"El Lunfardo Calle… jero"

 

Por el Académico de Número, don Marcelo Héctor Oliveri

Transcribimos el prólogo que el Académico de Número don Marcelo Héctor Oliveri ha compuesto para su libro de próxima aparición El Lunfardo Calle… jero.

No se trata de palabras que vinieron con la inmigración. Aquí tampoco nos vamos a encontrar con términos norteamericanos que están tan de moda. El lunfardo callejero es el lenguaje que hablan los chicos de la calle, los proxenetas, las prostitutas, los travestis, los narcotraficantes, los drogadictos, los barra brava, los hermafroditas, los tumberos, la yuta, los gays, los hackers, los estudiantes secundarios, los universitarios, los delincuentes y los políticos. El lunfardo callejero se habla en las estaciones de trenes, en los saunas, en los baños turcos, en los cines porno, en los antros más marginales de Buenos Aires y en los lugares más chic de Puerto Madero.

Cuando José Gobello definió al lunfardo como un conjunto de términos o palabras que utiliza el hablante de Buenos Aires en oposición a los términos establecidos no se equivocó. Los años le dieron la razón. Y cuando leemos en la divisa de la Academia Porteña del Lunfardo que el pueblo agranda el idioma tampoco nos equivocamos.

La escuela de la calle nos enseña a pelear y a ver el submundo marginal. Es en la calle donde todos nos convertimos en ciudadanos anónimos y comunes. Es en la pizzería más rasposa de Constitución o en el café más poligriyo de San Telmo donde convivimos con los travestis, las prostitutas, los curas y las monjas.

Es en el colectivo donde, si paramos atentamente nuestras antenas, nos vamos a dar cuenta de que a la hora de definirnos como personas comprendemos que todos comemos y bebemos de la misma fuente carroñera.

Es en la televisión y en la radio donde el lenguaje callejero se habla, hasta en la mesa más paqueta de la señora Mirtha Legrand o en el living suntuoso de Susana Giménez.

El lunfardo callejero está en boca de Marcelo Tinelli, ex-chico de Bolívar, cuarentón que cree estar en viaje de egresados desde hace más de dos décadas, y también lo está en labios de Mario Pergolini, otro cuarentón empresario que vende la imagen de chico malo porque si no se acaba su negocio.

El lunfardo callejero está en boca de todos sin distinción de sexos, religiones y gustos personales. Lo hablamos en la cama, en el café, en la cancha, en los saunas y entre amigos. Otros, haciéndose los puritanos, pueden llegar a sonrojarse cuando en realidad emiten esas palabras a la hora de la intimidad.

Lo que he tratado de hacer en este trabajo es muy simple. Rescato todos los modismos y palabras que el hablante de Buenos Aires utiliza en forma transgresora para estar a tono con la realidad que nos circunda.

El lenguaje callejero llegó a instalarse con Pizza, birra, faso y con la cumbia villera. Coqueteó con Juan Castro en Kaos en la ciudad y se codeó con los fashion de las rave de Puerto Madero. El lunfardo callejero seduce a los seguidores de la bailanta y enfiesta a las chicas de Barrio Norte que van a una despedida de solteras con strippers.

También lo hablan los matrimonios swingers de Recoleta y se practica a la hora de matarse a golpes unos concubinos de la Villa 31.

Sin discriminar y sin afectar a los pacatos, el lunfardo callejero ya no pertenece a los chicos de la calle, que además de ser callejeros forman parte de la religión que aspira el poxirán o el paco.

En momentos que el tercer milenio se encuentra a punto de caramelo el lunfa callejero ya es parte (como dice María José Demare) de esta cybernética Buenos Aires.

La tele, la radio, el profe universitario y hasta el oportunista doctor Mariano Grondona han propalado alguna vez el lunfardo callejero.

El cine y el teatro ya lo han adoptado como un hijo guacho y Fernando Peña desde la radio o el escenario de cualquier teatro lo pone en boca de sus personajes que no son otra cosa que nuestro propio reflejo: seres humanos de carne y hueso que hablan como hablamos todos.

El lunfardo callejero está en boca de todos. Quien diga que no, es porque nunca puteó o se hizo los ratones.