Vicente Osvaldo Cutolo

 

El 1° de abril de 1991, con Sebastián Piana propusimos a don Vicente Osvaldo Cutolo para académico de número y titular del sillón "Fray Mocho", vacante por el fallecimiento de don Manuel Augusto Domínguez. El 16 de mayo lo teníamos ya instalado en su sillón desde donde nos acompañó durante 14 años. Había nacido en Buenos Aires en 1922. Sabíamos de él que era un trabajador tenaz. Se había doctorado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires con una tesis referida a la Historia de la enseñanza en la Facultad de Derecho, calificada con sobresaliente. Allí comenzó una intensa carrera historiográfica, a la que dedicó lo mejor de su vida e infinitas horas de labor.

Una larga serie de títulos jalonan el camino de su vida. En 1948 publicó La enseñanza del Derecho Civil del profesor Rafael Casgemas. A ese trabajo siguieron La Facultad de Derecho después de Caseros (1952), Tomás Perón. Grandeza e infortunio de una vida (1958); un Diccionario de alfónimos y seudónimos americanos (1966); Apodos y denominativos en la historia argentina (en colaboración con Carlos Ibarguren hijo), (1974). Luego aparecieron libros fundamentales y de consulta obligada: Historia de las calles y sus nombres y los siete tomos de su Nuevo diccionario biográfico argentino (1750-1930). En 1996 dio a conocer los dos tomos de Historia de los barrios de Buenos Aires.

El doctor Cutolo, fue discípulo de Ricardo Levene y Raúl Molina, pero quien más alentó e iluminó su carrera fue el jesuita Guillermo Furlong, eminente historiador y maestro de maestros. Cutolo fue fundador de universidades privadas y desarrolló una notable labor docente en la de Olivos, la de Belgrano, la de Morón y la del Salvador. Precisamente fueron las revistas especializadas en los temas de sus preferencias las que recogieron un gran número de artículos compuestos siempre con el rigor informativo y la amplitud y serenidad de juicio que caracterizaron la labor de quien recibió el título de Historiador Porteño 2000 junto a León Tenenbaum y Rafael Longo, otorgado por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

En nuestra academia Vicente Cutolo realizó una labor por muchos conceptos ejemplar. Cultivó lo que ahora se llama un perfil bajo, es decir que actuó con modestia y bonhomía y desempeñó con sentido de la responsabilidad las tareas encomendadas. Fue, en efecto, revisor de cuentas en algunos períodos y perteneció durante otros a la mesa directiva con carácter de tesorero. Siempre estuvo a disposición del Cuerpo Académico, siempre se distinguió por su presencia afectuosa y cordial en las sesiones. En nuestra biblioteca están sus obras, todas muy valiosas por la información que contienen, expuesta siempre con claridad en una prosa llana y transparente. Cutolo abrigaba muchos conocimientos y era de esas personas a quienes se les puede hacer consultas inclusive por teléfono porque siempre lo saben todo y están siempre dispuestas a compartir su saber con una generosidad intelectual que ha sido la característica de quienes durante 43 años han venido ocupando los sillones académicos.

Nunca ha faltado en el Cuerpo Académico un historiador que integrara lo que nos gustaría fuera realmente una suerte de senado de la cultura porteña. Más allá de autores que amaron entrañablemente a sus barrios y les dedicaron estudios admirables por su erudición y por el cariño con que fueron compuestos -como Antonio J. Bucich, Ricardo Llanes y Enrique Horacio Puccia- puedo nombrar a don Francisco Luis Romay a don Adolfo Rodríguez que dedicaron prácticamente sus vidas a historiar a la policía de Buenos Aires. En esa línea, si bien en una dimensión más vasta, estuvo Cutolo, de quien no querría olvidar la prolijidad puntillosa con que realizó sus trabajos. Hace un tiempo fue creada la distinción de Historiador Porteño que, como a otras distinciones la distribuye el poder público sin que se sepa por lo general quienes son los jurados que la disciernen. En buena hora se hace justicia a tanto talento puesto al servicio de tareas que no son rentables, que ni siquiera dan la nombradía que puede obtenerse de las crónicas más o menos escandalosas y más o menos ideológicas que parecerían constituir, por sí mismas un nuevo género literario. Este recuerdo a Cutolo, dictado por esas hermosas obligaciones que nos impone la convivencia, pero también por un afecto muy personal y por una simpatía recíproca puede ayudarnos a recordar que la historia debe tener su asiento permanente en esta casa que está, en definitiva, destinada a mantener encendida la llama del humanismo, casi extinguida hoy cuándo más brillan y deslumbran sus homónimos.

Don Vicente Osvaldo Cutolo falleció el 28 de junio de 2005.

José Gobello
(Academia Nacional del Tango, lunes 16 de mayo de 2005)