Clásicos y populares

 

por el Académico de Número don Oscar Conde

Muchos se sorprendieron en 1997 cuando Bob Dylan fue propuesto para el premio Nobel de literatura. Al año siguiente el entonces ministro de Cultura británico, Chris Smith, comparó al cantautor norteamericano con el poeta romántico John Keats, criticando a quienes pretenden distinguir artificiosamente entre lo clásico y lo popular. En verdad, son muy pocos los poetas y escritores considerados hoy en día "clásicos" que en su tiempo no fueron "populares". En la Grecia antigua, nadie fue más popular que Homero, cuyos arquetipos heroicos adquirieron la condición de verdaderos superhéroes, y cuyos versos se recitaban incansablemente en cuanta celebración hubiera y hasta servían, a falta de otras fuentes jurisprudenciales, para dirimir pleitos ante un tribunal. Del mismo modo, y para cada tiempo y lugar: ¿puede acaso dudarse de la popularidad de los cuentos de Chaucer o Bocaccio? ¿De los dramas de Shakespeare o Molière? ¿De las novelas de Dickens, Dumas o Salgari?

En literatura, generalmente es lo popular y no otra cosa lo que deviene en clásico. Y la ecuación resulta paradójica. La condición de "clásico" se obtiene de manera progresiva y resulta inversamente proporcional al conocimiento directo que una comunidad tiene de una obra. Piénsese, por ejemplo, en el Martín Fierro, que muchos de nuestros padres eran capaces de recitar casi de memoria, pero que para nosotros es apenas un hito, una obra fundacional y memorable, aunque cada vez más ajena a nuestra sensibilidad y a nuestros gustos.

La pregunta implícita en las afirmaciones de Smith es: ¿a qué esperar el juicio de la historia? ¿O acaso Like a rolling stone o Blowin' in the Wind son menos valiosos que la Oda a una urna griega? ¿Habrá que esperar que se mueran Luis Alberto Spinetta y Charly García para ponerlos a la altura de Raúl González Tuñón, Enrique Cadícamo o Baldomero Fernández Moreno? ¿Que se mueran Fontanarrosa y Juan Sasturain para equipararlos a Lino Palacio y Oesterheld?

Ya sé, encima de todo somos argentinos. Y para nosotros no hay nada que mejore más a una persona que la muerte.

Es difícil acostumbrarse a la idea, pero los clásicos están entre nosotros.