Arturo Berenguer Carisomo

 

El 4 de agosto se cumplirán 100 años del nacimiento de Arturo Berenguer Carisomo, cuya obra literaria, siendo como es extensa y valiosísima, no opaca el recuerdo imborrable que dejó en la cátedra. Fue, en efecto, durante largos años, titular de Historia de la Lengua en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires cuyo decanato ejerció dos veces, y de Literatura Española y Literatura Argentina en la Universidad del Salvador y en la Universidad Católica. Se incorporó como Académico de Número y titular del sillón "Alberto Vacarezza" en nuestra institución el 7 de agosto de 1971 y pasó a Académico Emérito el 26 de abril de 1995, casi 24 años después de su designación. Al aceptar el cargo había dicho: "No puedo negar la satisfacción que me ha dado ocupar el sillón 'Alberto Vacarezza', uno de nuestros autores dramáticos que más caló en el alma del pueblo, a quien se deben piezas admirables, que ya son clásicas en nuestro teatro, y por el que tengo desde muchos años altísima devoción".

Al tomar nota de su decisión de acogerse a la emeriticidad la Academia dio una declaración en la que se expresaba: "Su presencia en esta casa y en este recinto no fue vana. Muchas veces utilizó nuestra tribuna de conferencias y muchísimas ilustró las sesiones con su oratoria profunda y galana, casi siempre para honrar a algún colega de las letras, con ancha generosidad espiritual e intelectual que ojalá nos distinga siempre de otras instituciones, afines o no afines. Fue siempre académico leal a la institución a la que ama podemos decirlo- más que a sí mismo. En efecto, Berenguer, como nuestro inolvidable Morínigo, declinó el codiciado honor de pertenecer a la Academia Argentina de Letras porque, para recibirlo, debía renunciar al modestísimo honor de pertenecer a nuestra cofradía. Estuvo siempre junto al cuerpo académico en los buenos momentos y en los menos buenos, y sólo la altura de sus años ha podido moverlo a pasar a la categoría de emérito, aunque no lo ha hecho sin asegurarse previamente de que podrá concurrir a nuestra casa y participar de nuestras sesiones cada vez que sus fuerzas se lo permitan. Berenguer ha dado siempre a la Academia calidez humana, trabajo responsable y el honor de poder llamarnos sus cofrades. Nuestro agradecimiento es inmenso.

Todo comenzó una tarde cuando Berenguer y yo fuimos convocados a un programa radiofónico para conversar sobre el tema de la lengua y del habla de Buenos Aires. Yo, que no lo conocía, esperaba encontrarme con un purista exigente y severo; él esperaba no sé si a un compadrito o a uno de esos simpáticos personajes que llamamos habitualmente reos. El chasco fue doble: ni Berenguer era un purista ni yo cultivaba el devaneo del idioma argentino. Estuvimos de acuerdo en todo sin disputar sobre nada. Le pedí entonces autorización para proponerlo como candidato a académico de nuestra casa. Accedió inmediatamente y desde entonces periódicamente me llamaba por teléfono para preguntarme cómo marchaba el trámite de su elección. Llegó ese día y pasaron 24 años antes de que dejara vacante su sillón y 27 antes de que nos abandonara en forma definitiva.

Berenguer supo de honores y homenajes. Fue miembro de número de la Sociedad Menéndez y Pelayo de Santander, de la Academia de Artes y Letras de Cádiz y del Instituto Cuyano de Cultura Hispánica, y lució también la Gran Cruz de Alfonso el Sabio otorgada por el gobierno español. Sus obras comprenden diversos temas: Los valores eternos en la obra de Enrique Larreta, Las Máscaras de Federico García Lorca; Las ideas estéticas en el Teatro Argentino; La prosa de Bécquer; La estilística de la soledad en el "Martín Fierro"; Las Corrientes Literarias en la Literatura Argentina y muchas más. Cultivó el teatro y llevó a escena piezas memorables como La piel de la manzana; Hay que salvar la primavera; Los héroes deben estar muertos; La cortada del recuerdo; Los sueños no tienen nombre y Hotel de ilusos.

Súmese a lo dicho el acervo incontable de sus artículos publicados en revistas literarias y en periódicos de difusión popular; agréguese el repertorio vastísimo de su conferencias -fue orador de voz impostada y acento español- y de sus cursos. Con todo ello se obtendrá una imagen, aunque pálida de su tesonera actividad.

En un breve trabajo titulado Reflexiones dedicadas a Perpétua Flôres el doctor Berenguer dejó expuesta su posición frente al lunfardo en los siguientes párrafos:

"Sí, amiga mía, muchas gentes de las que se dicen sensatas me han reprendido con frecuencia entre asombradas y compungidas: ¿Cómo usted; hispanista entusiasta, discípulo de aquel exigente purista que fue don Ricardo Monner Sans, profesor de castellano, figura entre los miembros de número de esa 'Academia del Lunfardo' que se dedica a las voces de la calle, a los términos populares?, dijeron los menos irascibles y más circunspectos.

"Pues por todo eso que usted ha dicho, contesté invariablemente. Nuestro hermoso castellano, nuestra espléndida literatura hispanoamericana hunde sus raíces en lo más entrañable y auténtico de la inspiración popular. Ya eran glorias de las letras -cuando en el siglo XVIII se fundó la borbónica y fiscalizante Real Academia- aquellos venerables clásicos que habían aprendido casi todo, por no decir todo, en las escuelas de la venta caminera, la calle, la tuna, algunos -¡cómo no!- la cárcel, en suma con la vida misma y su lenguaje crudo, inmediato, inherente. Sí, mis cuidadosos reprensores, estoy al lado del inquieto Juan Ruiz, del castigado Cervantes, del trashumante Quevedo y si usted quiere de los modernos, que en esta materia no les van en zaga, pues a la vera del agílísimo Arniches, del extraordinario Valle Inclán. Pero, por Dios ¿Acaso ignoran ustedes que Dante escribió su Divina Comedia no en el académico latín de los eruditos sino en su directo lunfardo toscano -il parlar materno- del siglo XIV?.

Ahora, perdónenme, he dicho al lado y he dicho mal; estoy de los nombrados a una distancia galáctica, inconmensurable, pero como aquel personaje de la leyenda que dijo a Jesús: Te sigo de lejos, pero te sigo, yo diré que a aquellos genios los sigo desde muy lejos, pero los sigo …"