Vergottini

 

Por la Académica de Número, doña Cora Cané

El 3 de mayo de 1999, en una desapacible tarde otoñal, murió un artista: Julio César Vergottini. Cuando un artista muere se pone a media asta en señal de luto la belleza, los altos ideales.

Las esculturas que él modeló recorrieron todas las escalas de la creatividad: el monumento a Alfonsina Storni, en Chacarita; el homenaje al gaucho, el monumento a la bandera, en la Plaza Colombia de Barracas; el monumento a El Indio entre muchísimas más obras de gigantesca envergadura, que se encuentra tanto en nuestro país como en el extranjero. Y están, además, las obras chicas, casi todas cabezas, relieves y hasta algunas miniaturas.

Su vida de artista soñador, enemigo de las frivolidades y de los convencionalismos, transitó por caminos profundamente espirituales. Tenía una formación ética nacida de sus estudios y compenetración de las sabidurías orientalistas, de cuyas raíces extrajo los valores que consagran la dignidad de la existencia.

Vivió en la más original de las viviendas: las salas de máquinas del viejo Puente Pueyrredón, cerca del Riachuelo. Allí pasó Vergottini 30 años de su larga vida. Su compañero fiel fue Pegote, un perrito de raza ignota que un día subió las escaleras del puente, se abrió paso entre varios gatos y decidió quedarse a vivir junto a ese hombre de amplia sonrisa y tierno corazón, que sin dudar un segundo le dio la bienvenida. Pegote fue un amigo más de Vergottini. Lo acompañó hasta el último día de sus 93 años. Cuando murió Vergottini, Pegote no quiso abandonar su vivienda. Y por allí debe de andar ladrándole a sus fantasmas.

Vergottini me dejó el más cálido de los recuerdos. Tenía un fino sentido del humor; era generoso en el hacer y en el pensar; nunca tuvo envidias ni rencores. Pasó tristes circunstancias en su vida, incluso cruel pobreza, que él afrontó con ejemplar dignidad. Quiso entrañablemente a sus amigos y por ellos fue entrañablemente querido. En el archivo de la memoria de los pueblos no olvidemos incluir a los artistas.