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Por el Académico
Correspondiente, don Miguel Ángel Andreetto
El catedrático Antonio
Rubén Turi fue elegido Académico
Correspondiente en Paraná (Entre Ríos),
por iniciativa del académico fundador don
Amaro Villanueva, el 29 de mayo de 1965. Fue primordialmente
un educador. A la enseñanza entregó
sus amores y sus afanes. Uno de sus discípulos,
el ahora Académico Correspondiente en Paraná
don Miguel Ángel Andreetto, lo evoca en
una sentida semblanza.
Conocimos a quien sería
inolvidable amigo, profesor, colega y predecesor
nuestro en esa corporación, en aquellos
ya lejanos días de la niñez. Cursábamos
la primaria en el Departamento de Aplicación
de la Histórica Escuela Normal, pero solíamos
leer a hurtadillas el periódico Juventud,
órgano oficial del Centro de Estudiantes
epónimo de esa casa. En esas sus páginas
henchidas de la incontenible rebeldía de
la edad y de las aspiraciones todavía no
ciertas, aparecían colaboraciones suyas,
ora en la página literaria, ora en el espacio
específico de la temática política
y estudiantil.
Vivía, ya, sin duda en
él, el germen de la actitud franca, abierta,
serenamente combativa y desbrozada de todo tipo
de bastarda especulación y de sospecha.
Turi militaba, como dirigente del Centro, entre
esos jóvenes de sano, verdadero, idealismo,
en la evaluación de los temas preocupantes.
Ello nos movía a releer, una y otra vez,
Juventud con el entusiasmo inicial, pues siempre
dábamos con algo nuevo y sustancial en
sus notas. En 1935 correspondió a su curso
del 4° año normalista, y al nuestro
de 6° grado, asistir a clases matutinas de
Trabajo Manual, simultáneas y con los mismos
profesores, y tuvimos, entonces, la oportu-nidad
de tratarlo, de enterarnos de sus inquietudes.
Con su presencia, con su palabra,
con la modestia natural que lo caracterizaba,
nosotros nos sentíamos agradablemente nivelados
en el diálogo. Fue, lo recordamos con inimaginable
nitidez, cuando nació una entrañable
amistad, luego proyectada al ámbito del
Instituto Nacional del Profesorado Secundario.
Turi, como catedrático de Lengua Castellana
I, tenía frente a sí al estudiante
atraído por el mundo nuevo, no descubierto,
de conocimientos metódicamente dosificados
a través de la exposición galana,
fluida, convincente.
Maestro consciente de
su calidad de tal, era discreto en grado sumo
y daba la impresión, a quienes lo oíamos,
de que sabía mucho más de lo que
parecía demostrar. Prefería, sobre
todo, que su explicación "llegara".
Prolijo, minucioso, detallista como el que más,
se auxiliaba de un ejemplario nutrido reelaborado
con auténtica pasión, y volcaba
los contenidos en el entendimiento de los oyentes.
En ese marco se insertó su trayectoria
humana y docente, en donde -ni por asomo- se concebía
la existencia de la antinomia educador-educando,
profesor-alumno, que prácticamente había
desterrado.
Así, entre tales pautas, transcurrió
su vida. Así enalteció su paso por
el aula. Así de igual a igual como nos
consideraba con la prudencia del caso, llevó
otras cátedras, aparte de la enunciada,
como las de Literatura de la Europa Meridional,
Gramática Histórica I y II, Lengua
Castellana II e Historia de la Lengua, todas con
proverbial jerarquía y monolítico
señorío.
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