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Por el Académico
de Número, don Luis Ricardo Furlan
Con Bandoneón de papel (1957), Héctor
Negro irrumpió en la poesía argentina
de los años cincuenta, acompañando
al núcleo de voces jóvenes y nuevas
que retomó el modelo literario del grupo
de Boedo -una de las corrientes que, con la de
Florida, integraron el "movimiento martinfierrista"
de la tercera década del siglo XX-, expresando
de viva letra la peripecia del hombre común
inserto en la realidad social.
Consecuente con esa doctrina
estética, Negro trató de hacer "menos
duro el pan de cada día" con poemas
de trazo firme, directo, no exento de interior
melancolía y pujante voluntad reivindicatoria.
Su inserción en el tango
estaba sellada, porque, como sostiene Alfredo
Andrés, "también un autor populista
puede devenir en excelente letrista de tangos".
El tango, por preocupación u ocupación,
ha desvelado y revelado, entre otros, a Celedonio
Flores, Dante A. Linyera, Carlos de la Púa
y nuestro cofrade Luis Alposta.
En la letrística del
tango, la milonga y aledaños, ha encontrado
Negro su campo de irradiación consagratorio.
Las voces que, en ese sentido, lo precedieron
(Cadícamo, Discépolo, Manzi) pueden
estar conformes con el discípulo que supo
abrirse camino y granjearse prestigio, con un
sesgo que lo individualiza. Si algún dubitar
hubiera tenido Negro, acerca de su brújula
poética, Para cantarle a mi gente (1971)
fue, y es, un muestrario decisorio.
En Gorrión del mundo
su libro más flamante, Negro agrupa, con
su habitual convocatoria selectiva, textos de
amplia y asegurada repercusión masiva.
Poeta o letrista (confieso que no aliento la disyuntiva),
están presentes en su testimonio las condiciones
innatas de observador de la ciudad y vecino de
su gente. Sendos valores a tener siempre en cuenta
en la poesía de Negro.
Más allá de su
destino cancionístico, los versos de Negro
conviven con el acontecer diario de una época
distinta, claro es, de otros ilustres antecesores,
pero, como la de aquellos en su hora, estos textos
se comprometen con la problemática eterna
de alta complejidad existencial. Memoria y presencia,
denuncia y donativo, y, sobre todo y siempre,
confraternidad en raíz y fruto es lo que
el poeta acopia en su alforja de transeúnte
urbano.
El barrio, el país, el
mundo (como él anota y describe) constituyen,
en su universo autoral, el centro de la voz con
el sayo a su medida. Calles de ayer y de hoy;
bandoneones con respiración entrecortada;
boliches perdidos en alguna orilla confiable;
bares con niebla de sueños y magines; silbidos
solitarios ya casi irrecuperables; en fin, el
inventario de un país de "piedra,
madera, asfalto", pleno de expresiones cordiales
y solidarias. Ese bagaje con el que Héctor
Negro reafirma una poética donde el quehacer
creador y la visión ciudadana pueden alcanzar,
como en este caso, un clima de fervor cálido
y sustentable.
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