una mala palabra y
aún no es del todo buena para esa tilinguería
que siempre rebrota como una maleza renovable.
Haber llevado al lunfardo a
la discusión pública, haber definido
una cultura lunfarda en la cual caben expresiones
tan valiosas como el sainete, el tango, la poesía
popular urbana, el filete y el cinematógrafo
no es tampoco, para nosotros poca cosa. En todo
caso, eso es lo que celebramos; eso es lo que
merece una celebración. Cuando decimos
Día del Lunfardo estamos pensando en el
día de la cultura popular, en el día
en que las creaciones culturales del pueblo, que
para alguno sólo parecen merecer consideración
cuando toman en préstamo el prestigio del
folklore, comienzan a ser revaloradas y encuentran
quienes las preservan, las estudian y las enriquecen.
Todo lo cual no quiere decir
que el Día del Lunfardo deba celebrarse
con solemnidades formales ni con pretensiones
académicas, pero tampoco con la frivolización
de una entrañable efeméride.
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