Comentarios de libros:
Cantor del cantar eterno, de Ángel Bonifaz Ezeta

 

Por el Académico de Número, don Luis Ricardo Furlan

Carlos Gardel, el cantor rioplatense por antonomasia, ha trascendido en el tiempo -con imagen y voz- y, con envidiable fortuna, agigantado su prestigio a pesar del natural deterioro del paso de las diferentes convenciones en la evolución en dicho arte. El Morocho del Abasto acumuló, desde su inesperada muerte, abundante bibliografía acerca de sus pares y nones, ensayos de cualquier calibre, filmes recordatorios y, desde luego, invocaciones líricas mientras, en la memoria del pueblo, "cada día canta mejor".

Para el arcón del fabulario o de la gente, Gardel fue el pájaro que cantó en las calles y escenarios del mundo, el "zorzal criollo" que fue embajador natural de la ciudad y el arrabal, el cronista de las desventuras del hombre y, sobre todo, quien entronizó, desde hace siete décadas, la mitológica imagen del cantor eterno, es decir, el paradigma de una comunidad que, si mucho o poco lo exaltó en vida, dio a su alejamiento el sentimiento pleno de un síndrome abandónico escasamente repetido en el género.

No sorprende, entonces, sino que lo consolida, que el poeta mexicano Ángel Bonifaz Ezeta lo haya elegido como prototipo de su poemario, aludiendo a quien, con temperamento y bonhomía porteños, frecuentó tanto los círculos encumbrados como los humildes, revelándose en la plenitud de su maestría. Los versos de Bonifaz Ezeta responden a un compromiso con los rituales más arraigados de la liturgia tanguera.

El autor de Cantor del cantar eterno, sin embargo, lejos de quedarse en la modesta versificación de la reconstrucción de la epopeya gardeliana, apela a un plano de valoraciones éticas y estéticas reflejadas con singular dignidad, dominio absoluto del tema y notoria belleza en la versación expresiva. El libro no es de culto simplicísimo sino de alta y rica poesía, desbordada hacia adentro pero prolija y pulida en su tratamiento formal.

La cadencia aparentemente espontánea de los textos (fruto, mejor, de una cualidad intrínseca), la elección de los actos aludidos, la profundidad metafísica de sus reflexiones, el carácter raigal y en floración del lenguaje (celosamente acuñado y purificado), son componentes de un concierto estructurado, escrito, que armoniza y logra una plausible radicación lírica. Bonifaz Ezeta se aleja del Gardel cuya permanencia en el recuerdo está sellada y opta por ese otro Gardel, humanizado, palpable hasta en sus cenizas, que es esencia de sus propios tangos y canciones, de esa interioridad e integridad puestas a resguardo en la escena existenciaria.

Este libro carece, felizmente, de imágenes coloridas u oportunistas, tentación casi irresistible de lugares comunes, sino que el interés del autor (que el lector agradece) es el de la percepción con el estilete de la auténtica poesía, con el que sin desmedro de la generalidad, aborda con sentimiento creíble y suma admiración la pasión y muerte del ídolo. El decidor prodiga ajustados elogios, lejos del facilismo a cuento, buscando intencionadamente (y con calidad creadora), el buceo en el almario de un hombre que subyuga aún en Latinoamérica sin otro recurso que la remembranza de "un puntear de guitarras / y aquella voz por cuya sola magia / puede desviar su curso el vuelo de las aves".

La unidad del poemario no se encontrará sólo en el tema, sino en el virtuosismo de un poeta que, con encendida antorcha, ha rendido a Gardel, posiblemente, uno de los más bellos homenajes. La edición original fue debida al Instituto Veracruzano de Cultura.

Esta reedición en la Argentina cuenta con prólogo de José Gobello, quien, entre otras apreciaciones, afirma que la magia de Gardel "ha desarticulado la realidad, ha detenido el transcurrir del tiempo y anima esta poesía que más parece compuesta por sentimientos que por palabras".