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Por el Presidente, don
José Gobello
Comienza el 2 de abril el 43° año académico.
Miramos hacia atrás y no encontramos mayores
motivos para arrepentirnos de nada que hayamos
hecho, pero comprendemos que un año no
debe ser la repetición de otros ni un día
la de otro día. Si nuestra perseverancia
no fue poca, tal vez nuestra imaginación
no haya sido tanta. Por supuesto la crónica
escasez de recursos que padecen la mayoría
de las instituciones culturales explica muchos
vacíos y muchas reiteraciones. Confiamos
en que nuestro cuadragésimo tercer año
de actividad no será un calco desvaído
de períodos anteriores. No basta perseverar;
es necesario crear. No basta hacer; es necesario
imaginar. En eso estamos.
¿Qué es la Academia Porteña
del Lunfardo? Dicho con brevedad es una institución
destinada a observar la evolución del habla
de Buenos Aires; un habla que se empobrece constantemente.
Es cierto que nuevas palabras volcadas en el aire
de Buenos Aires por vientos que soplan desde todas
las latitudes reemplazan a las que se lleva la
historia. Cambian los hombres, cambian los hechos
y cambian también las palabras. Algunas
de estas, sin embargo, deberían ser inamovibles
porque están en el mismo caracú
de la lengua. Si en lugar de ser la nuestra una
academia fuera una funeraria, ya habríamos
encargado el responso para el imperfecto del subjuntivo,
para el adjetivo cuyo, para el adverbio tampoco.
Los medios de comunicación han debido cobrarles
inquina porque los ignoran o los excluyen. Entre
tantas voces lunfardas que salvamos empeñosamente
del olvido aparecen estas tres del mejor castellano
cuya extinción querríamos evitar.
Pero ¿qué es la Academia? No es
solamente una corporación de estudiosos;
es una comunidad que por estos momentos supera
las trescientas personas sin las cuales la institución
no sería posible, porque son ellas las
que aportan el dinero que nuestra actividad requiere.
Del Estado nunca hemos esperado nada ni nunca
hemos recibido nada. Las ideologías van
clavando sus banderas por turno sobre los items
del presupuesto. Allí una institución
que prescinde de toda ideología, una institución
políticamente ecuménica, no tiene
chance de nada; sí, en cambio, siempre
hay una respuesta en el corazón del pueblo:
la prueba está en que hemos vivido 42 años,
hemos mantenido una biblioteca pública,
hemos publicado un gran número de libros
y folletos que fue el pueblo mismo, representado
por la comunidad académica, el que los
hizo posibles.
La Academia como institución, y cada uno
de los académicos como miembros de ella,
nos sentimos comprometidos y obligados con quienes,
sin albergar ninguna ambición literaria,
contribuyen generosa y modestamente a sostener
esta creación raigalmente popular. Ellos
también son parte de la Academia. Es a
ellos a quienes no queremos defraudar.
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