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Por el Patrocinante, don
Juan Carlos Esteban
A los 70 años del tránsito de Carlos
Gardel varios amigos me han convocado para participar
de distintos homenajes en su memoria. Me parece
que se olvidan que para los que amamos a Gardel
es, casi, una adicción imperativa convivir
con su imagen. No podemos sustraernos al misterioso
influjo que ejerce su persona. Nadie necesita
pedirnos lo que se ha convertido en una compulsión.
El ángel de Gardel habita
nuestra existencia desde que nos introducimos
en su mundo. Es decir, desde siempre.
Pero me he formulado, en varias
circunstancias en que abordé el tema, la
misma pregunta. Se trata de la extraordinaria
resistencia de Gardel a la inevitable erosión
del tiempo. Para él eso no existe. Misteriosamente
ha sido excluido.
Y en cada ocasión, he
encontrado distintas respuestas, todas verosímiles.
Gardel, como el Cid, sigue ganando batallas y
adeptos, después de su tránsito
definitivo.
Su vigencia e inmortalidad,
curiosamente siguen creciendo a despecho de la
aparición de nuevas formas musicales que,
nacen y se extinguen sin explicación racional.
Será porque lo que inventó
Gardel no es estrictamente música y canto.
En efecto, el tango y Gardel
son además una forma de vivir y de pensar,
en un momento preciso de la sociedad argentina.
Hay una insospechada simbiosis
entre la sociedad de su tiempo y Gardel; un diálogo
inaudible entre el elegido y su pueblo.
El tango es una transpolación,
en forma musical, de una filosofía y un
modo de sentir genuino, y profundamente ético.
No describe la sociedad argentina como un tratado
de sociología urbana. Se involucra en ella.
Toma partido.
Los personajes del tango son,
básicamente, morales y, los que renuncian
a esos códigos de conducta, son condenados
y descalificados.
En esa hipótesis, el
barrio era el protagonista excluyente de lo que,
ahora, llamamos la sociedad argentina. Tenía
límites precisos. Su geografía era
el patio, la vereda, la calle o la cortada y,
hasta allí, se extendía nuestro
hogar y, si me apuran, nuestro mundo. El zaguán
era el pasador obligado que nos comunicaba con
ese paraíso urbano que se llamaba barrio.
En ese habitáculo convivían
santos y malevos, aunque los códigos sancionaban
a aquellos y enaltecían a los virtuosos.
El barrio era la universidad, la fragua, el molde
donde, por contraste se elegía el futuro;
el modelo de vida. Y, en ese medio, Gardel se
erigió en su máximo exponente.
Los describió a todos
pero, también, los calificó a todos.
Por eso el tango encierra una
lección moral donde se exalta a Giuseppe
el zapatero y se denuesta a Beltrán y sus
polainas, a la advenediza Crisolda Valle o al
rufián melancólico del querido Roberto
Arlt.
Y esos personajes convivían,
sin mezclarse, en un mismo medio: el barrio.
¡Cuántos de estos
seres que se describen en Aguafuertes Porteñas
de Arlt, pasaron a ser elementos universales que,
cohabitaban en las letras del tango y en nuestras
vidas!
En su libro desfilan una galería
de nombres que nos fueron familiares en nuestra
niñez, aunque, con otros apelativos.
Y en medio de todos, asumiéndolos,
está Gardel o mejor dicho su duende.
Y él se introdujo en
la piel de todos y cada uno de esos seres y, al
describirlos, los inmortalizó.
El manejo de su voz, su tono,
su acentuación, sus pausas inimitables,
el colorido de sus registros, sus parlamentos
producían el milagro de su capacidad mimética.
No eran todos iguales. La cambiante inflexión
de su voz los diferenciaba.
Era Gardel pero, al mismo tiempo,
eran Ventarrón, el pobre punga, milonguita,
el que atrasó el reloj, el torturado personaje
de Confesión y tantos otros.
Para cada uno tenía reservado
el tono elogioso, el castigo, la compasión,
la ternura. Su inflexión, la impostación
de su voz, los matices, la riqueza cromática
no eran siempre iguales. Eran distintas y cambiantes
para cada uno de sus personajes.
Fue el sumo sacerdote del barrio
que tanto amó. Por eso no decía
los tangos; los rezaba con el fervor y la hondura
de una oración.
Es cierto, Gardel no cantaba.
Se me hace que rezaba compenetrado de cada circunstancia
y, allí, reside la diferencia abismal con
todos. Fue único en su tiempo y, por supuesto,
también ahora.
Me cuesta creer en los milagros.
Pero sospecho que él fue uno.
Sus devotos cumplen el rito.
Lo escuchaban, como en aquel fotograma que dibujó
Medrano. ¿Se acuerdan de "El hombre
que escucha a Gardel"?.
Si la memoria no me falla, la
caricatura no puede soslayar la actitud. En el
dibujo, la unción es casi religiosa; de
recogimiento.
No habrá ninguno igual,
porque es imposible dar marcha atrás el
reloj de la historia.
Su tiempo, el tiempo de Gardel,
se incorporó a la historia grande de nuestro
país. No tiene retorno. Pero tampoco olvido.
Para comprender ese majestuoso
período no basta leer la historia. Es menester
escuchar, al mismo tiempo, el sermón laico
que nos recita Gardel, con unción cercana
a la plegaria.
Entonces, él pone en
movimiento, por infinita vez, la crónica
inacabable.
Revive la permanente letanía
de sus héroes y villanos. Retorna a la
escena, por enésima vez, la esperada y
siempre nueva pollerita corta y los bucles despeinados,
reviviendo los títeres que hablaban ruso
y francés. Aparece, también, el
Che Bartolo por costumbre disfrazado de Marqués
Boca Negra y por qué no el drama de "Al
pie de la Santa Cruz" y el barco que se pierde
a la distancia. También "Acquaforte".
Resulta casi imposible, entonces,
comprender el fenómeno de la construcción
de nuestra sociedad, desde 1880 hasta la gran
crisis de 1930, sin pasar por el tango y su máximo
cronista.
Ninguna lección de historia
de nuestra patria puede calar tan hondo en la
problemática de aquel fascinante período
fundacional, sin escuchar la misa pagana que nos
reza Gardel.
Me atrevo a vaticinar que la
lección moral de vida que nos propone,
es, hoy, de rigurosa actualidad.
Los amigos escritores no sé
si saben que al describir nuestros barrios y sus
gentes nos están dibujando con sabia humildad,
los deberes que nos plantean las circunstancias
que, hoy, nos toca vivir.
Y eso tiene nombre. Recuperar
la identidad nacional que se nos escurrió
sin darnos cuenta. En suma, volver a soñar
la Argentina.
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