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El Dr. Luis Alposta presentó
su libro Mosaicos porteños
Por Jorge Weisburd
El pasado sábado
14, a la tardecita, en la Academia Porteña
del Lunfardo (¿qué otro lugar habría?),
ocurrieron algunas cosas que transformaron "la
presentación de un libro" en algo
mucho más significativo.
Allí estaba el "papá
de la criatura", su familia, sus amigos,
sus cofrades, público habitué y
otros que pisaban por primera vez esta Casa de
la Cultura Popular. También estaban Lulú
y al guitarrista Orlando Gómez, que son
amigos y del barrio!. Y Daniel Melingo e Hilda
Lizarazu, dos artistas llegados "de otro
palo", el rock nacional.
Lo recibieron palabras de Marcelo
Oliveri (también en su papel de editor
del libro), la gracia y la justeza del Troesma
Gobello, -que parece tener incorporado un "palabrómetro":
siempre dice lo justo, lo oportuno, lo que ningún
otro diría tan bien-, y finalmente el tipito
que esto escribe, habilitado para hablar en esa
ocasión porque algo tuve que ver con la
idea de hacer esos micros de Radio, que luego,
claro, excedieron la idea original y cualquier
expectativa. Pero volvamos al autor.
Ahí estaban Los Alpostas.
Porque hay que decirlo: Luis es
muchos Alpostas.
El médico, el vecino de Urquiza, el estudioso,
el Amigo, el Poeta, el pibe que se esconde detrás
del tordo tordillo, el coleccionista, el esposo
y el padre, claro. O sea: Luis Alposta está
hecho de Mosaicos, todos porteños, como
su libro, armado como un gran mural artístico
del que surgen emociones, enseñanzas, y
esa característica de los creadores que
buscándolo o sin querer-, provocan el asombro.
Luis es el que sin prejuicios escribe con Edmundo
Rivero, con el Tata Cedrón o con el rocker
Melingo. El que fabrica fábulas, tangos,
micros para Radio o capítulos del libro
con personajes de una increíble galería,
que van desde "el pendejo que se ahogó
en el río", hasta el Barón
Megata o el mismísimo Conde Drácula,
por mencionar sólo tres.
Esa noche, el autor leyó
algunos de sus Mosaicos, y entre uno y otro, entre
el silencio y los aplausos, le daba pie a Daniel
Melingo, para que cante lo justo y necesario,
acompañado por un guitarrista y en una
canción también por la dulce y clara
voz de Lizarazu.
Alposta estaba contento porque
estaban sus amigos, porque todo salió como
debía salir, y porque la edición
del libro es impecable.
Lo dicho: la noche fue una fiesta.
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