Comentario de libros: "Los Personajes de Faruk"

 

por Belgo

Ilustre sangre de historietista lleva en sus arterias Jorge Palacio, para sus amigos Coco; para sus admiradores, que son legión, Faruk. Su padre, don Lino Palacio, hombre de claro señorío, envidiable erudición, vena satírica incomparable, fue el padre de Ramona y Don Fulgencio y el inefable Radrágaz, de quien fui indigno imitador en mis días de crítico de cine, que exponía sus asombros y sus acideces en las páginas de Avivato. M vinculación con Coco Palacio incluye la fina consideración que me dispensaba su padre. La primera vez que lo vi fue cuando cantó un tango en una cena de camaradería y recordé los versos de El Bulín de la Calle Ayacucho. Más tarde, pero no mucho más tarde, me confió una página en su nueva revista para compensar, con una columna de lunfarderías, el espacio que había perdido a fines de 1955 cuando la cárcel me impedía hacer periodismo pero no componer los versos de El presidente duerme.
Todo lo que se refiriera a Faruk me producía entonces una viva simpatía. Seguí su carrera con afecto fraternal y me fue grato asistir a su ascenso, pausado pero seguro, por la escalera de la fama. La sangre traviesa de su padre hacía entonces de las suyas en las peripecias de Chicato, Naufrasio, Cicuta, Vendetuti, Los petiteros… Su humor sencillo, exento de complicaciones, ajeno a todo sentimiento de rencor o de despecho, se compadeció, durante décadas, con su mirada limpia, su gesto respetuoso y cierto dejo suburbano que lo identificaba más que como un exponente de la porteñidad como una parte de ella. Los años lo han traído a la Academia Porteña del Lunfardo donde ocupa el sillón "Ángel G. Villoldo", durante largo tiempo honrado por León Benarós. Son bellas lecciones de bonhomía y de cordialidad las que brinda Coco Palacio, Faruk, desde la Academia Porteña del Lunfardo. Marcelo Héctor Oliveri que es, como yo mismo, su cofrade, le ha dedicado un libro donde se rescatan por igual, en el prólogo, los rasgos de una personalidad querible y querida, el quehacer de su pluma durante largas décadas, y la bondad de su corazón. Allí desfilan las criaturas farukianas que he nombrado ya y otras que quedarían por nombrar, retratadas con el lápiz o con la palabra escrita, aquel, pulcro y juguetón; ésta, discreta y transparente.
Este nuevo libro del académico Oliveri tiene ya su lugar asegurado en la biblioteca de La Historieta Argerntina, historieta que tiene sus historiadores, sus admiradores y sus coleccionistas.