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Por el Académico
Decano, don Luis Alposta
Hoy es día de fiesta, considerando que
nos hemos reunido para celebrar el entintado de
un nuevo libro. Un flor de libro. Un libro pensado
por Marcelo Héctor Oliveri, quien después
de convocar a Faruk, y de decir manos a la obra,
se puso a escribir el prólogo y las notas
y, por si fuese poco, a pergeñar una edición
como Dios manda y el buen gusto también.
Un joven académico, estudioso del lunfardo
en el rock, en la cumbia villera y en el dos mil
también; impulsor del Día del Lunfardo
y hacedor de utopías. Alguien que, con
este libro, le rinde su homenaje al admirado cofrade,
miembro, también, de la Academia Nacional
del Tango, y titular del sillón que lleva
el nombre de "Gricel".
Por mi parte, sin intentar la
ecografía ni el ditirambo que toda convencional
presentación presupone, hago de una página
en blanco el blanco de esta página y en
él hay una bienvenida. Una bienvenida que
comienzo con una elemental filiación del
homenajeado, que es lo que corresponde en estos
casos.
Si es cierta la teoría
que nos dice que la primera risa del recién
nacido es causada por el alejamiento de un temor
repentino de corta duración, la de Jorge
Palacio, se produjo al enterarse que hizo su entrada
a este mundo en casa del papá de Don Fulgencio
y a escasa media cuadra de donde estaría
después Argentores.
Y si es cierto que el sentimiento
de desazón o de disgusto responde, casi
siempre, a una contrariedad, el primero que experimentó
nuestro amigo fue saber que, cuando nació,
Gardel estaba de gira por España.
En aquellos días, no
se sabe si ha sido por error de imprenta o de
pronunciación, se dijo que la criatura
había llegado con un "Pacho"
bajo el brazo. Y eso fue, seguramente, lo que
en años posteriores le originó fama
de niño díscolo. O mejor dicho,
de alumno díscolo, lo cual no le impidió,
con el paso de los años, llegar a ser académico.
Ya adolescente, en el verano
del 43, Jorge, que en griego quiere decir 'el
que siembra', se dio el gusto de cantar en el
Golf Club de Mar del Plata con la típica
de Ángel Danesi, el autor del tango Mamita,
y cuando las leyes de Mendel terminaron por orientar
su vocación, largó el canto, se
fue derecho a los papeles, desempañó
sus propios lentes y con "ojo de águila"
le dio vida a "Chicato".
Desde entonces, con un dibujo
que de las curvas pasó a las rectas sin
irse a la banquina, su sentido del humor, tomando
distancia de lo lógico previsible nos hace
ver el lado divertido de lo cotidiano. El suyo
es un humorismo puro, alejado de ironías
y sarcasmos. Es el humor del equívoco,
de la paradoja y de lo contradictorio en acción.
Sin ser un humorista malhumorado,
la risa, que en opinión de muchos ayuda
a la digestión, trae consigo la paz del
alma y alivia tensiones, para él es algo
que hay que saber administrar. Faruk es de los
que prefiere la sonrisa a la carcajada. Uno no
sonríe cuando le hacen cosquillas y sí
cuando está pensando en algo.
Después llegó
el tiempo en que Coco, sin dejar de ser Jorge
Palacio, decidió buscar seudónimo,
y fue tal la variante que casi llegó a
estrenar guía propia. Así, sucesivamente,
pasó a ser Toto, Jotapé, Raúl,
Trabuco y Aníbal. Hasta que le llegó
el turno a Faruk. Eso fue cuando se entregó
al juego de encender la radio decidido a adoptar,
y para siempre, el primer nombre que escuchara.
Ocurrió el día que anunciaron la
destitución del rey Faruk de Egipto. Uno
de los reyes más extravagantes que conoció
el siglo XX.
De él se sabe que era
un coleccionista compulsivo de mujeres y automóviles
con los que corría por las calles del Cairo
disparándole a las gomas de los coches
que se atrevían a pasarlo. Cleptómano,
al extremo de haber llegado a hurtarle un reloj
de bolsillo al mismísimo Winston Churchill.
El que desayunaba 30 huevos
y una cesta con tostadas, para luego rematar con
un segundo plato que podía ser langosta
o cordero, y después, por la noche, sin
el menor sentimiento de culpa, despacharse de
un saque un frasco de caviar, dos bistecks y varias
copas de helado.
Y el que en muy pocos años,
dejó de ser un apuesto y delgado monarca
para convertirse en el obeso frecuentador de casinos
que fue después.
En síntesis, un Heliogábalo
de historieta que lo único que ha tenido
en común con su tocayo por elección
fue el haber nacido bajo el signo de acuario.
Jorge Palacio, en cambio, no
es hombre de estridencias. Introvertido, sin llegar
a ser esquivo, y circunspecto, sin dejar de ser
cordial; cualquiera podría tomarlo por
un señor poco amigo de meterse en dibujos;
moderadamente proclive a la tertulia y discreto
defensor del tango como para ir tirando. Pero
es el caso que sonríe y expresa todo con
los ojos. Tranquilino, apacible y jocoserio, su
talento no sólo le permite dibujar sino
también destacarse como escritor, periodista,
libretista, tangólogo, comediógrafo,
memorioso de todo lo que tenga que ver con lo
popular y gran conversador.
Con su lápiz y su estilo
particular, Faruk reflejó también
los acontecimientos políticos más
destacados de toda una época, realizando
así una crónica mucho más
duradera y elocuente que los relatos escritos.
Eso le valió que en 1961 se lo considerara
el mejor dibujante de humor político en
la Argentina.
Ponerme a hablar ahora sobre
las distintas revistas que ha fundado y sobre
las muchas en que ha colaborado con dibujos y
textos; y sobre sus recordados libretos para la
radiofonía y la televisión, sería
desoír los consejos de Tácito. Por
eso, prefiero recurrir a uno de sus títulos
más difundidos y, sin olvidarme de Mario
Sapag, modificarlo y referirme a "las mil
y una de Faruk".
El libro, al que hoy hemos venido
a darle luz verde, pasa revista a sus primeros
dibujos, al tiempo que nos ofrece una crónica
ágil, documentada y rigurosa, de toda una
generación de personajes por él
creados. De personajes que nos resultan familiares,
con los que nos cruzamos a diario y a los que
muchas veces descubrimos en nosotros mismos.
Señas particulares de
Faruk: bonhomía, generosidad y personalidad
tolerante.
Antítesis del engrupido
y vacunado de pibe contra la fatuidad y la piyadura,
Jorge Palacio Faruk , alias Coco, es de los que
saben muy bien que en el sentido del humor está
el equilibrio de todas las facultades del hombre.
Compartir su amistad, como así
también la de Marcelo Héctor Oliveri,
es comprobar que no existe nada más fácil
que un largo tiempo de días buenos.
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