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Por el Académico
de Número, don Roberto Selles
El 26 de este mes, se cumplirán treinta
y un años de su piro (la palabra le habría
gustado). Se llamaba Amleto Enrico Vergiati y
había nacido en la calle del Borgo San
Nicoló 25, de la italiana Parma, aunque,
más bien, parecía nacido en San
Juan y Boedo o en Centenera y Tabaré o
en cualquiera otra de las esquinas más
tangueras. Era el 15 de octubre de 1910. Pero
lo importante es que él decidió
llamarse (para siempre) Julián Centeya.
Junto a sus padres, Carlo Vergiati
y Amalia Ricci, y sus hermanas Fanny y Pierina,
más el perro Cri-Cri -porque el futuro
Julián era un alma noble enamorada de los
perros- desembarcaba en Buenos Aires el 14 de
abril de 1922. En el poema "Mi viejo",
él mismo narró ese arribo: "Vino
en el Conte Rosso, fue un espiro./ Tres hijos,
la mujer y amás un perro./ Como un tungo
tenaz la fue de tiro;/ todo se lo aguantó:
hasta el destierro". Primero fue San Francisco,
Córdoba, y en el séptimo mes -el
siete es un antiguo número mágico
y cabalístico- el destino los empujó
hacia Buenos Aires, donde se convertiría
en el porteño auténtico que fue.
Aquí se desprendió
de la piel de Amleto Enrico Vergiati y fue llamándose
Juan Sin Luna, Juan de la Luna, William Pérez,
Shakespeare García y Enrique Alvarado.
Con esta identidad, firmó su libro inicial,
un poemario sobre negros titulado "El recuerdo
de la Enfermería de San Jaime". También
como Enrique Alvarado, firmó una milonga,
con música de José Canet, "Julián
Centeya".
Era el personaje en el que más
tarde se encarnaría para siempre, cuando
Roberto Tálice lo acercó a Radio
Belgrano y le propuso: "¡Elíjase
un seudónimo y hable!", y la voz del
speaker salió al aire anunciando a "Julián
Centeya, el nuevo charlista de Buenos Aires".
Aquel tanito nacido en Parma era, ya definitivamente,
el porteñísimo Julián Centeya:
"de noche me pongo la chalina del viento
y camino esta ciudad que prepotentemente hice
mía, porque a mí me parió
Buenos Aires", reconoció alguna vez.
Fue también periodista,
pero sobre todo fue poeta. Un poeta que evolucionó
la poesía lunfarda, que venía de
lecturas más amplias que los demás
bardos de arrabal, que había paseado sus
ojos por líneas de Whitman, de Borges,
de Vallejo, de los poetas franceses, de los surrea-listas...
¿Antes de él, quién podría
haber dicho en lunfardo cosas como las que le
decía -en un inusitado surrealismo- a Aníbal
Troilo: "tu tango, falopa que encelesta/
de barro auténtico el mundo de la rosa,/
se escracha como un salivazo/ en los espejos que
enviudaron"?
Sí, tanto podía
leer a Yacaré, a Celedonio, a Linyera,
como a Rimbaud, a Cendras, a Tzara, o ponerle
oído hoy a Arolas y mañana a Mozart.
Porque su lunfardo, como alguna vez explicó
José Gobello, "más que una
necesidad expresiva parece un lujo, casi una compadrada
de quien, al regreso de infinitas lecturas, ancla
otra vez en el barrio, con ganas de habitar la
pieza del fondo de una casa situada en la muy
franciscana calle que se llama Diógenes
Taborda".
Enfiló por las calles
malevas del tango y escribió "Claudinette"
(Enrique Delfino), "La vi llegar", "Lluvia
de abril" (ambos con Enrique Mario Francini),
"A los muchachos" (José Ranieri),
"Cuando escucho un tango viejo" (Ernesto
de la Cruz), "Sol de Chiclana" (Pedro
Maffia), "Mi perro Chango" (Cátulo
Castillo-Sebastián Piana) y muchos más.
Y también anduvo reuniendo
su poesía y su prosa en libros que se titularon
"El misterio del tango" (1947), "La
musa mistonga" (1964), "Glosas de tango"
(1965), "Primera antología de tangos
lunfardos" (1967), "La musa del barro"
(1969), "Porteñerías"
(con Washington Sánchez, 1971), "El
vaciadero" (1971) y su obra póstuma,
"Piel de palabra/ La musa maleva y otros
poemas inéditos" (1978). Lástima
que dejó inéditos el sainete "Peluquería
y Perfumería La Bomba", la novela
"La otra gente", el tomo humorís-tico
"El pozo hacia arriba" y una infinidad
de poemas.
El 26 de julio de 1974, la noticia
nos dolió. Venía de algún
diario: "Falleció esta madrugada,
a la 1.30, en el sanatorio geriátrico 'Albert
Schweitzer', ubicado en Villa Urquiza, Julián
Centeya, víctima de un infarto agudo al
miocardio". Esa madrugada quizás haya
repetido: "Se va conmigo mi alma cansada/
que hace diez siglos no quiere lola".
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