Editorial - Setenta años

 

Por el Presidente, don José Gobello


Setenta años han pasado ya de la muerte de Carlos Gardel. Seguí su sepelio multitudinario a través de la radiofonía y escucho todavía aquel verso de Amado Nervo que alguien repitió frente al micrófono y que decía: A dónde van los muertos, a dónde van Señor. Yo era muy joven, poco o nada sabía de Gardel. Las brodcastings como se decía entonces, repetían Leguisamo solo o Volvió una noche. Para mí entonces todo Gardel cabía en esas dos frases. Pero cuando el locutor declamaba o exclamaba aquello de adónde van los muertos, yo comenzaba a entender que ese muerto marchaba hacia la gloria. Aquella intuición no fue falsa. Gardel está en la gloria, cualquiera sea el significado que quiera dársele a esta palabra.

Con el tiempo advertí que Gardel no solamente era el fundador del tango canción y la expresión canora de una Buenos Aires siempre embarullada, siempre confundida. Comenzó a mostrárseme lo que llamaría la ejemplaridad de Gardel. El morocho no era sólo una voz, era una conducta. La conducta de un hombre resuelto a ser lo que era, a no dejarse desidentificar ni por el éxito, ni por la lucha, ni por la envidia, ni por el aplauso. Era Gardel y siguió siendo Gardel, el cantor de Buenos Aires, el que no fue a encontrar su destino más allá de las fronteras, el que se bancó en su tierra las buenas y las malas, el que en algún momento comprendió que todo lo tenía y le sobraba para ser un cantante internacional, pero desechó el éxito seguro de las internacionalidades de moda e hizo del tango una internacionalidad.

En el extenso reportaje que le llevó a Oliveri un volumen recuerdo que Gardel es uno de mis ídolos en el sentido que esta palabra tiene ahora popularmente. Lo es por su canto todavía insuperado y tal vez insuperable, pero principalmente lo es por la ejemplaridad de su conducta. Yo les contaría a los chicos de las escuelas cómo debió vencer Gardel duros obstáculos -el peor de ellos el del prejuicio-, para alcanzar fama y dinero; les contaría cómo estudiaba, cómo trabajaba, cómo ayudaba a los demás, cómo desconocía la envidia y prodigaba afectos. Me duele que prefieran contarles otras cosas, de si nació aquí o de si nació allá; me duele que Gardel que debía ser un ejemplo propuesto por igual a argentinos y uruguayos, se esté convirtiendo en un atractivo turístico y en un objeto de merchandansing.

Las nuevas generaciones de porteños, los porteños que tienen la edad de Gardel cuando cantaba de puro gusto en el O Rondeman, están volviendo a Gardel. Oliveri, en un trabajo que yo diría indispensable, titulado Gardel en el tercer milenio (Academia Porteña del Lunfardo, 2003), nos muestra un Gardel que salta del recuerdo nostálgico a la presencia activa y convocante y fascina hasta a los chicos más rockeros. Ese revivir fue su destino, ese revivir es su gloria, la gloria adonde yo sentí que marchaba a paso firme cuando el locutor se preguntaba con palabras de Amado Nervo adónde van los muertos, adónde van Señor.