Tomás Buesa Oliver

 

Por el Académico Correspondiente en Zaragoza,
don Javier Barreiro


No llegó don Tomás Buesa a cumplir los 82 años. El 21 de diciembre de 2004, en que transitó, faltaban menos de dos meses para el 18 de febrero, fecha en la que también vieron la luz José Esutasio Rivera y André Breton, personajes no traídos a humo de pajas, pues Colombia fue un hito en su trayectoria investigadora y docente y sobre el surrealismo versó mi primera conversación con él. Sería hacia 1975. Yo era un estudiante recién escudillado y él era un temido catedrático de la universidad de Zaragoza. Superar su asignatura de Dialectología Hispánica era el escollo mayor de la carrera para los estudiantes de Filosofía y Letras que luego reconocían cómo su formación en la disciplina era más que notable. No pasé por esas caudinas horcas, pues yo me licencié en Barcelona, donde, por cierto, tuve como catedrático de Gramática Histórica a otra gran figura de la filología española, Antonio María Badía. Vanguardista convencido el joven, y escéptico militante el profesor, no llegaron a grandes acuerdos sobre la cuestión que los reunía, hasta que palabras como "tango y Pirineos" derivaron la plática hacia terrenos más comunes.
Tomás Buesa había nacido en Jaca (Huesca), capital del Pirineo aragonés y orgullosa poseedora de la primera catedral románica española, en 1923, año en que el general Primo de Rivera instauraba con la anuencia de otro rey felón, Alfonso XIII, la dictadura. Buesa siempre ejerció de jacetano o jaqués de pro. Sus paisanos se lo agradecieron reuniendo en 1996 sus escritos sobre su tierra natal con el título de Mis páginas jacetanas. Hizo el bachillerato en Jaca y Lecarós (Navarra) y cursó magisterio en Huesca. Con el título de maestro, en 1941 inició los estudios de Filosofía y Letras en Zaragoza para, cinco años más tarde, licenciarse en Salamanca y doctorarse en seguida con una tesis dedicada al Estudio fonético del habla de la Comarca de Ayerbe, próxima a su tierra natal.
Inició su carrera docente en las universidades de Granada y Salamanca y, de 1952 a 1956, trabajó arduamente en Colombia compartiendo la investigación con las labores profesorales en la Universidad Nacional de Colombia y en la Escuela de Periodismo de la Universidad Javeriana. En el Instituto Caro y Cuervo colaboró en la puesta en marcha de lo que hoy es un hito de la investigación etnolingüística, los seis tomos del Atlas lingüístico etnográfico de Colombia. Al regresar a España continuó enseñando en Sevilla, donde en 1966 obtuvo la cátedra de Gramática Histórica. Por estas fechas realizaría junto a su amigo Manuel Alvar, futuro director de la Real Academia Española, otra obra monumental, el Atlas lingüístico y etnográfico de Aragón, Navarra y Rioja, en doce tomos. En 1969 llegaría a Zaragoza en cuya universidad se jubilaría como catedrático en 1988.
Cuando la curva del tiempo se precipita feroz sobre nosotros, suelen aparecer como contrapunto honores y reconocimientos. No le faltaron a Buesa: director del diccionario histórico de los apellidos románicos y del archivo de filología aragonesa, académico correspondiente en Aragón de la Real Academia Española y de la Academia Porteña del Lunfardo, profesor emérito de la Universidad de Zaragoza, Medalla de Oro al Mérito Cultural del gobierno de Aragón.
En sus últimos años graves problemas de salud que le afectaban a la vista, lo peor que puede sucederle a un amante de las letras, no quebraron su temple enterizo ni su ironía que en confianza llegaba a la mordacidad, rasgo tan aragonés. Siempre tenía a mano una anécdota para los amigos y el profundo amor que profesaba a su mujer y a sus cuatro hijos le instaron a no desmoronarse cuando las cosas se vieron insalvables, calificativo que acostumbraba a otorgar a sus alumnos.
Tomás Buesa era rubio como un celta -Aragón fue con Galicia la tierra española más colonizada por este pueblo-, elegante en atuendo y actitud, equilibrado pero a menudo impaciente, cristiano, conservador y tímido. Tranquilo pero vivaz, riguroso y -otro rasgo aragonés- claro, hasta poder pecar de poco diplomático. Atento como un lebrel a las formas del habla, su extraordinaria capacidad de trabajo deparó trabajos esenciales para el estudio del español en América y la filología aragonesa (Estudios filológicos aragoneses, 1989). Desde ellos, su sabiduría nos seguirá acompañando.