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Por el Académico
de Número, don Aníbal O. Claisse
"Muchacho,
que porque la suerte quiso,
vivís en un primer piso
de un palacete central."
Está claro que cuando Flores escribió
este tango, los decibeles del tránsito
callejero no llegaban a las cimas actuales y por
lo tanto vivir en un primer piso en el centro
no era un tormento infernal como lo es hoy.
Sin duda las imposiciones de
la métrica le impedían al negro
Cele hacer habitar a su protagonista en un segundo
piso, pero nada obstaba para instalarlo en un
tercer o en cualquier otro piso bisilábico.
Tal vez la elección fue puro azar, pero
permítaseme deslizar la conjetura que en
realidad en el único piso que podía
vivir un tipo rico y distinguido era en el primero.
Si les damos una mirada a los
auténticos palacetes de Buenos Aires -por
sólo citar los más conspicuos limitémonos
a los edificios que actualmente albergan al Círculo
Militar, la Cancillería y el Museo de Arte
Decorativo- veremos que en todos ellos la entrada
principal da directamente a una suntuosa escalinata
que conduce al primer piso, que era donde realizaban
sus actividades ceremoniales los dueños
de casa. La planta baja estaba reservada a las
cocinas y otros servicios; por fin en el último
piso vivía la servidumbre.
Esta costumbre de relegar al
personal doméstico al último piso
también se observaba en los hoteles, en
los tiempos en que los viajeros acaudalados se
hacían acompañar por sus propios
sirvientes. Así, en nuestro Plaza Hotel,
llegué a conocer los sucuchos del último
piso, donde se amontonaba a la plebe serviduril;
hoy ya reciclados y transformados en habitaciones
comunes.
No digo nada original si recuerdo
que Buenos Aires fue una ciudad que vivió
mirando e imitando a Europa. Justamente en las
ciudades medievales, los artesanos y comerciantes
más prósperos, germen de la burguesía
de donde surgieron los Medici, los Coeur y los
Fugger, comenzaron a construir casas de varios
pisos: en la planta baja se ubicaba el negocio
o la oficina o el taller, y allí dormían
los aprendices; el primero estaba reservado al
patrón y su familia y en los superiores
se alojaba la servidumbre y los servicios comunes.
Otro tanto ocurría en los castillos, donde
la torre de homenaje albergaba en la planta baja
a los soldados de guardia y en cambio en el primer
piso estaba el castellano.
El recuerdo de esta distribución
social por pisos pervive aun hoy en el italiano,
que denomina "piano nobile" al primer
piso: "nell alla di destra, al piano nobile,
é la sede dell'ordine Equestre del Santo
Sepolcro" (Touring Club Italiano, Roma e
dintorni, Milano 1965, pág.463).
En conclusión,
pues, el hecho que el muchacho viviese en el primer
piso era lo que le daba auténtico sello
de bacán.
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