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Por el Presidente, don
José Gobello
De pronto el tango, el lunfardo
y otras expresiones igualmente entrañables
de la cultura popular urbana han despertado el interés
de muchísimas personas y no pocos funcionarios
públicos que no pertenecen ciertamente al
que podríamos llamar el mundo artístico.
Esto es muy alentador puesto que al calor de tantas
adhesiones se realizan actos públicos, se
ofrecen conciertos, se publican notas periodísticas
y también importantes volúmenes, pero
el distraído podría suponer que estamos
frente a un nuevo renacimiento tanguero, semejante
al de la guardia del 40. Tanta es la actividad desplegada
que ya parecerían no alcanzar los escenarios
naturales o tradicionales de los eventos artísticos
y los solemnes salones del Congreso y las salas
de las legislaturas se convierten con frecuencia
en sustitutos, no diré, por Dios, del viejo
cabaret, pero sí de tantos lugares donde
se escucharon las más bellas voces del tango
y donde se mostraron las más endiabladas
filigranas de los bailarines.
¿Responde esta nueva
primavera al interés sincero, al gusto
cultivado, al propósito de fomentar las
actividades culturales? ¿Se trata de una
moda? ¿O simplemente se está a la
búsqueda de la promoción personal
cuando no del rédito político? Por
supuesto el tango nunca estuvo ausente de las
festividades de comité ni desechó
jamás la amistad generosa y el patrocinio
entusiasta de la clase política. Inclusive
distinguidos prohombres recibieron no sólo
el homenaje de dedicatorias, a veces circunspectas
y otras calurosas, de ilustres compositores sino
que letristas hubo, y no de segunda andana, sino
de primerísima, que entonaron encendidos
panegíricos a gobernantes y caudillos.
Más todo aquello ocurrió sin que
el tango se contaminara de política y no
diré de ideología porque esta palabra
aún no circulaba en el ambiente. La letra
de tango nunca, o sólo por rarísima
excepción, en su devenir ya secular, fue
instrumento de militancias. Ella supo discurrir
por los lugares más diversos, los salones
palaciegos y los clamorosos reductos de los comités,
y lo hizo cantando siempre al amor, a la desdicha,
al abandono, a la ausencia, a la costurerita y
al obrero, al niño bien y al niño
mal, a la milonguita y su gavión. Su único
compromiso lo tuvo con el dolor y con el amor.
Cuando Gardel y Contursi inventaron el tango canción
no se sentían panfletistas ni predicadores.
Cuando hicieron escuchar su voz -porque Contursi
fue, en términos cronológicos el
primer cantor de tangos-, se sintieron igualmente
cómodos ante el magnate y ante el obrero.
Diré más, cantaban los sentimientos
comunes al obrero y al magnate.
Creo que vale la pena recordarlo
cuando la seducción del presupuesto público,
-mendrugo de presupuesto- puede contaminar al
tango y a la poesía popular urbana con
sentimientos que siempre le han sido ajenos.
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