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Por el Presidente, don
José Gobello
Caló el chapeo requirió
la espada, miró al soslayo, fuese y no
hubo nada. La flamante campaña pro moralización
o adecentamiento del lenguaje televisivo me ha
recordado el estrambote del más famoso
soneto de Cervantes. No diré que diversas
instituciones de sumo prestigio, entre ellas la
Academia Argentina de Letras, hayan tenido una
actitud fanfarronesca como la del personaje cervantino,
pero estoy convencido de que nada concreto esperaban
del énfasis con que encararon una vez más
la agresión permanente a los oídos
y al buen gusto que perpetran los medios audiovisuales.
Por eso todo pareció un gesto "pour
la galerie". Los grandes empresarios televisivos
cuya identidad habita habitualmente el misterio,
no se dieron por aludidos ni dijeron esta boca
es mía. Tampoco el Comfer se sintió
touché. Por el contrario, daría
la impresión de que los cómicos
-o lo que fueren- de la TV se mostraron más
insolentes que de costumbre. ¿Para qué
entonces tanto fuego de artificio? La buena prosa
malgastada por las instituciones culturales en
el deseo de limpiar los establos de la TV pudo
haberse ahorrado. Toda ella podría ser
reemplazada por una sola palabra del Comfer, pero
el Comfer está mudo y según cuentan,
cuando aplica una multa, lo hace sabiendo que
la pagará Magoya.
La reciente decisión
gubernativa que prolonga por dos lustros las licencias
de los canales televisivos, demuestra que estas
preocupaciones ético-estético- lingüísticas,
no son compartidas por el Poder Ejecutivo que
es el administrador del éter. El aire,
como se dice ahora para designar lo que en otro
tiempo era el éter, es del pueblo y lo
administra el Estado. Es éste el que concede
las ondas, cosa que suele hacer entre gallos y
medianoche sin preocuparse mucho de la catadura
moral de los concesionarios. Adviértase
que la libertad de prensa escrita es en el país
muy amplia y en este momento casi perfecta. Cualquiera
puede sacar su hoja y nadie le impedirá
circularla. Si alguno vende su conciencia, el
problema no es del comprador sino del vendedor.
En cambio, no existe libertad de prensa audiovisual
porque no todos pueden obtener el uso de una onda.
Las ondas son limitadas y el Estado se las concede
a algunos personajes que difundiendo pelotudeces
más o menos divertidas acumulan millones.
El responsable de los desafueros mediáticos
no es entonces el chancho sino el que le da de
comer.
Si el Estado otorgara las antedichas
concesiones de acuerdo con una política
anunciada y consensuada, ni la Academia Argentina
de Letras ni las otras instituciones necesitarían
salir a la palestra, ni siquiera espasmódicamente
como suelen hacerlo. Si los concesionarios fueran
gente digna, los medios audiovisuales también
serían dignos.
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